«DIOS BENDIJO A NOÉ Y A SUS HIJOS» (Gn 9, 1-17)

Palabra de Dios | 0 Comentarios

La alianza de Dios en la familia

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Gn 9, 1-17. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: «Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra»… Cuando traiga nubes sobre la tierra aparecerá en las nubes el arco y recordaré mi alianza con vosotros.

Gn 9, 1.14.15

Meditación:

Después de haber leído el relato es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

El texto de Génesis 9 habla de la alianza de Dios con los hombres representados por Noé en el relato después del diluvio. Nuestro Dios no es un Dios lejano sino un Dios que se ha querido hacer cercano, accesible, visible e incluso ha querido hacer una alianza, es decir, un pacto con nosotros. Pero no solo con cada uno de nosotros de manera individual sino que con nosotros como seres sociales. Somos seres que viven unidos, que se ayudan mutuamente y que se necesitan recíprocamente. Es por eso que Dios nos ha querido regalar una familia y en la familia es en donde quiere hacer una alianza con nosotros. Nos podemos preguntar ¿Yo tengo una relación con Dios cercano? ¿Lo siento presente en mi vida y en la de mi familia? ¿Entiendo que ha querido hacer un pacto conmigo y con mis seres queridos?

 El pacto presentado en la historia de Noé es unilateral. Esto quiere decir que solo Dios se compromete a ofrecerle al hombre ciertos dones. El hombre no lo merece. Esto lo vemos en el capítulo anterior de la historia de Noé en donde toda la tierra estaba llena de violencia y por eso se suscita el diluvio (cf. Gn 6, 11). Es decir, el hombre no ha sido bueno y fiel con Dios pero Dios se mantiene siempre fiel al compromiso que asume con el hombre. ¿Soy consciente de que no me merezco los dones de Dios? ¿Me doy cuenta de que él me ama y ama a mi familia de manera gratuita? ¿Veo en mi vida ciertas infidelidades a Dios y al mismo tiempo veo su fidelidad?

 Y ¿qué es lo que Dios promete dar al hombre? En este caso, después de la destrucción de toda la tierra por el diluvio, se da una nueva creación por parte de Dios. El texto nos dice que Dios bendijo a Noé y a sus hijos y les dijo que sean fecundos y se multipliquen y así llenen la tierra (cf. Gn 9, 1). Eso mismo le dijo el Señor a Adán y Eva en la creación (cf. Gn 1, 28). Ahora, después del pecado del hombre que llevó a la destrucción total de la humanidad por el diluvio, el Señor vuelve a manifestar su fuerza creadora y vuelve a prometer un futuro de bendición para el pueblo. Así también es en nuestra vida. Cuando vemos que nuestra familia está yendo en declive, se está alejando de Dios y por consecuencia el pecado ha dominado el ámbito familiar tenemos que confiar en Dios. Él es misericordioso y saldrá al paso de nuestras necesidades volviéndonos a prometer su bendición. 

El reto consiste en saber mirar esa bendición. En el caso de la historia de Noé el signo que Dios coloca en el cielo es un arco en las nubes (Gn 9, 14-16). Lo que conocemos como el arcoíris. El arcoíris es un fenómeno natural que solo sucede cuando hay lluvia. Es decir, solo cuando hay tormenta. Esto puede ser una imagen de la dificultad, sufrimiento y dolor en nuestra vida. Cuando hay lluvia nos es muy difícil percibir la presencia del sol, es decir, la presencia de Dios. Y por lo tanto para que sea más evidente que el Señor está ahí se manifiesta con el fenómeno del arcoíris. El sol, es decir, Dios, vence la tormenta y provoca en el cielo este hermoso efecto de luz y color. 

 Es así también en nuestra vida. Dios ha decidido hacer un pacto con nosotros, una alianza, y nos será siempre fiel. Aunque en nuestra vida y en el ámbito familiar no veamos su mano de Padre recordemos que ahí está. Tomemos la imagen del sol que aunque las nubes y la tormenta no nos permitan verlo el sol nunca deja de estar ahí. Y dejémonos maravillar por Dios que al final de esa tormenta sabrá sacar algo bueno de tanto dolor. En donde solo había oscuridad y una gama de grises como paisaje hará surgir luz y color. Preguntémonos: ¿Soy consciente de esa presencia constante del Señor en medio de las pruebas y tormentas? ¿Dejo que Dios llene mi vida de color con su alianza? ¿Permito a Dios ser parte de este dolor y sufrimiento familiar?

Contemplar:

Al haber meditado este relato es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y escuchemos la voz de Dios que nos dice: «Quiero hacer una alianza contigo y con tu familia». Respondámosle a Dios prontamente aceptando el don inmerecido de su alianza y dejemos que nos llene de confianza al saber que si Él está con nosotros nada debemos temer.

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Padre de la alianza te damos gracias que has querido formar parte de nuestra historia y la de nuestra familia a través de tu bendición. Te suplicamos que en la tormenta y el dolor siempre sepamos que contamos contigo y seamos capaces de dejarte llenar nuestra vida de color y de luz con tu amor de misericordia. Amén»

(Gn 9, 1-17)

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