LA BELLEZA A LOS OJOS DEL PADRE

Orar en distintos momentos de la vida | 0 Comentarios

Orar cuando sufres maltrato o discriminación

Uno de los sufrimientos más grandes de la vida es cuando se experimenta el rechazo. Más duro es cuando se recibe de aquellos que se tienen más cerca. El mundo centran los criterios de belleza en los valores externos y no permiten ir más allá de los simples esquemas superficiales que ellos mismos crean. Aunque sabemos con nuestra inteligencia que estos criterios externos son falsos ¡cuánto duele el rechazo y la discriminación! ¿Cómo orar al Padre en estos momentos de dolor?

LA MENTIRA REPETIDA QUE LIMITA LA VERDAD

Cuando las personas nos miran con desprecio y nos tratan de esa manera corremos el peligro de creer esas mentiras que arrojan hacia nosotros. Es decir, cuando escuchamos una y otra vez: eres fea, qué gordo eres, no tienes inteligencia, nadie te va a querer, no tienes futuro, por eso no tienes amigos… Podemos caer en su juego de creer que lo que nos dicen es una verdad. Tomar en consideración las opiniones de las personas que nos quieren hacer daño es darles el poder sobre nosotros. Las mentiras que nos repiten una y otra vez terminan siendo verdades si nosotros dejamos que nos afecten. Y lo más grave es que modifican nuestra conducta. Es decir, empezamos a dejar que nos definan o nos condicionen. ¿Qué podemos hacer para que estas opiniones no nos hagan daño?

Lo primero que hay que lograr es desenmascararlas. Encontrar lo que tienen de verdad y de mentira. Puede alguien decirnos que somos feos. Nosotros podemos reconocer que en su criterio podemos no tener una belleza pero ¿ese es el único criterio? Y por lo tanto, decidirnos a encontrar aquello de belleza que tenemos. Quizá nuestra belleza no es física pero tal vez tenemos una belleza en nuestra personalidad o en nuestro trato con los demás, o en la nobleza de nuestro corazón. ¿Acaso no es esa una mayor belleza?

EL AMOR QUE NOS REFUERZA

A veces nos es difícil creernos a nosotros mismos. Hemos dicho que es importante desenmascarar las mentiras que arrojan hacia nosotros. Pero no siempre es fácil ya que esas voces pueden tener mucho peso sobre nosotros. ¿Qué hacer entonces? Lo primero que podemos buscar es el apoyo y la opinión de aquellos que realmente nos quieren. Acercarnos con sencillez y preguntarle a alguien de confianza: ¿Realmente crees que soy fea, gordo, no inteligente? Y después preguntarnos a nosotros mismos: serlo ¿me hace menos amable a los demás? ¿por estos rasgos no merezco ser amado, respetado, valorado?

Si la persona realmente nos quiere vamos a encontrar en él un refuerzo positivo y necesario para que estas mentiras no nos afecten. Necesitamos escuchar del otro esa verdad que nos sane, que nos cure, que nos libere de las opiniones de los demás. Si no encontramos en alguna persona cercana ese apoyo es momento de buscarlo en Dios. Él es quien nos muestra que nos ama así como somos. De hecho nos ha creado por amor tal cual como somos y esto nos debe llenar de seguridad.

EL AMOR DE DIOS QUE CURA

El dolor causado por las personas que nos han discriminado no se quita fácilmente. Si nos ha afectado ha sido por algo. Lo más difícil de curar son esas opiniones, juicios o expectativas que hemos recibido de aquellos que deberían amarnos como somos: nuestros padres. Si de ellos hemos recibido desprecio, más duro y difícil es recibir sanación. Pero Dios, Nuestro Señor, nos quiere sanar. ¿Cómo buscar la sanación en Dios?

Un camino es encontrar en los textos de la Escritura el amor incondicional del Padre. Este amor lo vemos reflejado en el modo de actuar de Cristo en la tierra. Jesús le dio dignidad a aquellos con los que se encontraba. Incluso los fariseos le reclamaban su modo de actuar: ¿Por qué come con publicanos y pecadores? Cf Mt 9, 11. Quizá para nosotros el gesto de comer juntos no tenga tanta relevancia. Sin embargo, para el tiempo de Jesús compartir la comida significaba que esas dos personas estaban unidas por un pacto solemne. Es un gesto de comunión, un reflejo de un vínculo de paz y de fidelidad en la amistad. Por lo tanto, cuando Jesús come con publicanos y pecadores les está diciendo que Él quiere tener con ellos una amistad, una alianza, que los valora al grado de querer tener con ellos una relación.

Así es Dios también con nosotros. Lo que vemos de feo, de desagradable, de no amable en nosotros mismos, Él lo dignifica invitándonos a “comer con él”. Esto es, a formar con nosotros una relación de alianza ya que el valor que ve en nosotros no es sobre elementos cualitativos sino nosotros mismos somos valiosos a sus ojos. Experimentar esta realidad cura nuestro corazón. Si a los ojos de Dios somos hermosos pueden decir los demás lo que quieran. Dios nos da la dignidad, nos eleva a la condición de hijos y nos trata a todos por igual.

VIVIR LIBRES DE ESPÍRITU POR EL AMOR

Es por eso que experimentando este amor incondicional del Padre podemos ser libres de espíritu. Nada que digan o dejen de decir los demás nos condiciona o define. Lo único que nos determina es sabernos amados con un amor profundamente misericordioso. Es vernos bellos a los ojos de nuestro creador y saber que la única seguridad necesaria radica en su amor fiel de Padre que nunca nos va a herir. Al contrario, viene para sanarnos y liberarnos de las mentiras que los demás pueden proyectar sobre nosotros.

Pidamos esta gracia al Señor con esta oración:

Padre de bondad, el mundo que me rodea me discrimina, me juzga, no me considera valioso. Esto provoca un profundo dolor a mi corazón. No me siento aceptado, valorado, bien visto. ¿Será, Señor, que hay alguien que me mire con amor? ¿Encontraré, acaso, unos ojos que me devuelvan mi dignidad, que me consideren valioso, que me impulsen a mejorar? ¿Será tu mirada pura y misericordiosa la que me haga reencontrar mi propio valor? Mírame Padre con amor. Hazme experimentar la fuerza de tu corazón que quiere a cada uno así como es. Tú así me has creado, tú así me has amado. Hazme amarme a mi mismo como tú me amas. Que esa experiencia de tu amor me libere para vivir feliz porque soy amado y valorado como soy. Amén.

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