«CUÉNTALES A TUS HIJOS Y A TUS NIETOS» (Dt 4, 9)

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El testimonio cristiano en la familia

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Dt 4, 9-14. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

«Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntalas a tus hijos y a tus nietos.»

Dt 4, 9

Meditación:

Después de haber leído estos versículos es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

Este texto le recuerda al pueblo que ellos han tenido una experiencia de Dios en el Horeb. El Horeb fue el lugar en donde Dios se manifestó al pueblo, les hizo ver su presencia, les permitió experimentar su fuerza y su amor e hizo una alianza con ellos. El texto inicia diciendo que no olviden las cosas que han visto sus ojos. Dios se ha manifestado al pueblo y no pueden negar que Él ha obrado en sus vidas. Por eso les pide que no olviden estas obras del Señor. Esta es la base de la actualización que se realiza en la liturgia. El pueblo no solo recuerda con su memoria las grandes obras que ha hecho el Señor en el pasado sino que las trae al presente; las actualiza.

 El pueblo recuerda constantemente la liberación de Egipto, el paso por el mar rojo, el regreso del éxodo, las distintas victorias a pueblos enemigos. Dios ha pasado por su historia dejando huella ¿Cuál es ese paso de Dios en nuestra historia y en nuestro hogar? ¿Hemos visto nosotros también al Señor como lo hizo el pueblo en el Horeb? ¿Cuál es nuestro Horeb? ¿Lo hemos olvidado o lo recordamos constantemente haciéndolo actual en el hoy de nuestras vidas?

 La obra de Dios, al recordarla y actualizarla, no se queda en el pasado sino que se vuelve a vivir. Dios siempre está actuando en el corazón del hombre y en el seno de la familia lo veamos o no. Es por eso que «no olvidar» o recordar es permitir a Dios seguir actuando en nuestra historia y en la de nuestra familia. 

Es por eso que el texto invita a que estas experiencias de Dios no se aparten del corazón mientras vivimos. No es solo traerlas a la mente y alegrarnos de la acción de Dios sino que más bien es traerlas al corazón. El corazón, para la mentalidad hebrea, es el centro de la persona en donde se toman las decisiones. Ahí es donde hay que traer el recuerdo de la acción de Dios.

 Y traerlas al corazón es permitir que nuestra vida tome el rumbo que Dios le ha mostrado. El corazón, al saberse amado y salvado por Dios, se decide a seguirle y servirle. La experiencia del amor provoca en el interior la adhesión filial a Aquel que lo ha amado.

 Se ha hecho notar que el texto invita a no olvidar y a conservar en el corazón la experiencia del Horeb, es decir, la experiencia de nuestro encuentro con el Señor. Lo siguiente que dice el texto es que esta visión de Dios hay que contarla a los hijos y a los nietos. Cuando queremos conducir a los hijos o los nietos por los caminos de la fe a veces no sabemos qué transmitirles. Y nos podemos preguntar ¿Cómo enseñar la fe a nuestros hijos y nietos? 

 Lo más importante es compartirles una propia vivencia. Es mostrarles con la vida que uno ha tenido una experiencia del amor y de la fuerza de Dios en un momento concreto de su vida. Dios ha hecho una alianza con nosotros en nuestro Horeb, ahora es momento de dar a conocer, con sencillez, cómo Dios nos ha amado. Cómo Dios se ha manifestado a nosotros. 

 Los hijos y los nietos no necesitan escuchar grandes sermones o repetidos clichés vacíos de sentido. Necesitan ver en nuestros ojos el brillo de la presencia de Dios. Quieren escucharnos con entusiasmo hablar de ese Dios que nos ha amado y que por tanto seguimos. Quieren dejarse atraer también ellos por la fuerza de amor con la que nos dejamos atraer nosotros mismos. Es por eso que compartir nuestra experiencia de Horeb es lo que los llevará a desear también ellos experimentar a Dios vivamente.

Contemplar:

Al haber meditado este texto de la Biblia es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y recordemos esos momentos de Horeb, de encuentro con Dios que hemos tenido. Para que actualizándolos se hagan presentes y podamos compartirlo con sencillez a nuestros hijos y nietos.

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Yahvé, Dios de la alianza, Dios del Horeb, Dios de nuestros padres, permítenos experimentarte con tanta fuerza que jamás podamos olvidar el amor que nos manifestaste. Que actualizar tu amor sea el más grande testimonio de fe que podamos darle a nuestros hijos y nietos. Amén»

(Dt 4, 9)

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