Fortalecer el espíritu para soportar la soledad

El ser humano esta creado para la relación, para la comunión. El pueblo de Israel siempre consideró esta realidad. La expresa en el modo en que conciben el origen del hombre. Nos lo dice el texto del Génesis: “No es bueno que el hombre esté solo” Gn 2, 18. El mismo Dios considera que no es bueno que los seres humano vivan solos; experimenten la soledad. Pero, si las circunstancias de la vida nos han llevado a esta realidad ¿cómo podemos vivirla de la mano de Dios?

LA LLAMADA DEL HOMBRE A LA COMUNIÓN

En nuestro caminar por la vida nos damos cuenta de la esencial necesidad que tenemos de la compañía, del cariño, de la aprobación de los demás. Quizá el ejemplo más claro es el origen de los seres humanos. Nosotros venimos de la relación entre dos personas y nacemos en el núcleo de la relación familiar. Así podemos entender que somos dependientes, necesitamos de los demás. Y nos podemos preguntar ¿por qué es esto? ¿por qué el Señor hizo depender nuestra felicidad de la relación? Y la respuesta la tenemos en la revelación de Dios como un Dios en relación. Nosotros creemos en un solo Dios que es trino. Es decir, un Dios que no está encerrado en sí mismo sino que, siendo amor, se ha dado en el Hijo y de este intercambio surge la persona del Espíritu Santo. Es la comunión trinitaria la que nuestro corazón desea y ansía. Nosotros, siendo imagen de Dios, somos imagen de un Dios trino, un Dios en relación, un Dios de comunión.

LA LIMITACIÓN EN LAS RELACIONES

Siendo la comunión una realidad hacia la que tendemos por ser creados para ella ¿cómo comprender la soledad? Lo primero que necesitamos es aceptar nuestra propia limitación y la limitación de las otras personas que nos rodean. Podemos analizar cuál es el origen de la propia soledad. Se puede estar solo a causa de la viudez, o porque se es soltero o porque no se pudo tener hijos, porque se vivió el abandono de los propios padres, del esposo o de los hijos, etc…

Es importante hacer un primer análisis sobre la causa de esta soledad. Es decir, preguntarse con sinceridad a uno mismo: ¿Es objetiva mi soledad o simplemente me siento solo? ¿Podría yo hacer algo por dejar de estar solo o tengo que aceptar mi realidad de soledad? ¿Será que yo he hecho algo para alejar a las personas? ¿Quiero buscar la comunión con otros? Y entonces reconocer con sencillez y humildad que nosotros, como seres humanos, somos limitados. Aunque quisiéramos o hubiéramos querido hacer las cosas distintas para no estar solos nos hemos equivocado, hemos fallado, hemos herido a los demás.

Aceptada esta condición de limitación es necesario aceptar que, aunque nuestro corazón desea la comunión con Dios, se encuentra con la realidad de que en el mundo se relaciona con personas que son débiles, frágiles y limitadas. Con una limitación física que puede ser la muerte de un ser querido o la enfermedad. Una limitación en su psicología que puede ser una depresión, no poder gestionar la tensión de una crisis, o simplemente no responder como nosotros esperamos. Y por último una limitación moral, es decir, nos pueden hacer daño objetivamente habiéndonos traicionado, abandonado, siendo infieles, etc…

DE LA LIMITACIÓN DEL AMOR A LA PLENITUD EN DIOS

El paso anterior que permite reconocer la propia limitación y la de los demás debe ser bien encausado. Si no se maneja bien puede ser ocasión para culpabilizar a los demás o para vivir en desesperanza por vernos solos. ¿Cómo encontrar un camino para aceptar la soledad y a la vez realizarse en el amor?

La soledad es ocasión para levantar la mirada al Padre, para descubrir en Él a Aquél que tanto ansía el corazón. Debemos aprender a ver en Él la plenitud de amor que tanto busca nuestro corazón. Hay que creer en su presencia de amor que lo llena todo. Un Dios que quizá no vemos, no tocamos, pero por la fe sabemos que está ahí con nosotros y para nosotros siempre. Uno de los textos más hermoso que nos habla, por analogía, del amor de Dios es el cantar de los cantares. Ahí vemos reflejado el estilo de amor que Dios quiere tener con nuestra alma.

Uno de los textos se encuentra en el libro del Cantar de los Cantares 2, 8-14. En estos versículos se dice que el amado espía por la ventana a su amada viendo a través del enrejado. De esta actitud del enamorado del Cantar podemos pensar que es así también el amor de Dios. Aunque nosotros no lo sintamos el Señor no quita la mirada de nosotros. Si Dios no nos sostuviera con su mirada de amor no existiríamos. Él nos mantiene en la existencia con su amor de Padre. Siempre nos ve y nos protege aunque nosotros no nos demos cuenta de ello. Somos como la niña de sus ojos nos dice el salmo 17. Cuando nos sentimos en soledad debemos reconocer esta presencia de amor que nunca nos va a abandonar.

El texto también habla del invierno que ya pasó. El amado le dice estas palabras con amor. Es como decirle, no te preocupes, sé que hay invierno en la vida y en especial en tu vida pero va a pasar. Y así es Dios con nosotros. Él está ahí siempre en los buenos momentos y en los malos. Nos cubre con la sombra de sus alas cf salmo 17, 8. Siempre se mantiene la presencia de Dios. Ni las caídas nos pueden hacernos perder el amor de misericordia del Padre que nos abraza con amor. Pensar en esto nos ayuda a vivir en serenidad la soledad. Puede parecer que estamos solo pero tenemos a nuestro Dios que lo llena todo.

Por último, el amado le dice a su amada que le deje ver su rostro, que le permita escuchar su voz. Con este texto de las escrituras Dios nos hace ver que no puede llenar nuestro corazón ni colmar de su presencia nuestra soledad si nosotros no lo buscamos. Él quiere ser el compañero de nuestra alma, Aquél que llena de luz la oscuridad y de alegría la tristeza de nuestro corazón. Pero le tenemos que permitir entrar en nuestra vida. Tenemos que abrirle la puerta y dejar que Él, el amor por excelencia, sea quien nos fortalezca para poder soportar la dura prueba de la soledad.

Cuando nos sentimos solos podemos hacer esta oración:

Dios que eres amor, que eres comunión, ven a hacer morada a nuestro corazón solitario. Es dura la prueba de la soledad. Te pedimos que llenes con tu presencia de amor el vacío que han dejado las personas que tanto queremos y ya no están con nosotros. Que la experiencia de tu amor sea la fuerza para poder vivir en serenidad esta soledad. Amén.

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