APARTADOS BIBLIA

BET TEFILÁ

«DICHOSO EL HOMBRE» (Salmo 1)

La dicha de meditar en familia la Palabra de Dios

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta:

 

Dichoso el hombre que no sigue consejos de malvados ni anda mezclado con pecadores ni en grupos de necios toma asiento, sino que encuentra su agrado en la Torah del Señor, meditando su ley día y noche. Será como árbol plantado junto a un canal, da fruto en su tiempo, su hoja no se marchita. Todo cuanto emprende prospera.

Salmo 1, 1-3

 

Meditación:

Después de haber leído el texto es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

El salmo 1 abre el salterio con una importante palabra: «Dichoso». Todos buscamos en nuestra vida y en nuestro hogar la dicha, la felicidad, la plenitud. Es como si el salmista nos estuviera diciendo: ¿quieres ser feliz? Lee el salterio, en él encontrarás el camino de la felicidad. Esta palabra también se puede traducir por «bienaventurado». Este término nos recuerda las bienaventuranzas que Jesús presenta en los evangelios (se puede consultar Mt 5, 3-12). Así como el salmista, El Señor propone un camino de dicha al seguir las bienaventuranzas.

 Lo primero que hace el salmista es advertir sobre lo que no es la dicha, es decir, sobre el contacto con los malvados, pecadores o necios. A lo largo del salmo el autor hace ver que la amistad, el consejo o las alianzas con personas que no van por un camino recto no nos llevará a la felicidad.

 Entonces ¿qué camino propone el salmista? El autor del salmo nos invita a encontrar nuestro agrado en meditar la Torah del Señor. La Torah puede ser considerada en primer lugar como la ley del Señor. Pero esta ley no tiene una connotación negativa, punitiva. No limita o restringe la vida sino que más bien asegura y garantiza la vida. Vivir según la Torah, ley, del Señor es la verdadera sabiduría que conduce a la felicidad. Así también en nuestra vida y en nuestro hogar. Nos puede ayudar pensar ¿por qué ley nos regimos? O ¿qué ley les enseñamos a nuestros hijos? ¿Es una ley que da vida, basada en el amor, en la fe en Dios?

 

La Torah no es solo la ley sino que también, para los hebreos, era el texto que recogía toda la historia de amor de Dios con su pueblo. La Torah para nosotros los cristianos es la Biblia, la Palabra de Dios. Ahí nosotros encontramos la revelación de cuánto Dios nos ha amado. Es por eso que el salmista a demás de invitar a seguir la ley del Señor, aconseja meditar la Torah, Palabra, del Señor noche y día. Esta expresión en el hebreo puede traducirse por «siempre».

 Y esta Palabra de Dios la meditamos porque es para nosotros guía. Así lo vivó también el pueblo de Israel en el Éxodo. Cuando estaban en el desierto no tenían físicamente un rollo de la Torah para poder ser guiados por ella noche y día pero si tenían una columna de nube y fuego (cf Ex 13, 21). La Palabra de Dios es para nosotros esa nube y ese fuego, esa luz que guía y encamina nuestros pasos y los de nuestra familia. Podemos reflexionar ¿es la Palabra de Dios guía de nuestro caminar? ¿Criterio para educar a nuestros hijos? ¿Meditarla, dejarnos guiar por ella, nos provoca alegría?

 Por último, el salmista presenta el fruto de una vida vivida según la Palabra de Dios. Nos dice que la persona que medita la Torah es como un árbol que está plantado junto a un canal. El canal es el agua que le da vida a ese árbol. La Palabra es para nosotros esa agua fresca que nos mantiene siempre vivificados. Si nos alejamos de esa agua progresivamente nuestro árbol, que es nuestra vida y nuestro hogar, se va quedando sin follaje. También dice que da fruto a su tiempo. A veces queremos que la Palabra de Dios de fruto en nosotros siempre y de manera palpable. Pero el salmista deja ver claro que tanto nuestra vida como la Palabra no dan fruto siempre sino que en su tiempo. Por eso hay que dejar que nuestra vida y nuestra familia se impregnen de la Palabra esperando que eventualmente de su fruto.

 Finalmente el salmista nos dice que quien acoge esta Palabra de Dios todo cuanto emprende prospera. No porque la Palabra de Dios evita las dificultades de nuestra vida sino que porque la Palabra da sentido a todo lo que vivimos y hace que hasta lo que parece que no nos hace prosperar tenga un elemento positivo que nos haga crecer de manera personal o familiar.

 

Contemplar:

 Al haber meditado este salmo es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos que Dios nos haga vivir en la dicha de seguir su Ley que es vida. Y que nos permita que su Palabra entre en nuestro corazón y lo transforme. Así le concederemos hacer de nuestra vida y nuestro hogar un árbol frondoso colocado junto al río de su Palabra, que da fruto a su tiempo y que todo lo que emprende prospera. Dejemos que la Palabra sea nuestra dicha y nuestro gozo.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Padre de bondad queremos ser dichosos, bienaventurados y felices. Hemos comprendido que el camino es seguir tu ley que es vida y meditar tu Palabra noche y día. Te pedimos Señor que nos enseñes a vivir en familia guiados e iluminados por tu Palabra. En ella te encontramos a ti, Jesús, Palabra del Padre, ven a morar en nuestra vida y en nuestro hogar. Amén» 

(Salmo 1)

«MÁS VALE SABIDURÍA QUE FUERZA» (Qoh 9, 13-18)

Educar a los hijos con sabiduría

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta:

 

También he visto otro acierto bajo el sol, y grande a juicio mío: Una ciudad chiquita, con pocos habitantes. Llega un gran rey y le pone cerco, levantando frente a ella potentes empalizadas. Se encontraba en ella un hombre pobre y sabio, que pudo haber salvado a la ciudad gracias a su sabiduría, ¡pero nadie paró mientes en aquel pobre! Y yo me digo: Más vale sabiduría que fuerza; pero la sabiduría del pobre se desprecia y sus palabras no se escuchan. Mejor se oyen las palabras sosegadas de los sabios que los gritos del soberano de los necios. Más vale sabiduría que armas de combate, pero un solo yerro echa a perder mucho bueno.

Qoh 9, 13-18

 

Meditación:

Después de haber leído el texto es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

Eclesiastés o Qohélet es uno de los libros de la Biblia en el que se recoge la sabiduría del pueblo de Israel. Esta sabiduría contiene todos los elementos que eran parte de la vida de la comunidad. Se hacen reflexiones sobre la religión, sobre la vida justa, sobre la vida social, sobre la familia, etc. Es por eso que los textos de la sabiduría nos pueden ayudar a hacer una reflexión a la luz de la Palabra para ver cómo vivimos en familia. En este caso el libro de Qohélet nos instruye sobre el modo en que se puede educar a los hijos con sabiduría.

 El sabio lo hace a través de contrastes. Para comprenderlos mejor se van a analizar uno por uno para sacar una enseñanza para la educación de nuestros hijos. Lo primero que se encuentra es una comparación entre una ciudad chiquita con pocos habitantes y un rey que al contrario de los habitantes es grande y construye una fortaleza que, distinto a la ciudad, es grande también. El autor, al presentar esta primera idea, conduce al lector a la conclusión de que la sabiduría estará ligada a la grandeza del rey y a la fortaleza. Pero hace lo contrario. Nosotros también nos podemos preguntar ¿qué le estoy enseñando a mis hijos?, ¿para ellos quién es el más fuerte?, ¿el que es grande?, ¿el que tiene poder?, ¿el que tiene autoridad?

 Las siguientes ideas que presenta el teólogo de Eclesiastés: «más vale sabiduría que fuerza… más vale sabiduría que armas de combate» recogen la idea de fuerza y de guerra que se puede relacionar con el rey y la muralla grande antes mencionados. En la antigüedad la ciudad tenía una fortaleza precisamente para protegerse del enemigo. Esto era considerado sabio (cf Prov 25, 28). Qohélet presenta lo contrario. Ya no es la fuerza o las armas de combate lo que hace a uno sabio. El autor hace ver que la sabiduría puede estar incluso en el hombre pobre que nadie considera. En nuestro hogar ¿cuáles son las “armas” que se utilizan para educar, para convencer, para guiar hacia el camino recto? ¿Es a caso la sabiduría del sencillo, del humilde, del bondadoso de corazón?

 

Por último, el autor de Qohélet nos ilustra con una idea que puede iluminar el modo en que educamos a nuestros hijos. Presenta la imagen de las palabras que son escuchadas o no. Nosotros deseamos que nuestros hijos escuchen nuestras palabras, nuestros consejos y que los apliquen en sus vidas. Pero podemos preguntarnos ¿cómo les dirigimos estas palabras para que realmente sean significativas en sus vidas? ¿Lo hacemos de manera sosegada, como nos dice el autor? ¿o lo hacemos alzando la voz? El sabio nos dice: «Mejor se oyen las palabras sosegadas de los sabios que los gritos del soberano».

 Con esto el teólogo nos está queriendo decir que las palabras que son calmadas, y que no se refieren a la fuerza, son escuchadas. En cambio los gritos, que manifiestan una supuesta fortaleza, no son escuchadas. Las primeras son dichas por los sabios que en este texto son los pobres y que podemos comprenderlo como los sencillos, los humildes, los que no son altaneros. Y las segundas son dichas por los gobernantes necios que podría parecer que son los que más influencia tienen sobre los demás por su autoridad pero que por su forma de hablar dejan de ser una autoridad moral.

 

Contemplar:

Al haber meditado este texto de la sabiduría es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos que Dios cambie nuestros criterios. Que nos haga vivir de su sabiduría. Que comprendamos que el más grande y el más fuerte no siempre es el más sabio. Que cambie nuestro corazón para que las armas que utilicemos para educar a nuestros hijos sean siempre de paz y de comunión. Que nuestras palabras sean fruto del amor y que sean pronunciadas con sosiego con calma y evitando alzar la voz y herir a nuestros hijos.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Señor tu eres Padre, enséñanos a ser padres bondadosos con nuestros hijos. Que no pensemos que en la autoridad y en la fuerza va a estar el poder para educarlos. Más bien haznos comprender que en el camino de la sencillez de corazón y la humildad se encuentra la senda para una educación según tu sabiduría. Que siempre prevalezca el amor en el hogar, la calma y el sosiego antes que la fuerza y el mal hablar. Danos Señor tu corazón de Padre. Amén»

(Qoh 9, 13-18)

«MI BIEN ES ESTAR JUNTO A DIOS» (Salmo 73)

En el sufrimiento familiar acudir a Dios

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el salmo 73. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

Pero yo estoy siempre contigo, me tomas de la mano derecha, me guías según tus planes, me conduces tras la gloria. ¿A quién tengo yo en el cielo? Estando contigo no hallo gusto en la tierra. Aunque se consuman mi cuerpo y mi mente, tú eres mi roca, mi lote, Dios por siempre. Los que se alejan de ti se pierden, aniquilas a los que te son adúlteros. Pero mi bien es estar junto a Dios, he puesto mi cobijo en el Señor a fin de proclamar tus obras.

Salmo 73, 23-28

 

Meditación:

Después de haber leído el salmo es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

El salmo 73 afronta uno de los temas que han provocado más polémica a lo largo de la historia de la humanidad: el problema del mal. La cuestión del sufrimiento y el mal no es sólo una reflexión filosófica sino existencial. Todos los días nos encontramos con experiencias de dolor y sufrimiento. Estas experiencias las podemos estar viviendo nosotros mismos o la gente que queremos. ¿Qué nos dice la escritura acerca del mal? ¿Qué luz puede arrojar a nuestra vida para consolar nuestro dolor?

 El salmo 73 nos acerca a la realidad del sufrimiento e intenta dar respuesta al misterio del mal. Primero presenta una crítica a la tesis de la teología tradicional de la retribución. Ella indica que el justo recibe bienes por parte de Dios y el malvado males. Sin embargo, ante el sufrimiento del justo el teólogo se pregunta: ¿es verdad que el justo en esta vida sólo recibe bienes? ¿por qué sufre el bueno? Esta también es una pregunta que puede surgir en nuestro interior: ¿por qué sufre el inocente? ¿por qué si Dios es bueno permite tanto dolor y sufrimiento? ¿qué hemos hecho para merecer este castigo?

 Es así como el salmo 73 que acabamos de leer inicia manifestando cómo al malvado le va bien, prospera, no tiene congojas, su cuerpo está sano, no comparten las penas de los hombres, no pasa tribulaciones, está tranquilo y acumulando riquezas. El salmista llega a decir que en vano se ha esforzado por ser bueno. Si a pesar de su buena conducta sigue sufriendo ¿de qué sirve entonces esforzarse por ser justo y bueno?

 El cambio de tono en el salmo se encuentra en el v. 17 en el que el salmista reconoce que cambió su modo de ver la vida hasta que entró en el santuario de Dios. Esto quiere decir, hasta que entró en contacto con el Dios vivo. Él estaba buscando una respuesta teórica al problema del mal y el sufrimiento pero se dio cuenta que la única manera de entender el misterio del mal es a través de la relación de intimidad con el Señor. Podemos preguntarnos: ¿cuándo sufrimos acudimos a Dios? ¿nos quedamos solo enlistando nuestros dolores y quejándonos de ellos? ¿solo vemos a nuestro alrededor y nos comparamos con los bienestares de los demás? ¿o buscamos a Dios?

El salmista descubre que el sufrimiento no se va a quitar de su vida y que los malvados seguirán prosperando en este mundo pero que él no está solo. Dice con sencillez: «Yo estoy siempre contigo». Esta experiencia de intimidad es lo que permite al justo vivir su vida con alegría a pesar del dolor. Siente la presencia del Dios bueno que lo toma de la mano, lo guía según sus planes y lo conduce tras su gloria. De aquí brota su paz en medio de los más grandes dolores. Tiene a Dios y eso le basta. Descubre que, en la intimidad con Dios, su vida está sostenida sobre una roca. Dios es su roca. ¿Nosotros experimentamos esta presencia? ¿Es Dios nuestro guía y nuestra roca?

 

El salmo termina con estas palabras: «Mi bien es estar junto a Dios». Con esto el teólogo nos invita a no centrarnos en nuestros males sino que ir al encuentro de Dios que es nuestro bien. Es así como le da respuesta al problema del mal. El mal y el sufrimiento siguen siendo un misterio, especialmente aquel que padece el justo. Pero la solución a este problema no es teórica sino experiencial. Es saber que Dios, nuestro Padre, nos introduce a su santuario, a su presencia, para ser nuestro consuelo.

 

Contemplar:

Al haber meditado este salmo es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos que Dios nos introduzca en su santuario, nos llene con su presencia. Dejemos que Él nos tome de la mano, nos guíe, nos conduzca, sea nuestra roca. No queramos entender las razones de tanto dolor y de tanto sufrimiento. Permitamos, más bien, que el Dios bueno nos llene con su intimidad que es consuelo. Así nuestra respuesta al mal será: Dios está junto a mi, ese es mi bien dentro de tanto dolor.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Padre bueno, el dolor y el sufrimiento han invadido nuestra vida, nuestra historia y nuestro hogar. Vemos a nuestro alrededor y parece que los malos perseveran y nosotros buenos perecemos. Sal a nuestro encuentro Señor, sal a nuestra ayuda. Permítenos entrar en tu santuario y morar contigo. Necesitamos de tu amor que es roca sólida sobre la que construimos nuestra vida. Te suplicamos, en nuestro dolor, sé tu nuestro bien. Amén»

(Salmo 73)

«NUESTRO DIOS, NOS HABLÓ ASÍ EN EL HOREB» (Dt 1, 6-11)

La Palabra de Dios es acontecimiento en nuestra vida

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Dt 1, 6-11. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

«Yahvé, nuestro Dios, nos habló así en el Horeb: «Ya habéis estado bastante tiempo en esta montaña. ¡En marcha!, partid y entrad… en la tierra de Canaán. Yo he puesto esa tierra ante vosotros; id a tomar posesión de ella, pues Yahvé juró que se la daría a vuestros padres, Abrahán, Isaac y Jacob, y a sus descendientes.» Yahvé, vuestro Dios, os ha multiplicado y sois ahora tan numerosos como las estrellas del cielo. Que Yahvé, el Dios de vuestros padres, os aumente mil veces más todavía y os bendiga como ha prometido.»

Dt 1, 6.7.8.10.11

 

Meditación:

Después de haber leído el salmo es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

El texto que hemos leído es muy rico de significado. Se encuentra en el libro del Deuteronomio y habla en el contexto del camino hacia la tierra prometida después de la manifestación de Dios en el Horeb. Analizar los elementos que contiene este texto nos puede ayudar para iluminar nuestra vida a la luz de ellos.

 

Lo primero que nos dice el texto es que Yahvé habló al pueblo en el Horeb. El verbo «hablar» y el sustantivo «palabras» para la mentalidad hebrea no es un simple pronunciar un discurso vacío de sentido. Las palabras que vienen de Dios tienen una carga verbal, es decir, de acción. No es sólo lo que Dios dice al pueblo sino que diciendo actúa en él. Por lo que las palabras que el Señor pronuncia son un acontecimiento en la vida del pueblo, un suceso. Es así también en nuestra vida. Cuando escuchamos la Palabra del Señor no la oímos como un mensaje intelectual sino que esas palabras son un suceso, un acontecimiento en nuestra vida. Dejar que Dios hable a nuestra familia es dejar que Él actúe.

 Esta palabra-acontecimiento de parte de Dios al pueblo es pronunciado en el Horeb. El Horeb es una montaña. En la mentalidad hebrea en general, la montaña es el lugar en el que el pueblo puede encontrarse con Dios. Es ese concepto de un lugar alto que se acerca al cielo en donde mora la divinidad. ¿Cuál es nuestra montaña? ¿En dónde es ese lugar en donde nos encontramos con Dios? Cada uno de nosotros, a nivel familiar y personal, debemos encontrar esa montaña personal; ese lugar de intimidad con el Señor. Puede ser un espacio físico: una Iglesia, una capilla, un lugar hermoso en la naturaleza, un pequeño altar en el hogar. O puede ser un lugar espiritual: nuestra conciencia, nuestra familia, los seres que amamos. La montaña es ese espacio de encuentro en donde nos dejamos tocar por Dios y el habla-actúa en nuestra vida y en la de la familia.

 Después se presentan los tres elementos de la promesa hecha a Abraham: la tierra, la descendencia y la bendición. Dios progresivamente va actuando en el pueblo de Israel y va cumpliendo su promesa. Ha hecho una alianza con el pueblo y le ha ofrecido estos tres bienes. Dios también ha hecho una promesa con nosotros y nos ha dado estos tres bienes en Cristo: una tierra que es el cielo, una descendencia que es la Iglesia y una bendición que es la salvación.

El pueblo de Israel está en camino y por lo tanto no se ha cumplido de modo definitivo la promesa. Poco a poco Dios va haciendo realidad aquello que les ha prometido. También es así en nuestra vida. Somos conscientes que Dios nos promete una tierra definitiva que es el cielo, nuestro paraíso. Pero ya aquí en la tierra empieza a cumplir esa promesa y nos da en la creación un hermoso lugar para vivir. Nos ha prometido una descendencia, una familia, que en la eternidad será la humanidad entera redimida. Pero ya aquí podemos vivir esa promesa, en la Iglesia, nos ha dado hermanos y hermanas que en la fe nos ayudamos a crecer. Y por último nos ha prometido una bendición. Esa bendición es la salvación. Esa salvación será definitiva en el cielo pero ya desde ahora el Señor nos esta salvando. Todos los días y de distintas maneras experimentamos su salvación.

 Este es el modo de hablar-actuar de Dios en nuestra vida. No solo nos dice palabras y promesas vacías sino que cumple su palabra al darnos una tierra, una descendencia y la salvación. Estos son los sucesos que ocurren diariamente en nuestra vida y en nuestra familia. Solo hay que abrir los ojos para encontrar, en nuestras “montañas”, la obra de Dios en nuestra vida.

 

Contemplar:

Al haber meditado este texto de la Biblia es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos que Dios actúe en nuestro hogar y cumpla así su promesa de darnos una tierra, una descendencia y una bendición.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Señor Dios, que te has manifestado como el dador de todo bien te pedimos que no sólo nos hables sino que actúes en nuestra vida y en nuestro hogar. Creemos en tu promesa y esperamos en tu providencia. Por eso te pedimos que nunca nos falte una tierra, una descendencia y una bendición. Amén»

(Dt 1, 6-11)

«ESCUCHAR, APRENDER Y TEMER LA PALABRA DEL SEÑOR»(Dt 4, 9-14)

La escucha del Señor en el seno familiar

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Dt 4, 9-14. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

«Recordad el día en que estabas en el Horeb en presencia de Yahvé tu Dios, cuando Yahvé me dijo: «Reúneme al pueblo para que les haga oír mis palabras, a fin de que aprendan a temerme mientras vivan en el suelo y se las enseñen a sus hijos»

Dt 4, 10

 

Meditación:

Después de haber leído el texto es bueno reflexionar en lo que dice en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

El texto presentado para la meditación es aquél que se encuentra en el contexto de la obediencia a los mandatos del Señor que han sido dados al pueblo en el Horeb, los diez mandamientos. El texto recuerda cuando en el Horeb el pueblo escuchó el sonido de las palabras del Señor. Esta es la primera frase que podemos analizar. El texto nos dice que se escuchó un «sonido». Normalmente cuando Dios se hace presente en medio del pueblo se relata que se escuchó un sonido como el del trueno (cf. Ex 19, 16). Es el modo en que el pueblo de Israel manifiesta carácter mayestático y sobrehumano de Dios. Pero en el caso del texto que se está meditando el teólogo indica que lo que escuchó el pueblo de Israel no fue un sonido como de un trueno sino que el sonido de las palabras de Yahvé. Esto quiere decir que el autor hace énfasis en una comunicación verbal de Dios con el hombre. No es solo una expresión de su majestad que no se comprende sino que las palabras mismas de Dios son dirigidas al hombre.

 Esto nos lleva a una primera reflexión, en nuestra vida, en nuestro hogar: ¿Nos ha hablado Dios? ¿Conocemos cuáles son esas «palabras» que, como dice el texto, hay que enseñarlas a nuestros hijos? ¿Sabemos cómo descubrir su Palabra en la Biblia, en la Liturgia, en las enseñanzas de la Iglesia?

 Habiendo reflexionado sobre Dios que se nos manifiesta en su Palabra, ahora hay que meditar en la respuesta de cada uno de nosotros a esa Palabra que se nos muestra clara. El texto nos da una pauta. Tres verbos se presentan en el texto para indicar el modo en que el pueblo debe responder a las palabras de Dios: escuchar, aprender y temer. El primer verbo se refiere a la escucha que el pueblo debe tener hacia Dios. Es la primera palabra que se coloca antes de enlistar los diez mandamientos (cf. Dt 5, 1). Se puede incluso decir que es el primero de los mandamientos: escuchar.

 

Dios pide ser escuchado pero ¿qué significado tiene para el pueblo de Israel esta escucha? Es más que una simple atención a lo que se está diciendo. Es más bien una obediencia a la palabra pronunciada. El pueblo sabe que es súbdito de Dios y por lo tanto escuchar significa para ellos hacer lo que Dios dice y quiere. A eso estamos llamados nosotros también. Dios nos invita no solo a escuchar con nuestros oídos su Palabra sino que adherirnos a ella, ponerla en práctica, hacer lo que nos manifiesta.

 Lo segundo que encontramos es el verbo aprender. Este verbo indica tanto un aprender como enseñar. Los israelitas no sólo están llamados a escuchar e instantáneamente obedecer sino que a interiorizar (aprender) estos preceptos y a la vez enseñarlos a las siguientes generaciones. Los padres de familia son invitados también a aprender, es decir, a interiorizar y hacer suyas las palabras de Dios para entonces enseñarlas a los hijos.

 Por último se utiliza el verbo temer. El hombre responde a las palabras de Dios con un temor hacia el Señor. Este se refiere no al miedo sino al respeto a Dios. Para entender mejor se pueden enlistar algunos sinónimos: amar, adherirse, marchar por sus caminos, seguir, servir, observar los mandatos, jurar por su nombre, oír su voz. Este es el santo temor hacia el Señor.

 Por lo tanto, estamos llamados no sólo a escuchar pasivamente la Palabra de Dios sino que a obedecerla. Estamos llamados también a aprender de ella, es decir, interiorizarla y asimilarla y a enseñarla con nuestro testimonio. Y por último estamos llamados a temer al Señor a través de su Palabra, es decir, amarlo, seguir sus caminos y servirlo.

 

Contemplar:

Al haber meditado este texto de la Biblia es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos que la Palabra de Dios venga a nuestra vida y sea acogida a través de nuestra escucha, de aprender de ella y enseñarla y de nuestro temor al Señor entendido como amor.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Palabra del Padre que te manifiestas hoy y todos los días al corazón, queremos pedirte que nos des la gracia de escucharte con corazones abiertos y dispuestos a obedecer, de interiorizar aquello que hemos escuchado y para enseñarlo a nuestros hijos y finalmente enséñanos a amarte a través del santo temor a tu Palabra. Amén»

(Dt 4, 9-14)

«CUÉNTALAS A TUS HIJOS Y A TUS NIETOS» (Dt 4, 9)

El testimonio cristiano en la familia

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Dt 4, 9-14. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

«Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntalas a tus hijos y a tus nietos.»

Dt 4, 9

 

Meditación:

Después de haber leído estos versículos es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

Este texto le recuerda al pueblo que ellos han tenido una experiencia de Dios en el Horeb. El Horeb fue el lugar en donde Dios se manifestó al pueblo, les hizo ver su presencia, les permitió experimentar su fuerza y su amor e hizo una alianza con ellos. El texto inicia diciendo que no olviden las cosas que han visto sus ojos. Dios se ha manifestado al pueblo y no pueden negar que Él ha obrado en sus vidas. Por eso les pide que no olviden estas obras del Señor. Esta es la base de la actualización que se realiza en la liturgia. El pueblo no solo recuerda con su memoria las grandes obras que ha hecho el Señor en el pasado sino que las trae al presente; las actualiza.

 El pueblo recuerda constantemente la liberación de Egipto, el paso por el mar rojo, el regreso del éxodo, las distintas victorias a pueblos enemigos. Dios ha pasado por su historia dejando huella ¿Cuál es ese paso de Dios en nuestra historia y en nuestro hogar? ¿Hemos visto nosotros también al Señor como lo hizo el pueblo en el Horeb? ¿Cuál es nuestro Horeb? ¿Lo hemos olvidado o lo recordamos constantemente haciéndolo actual en el hoy de nuestras vidas?

 La obra de Dios, al recordarla y actualizarla, no se queda en el pasado sino que se vuelve a vivir. Dios siempre está actuando en el corazón del hombre y en el seno de la familia lo veamos o no. Es por eso que «no olvidar» o recordar es permitir a Dios seguir actuando en nuestra historia y en la de nuestra familia.

 

Es por eso que el texto invita a que estas experiencias de Dios no se aparten del corazón mientras vivimos. No es solo traerlas a la mente y alegrarnos de la acción de Dios sino que más bien es traerlas al corazón. El corazón, para la mentalidad hebrea, es el centro de la persona en donde se toman las decisiones. Ahí es donde hay que traer el recuerdo de la acción de Dios.

 Y traerlas al corazón es permitir que nuestra vida tome el rumbo que Dios le ha mostrado. El corazón, al saberse amado y salvado por Dios, se decide a seguirle y servirle. La experiencia del amor provoca en el interior la adhesión filial a Aquel que lo ha amado.

 Se ha hecho notar que el texto invita a no olvidar y a conservar en el corazón la experiencia del Horeb, es decir, la experiencia de nuestro encuentro con el Señor. Lo siguiente que dice el texto es que esta visión de Dios hay que contarla a los hijos y a los nietos. Cuando queremos conducir a los hijos o los nietos por los caminos de la fe a veces no sabemos qué transmitirles. Y nos podemos preguntar ¿Cómo enseñar la fe a nuestros hijos y nietos?

 Lo más importante es compartirles una propia vivencia. Es mostrarles con la vida que uno ha tenido una experiencia del amor y de la fuerza de Dios en un momento concreto de su vida. Dios ha hecho una alianza con nosotros en nuestro Horeb, ahora es momento de dar a conocer, con sencillez, cómo Dios nos ha amado. Cómo Dios se ha manifestado a nosotros.

 Los hijos y los nietos no necesitan escuchar grandes sermones o repetidos clichés vacíos de sentido. Necesitan ver en nuestros ojos el brillo de la presencia de Dios. Quieren escucharnos con entusiasmo hablar de ese Dios que nos ha amado y que por tanto seguimos. Quieren dejarse atraer también ellos por la fuerza de amor con la que nos dejamos atraer nosotros mismos. Es por eso que compartir nuestra experiencia de Horeb es lo que los llevará a desear también ellos experimentar a Dios vivamente.

 

Contemplar:

Al haber meditado este texto de la Biblia es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y recordemos esos momentos de Horeb, de encuentro con Dios que hemos tenido. Para que actualizándolos se hagan presentes y podamos compartirlo con sencillez a nuestros hijos y nietos.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Yahvé, Dios de la alianza, Dios del Horeb, Dios de nuestros padres, permítenos experimentarte con tanta fuerza que jamás podamos olvidar el amor que nos manifestaste. Que actualizar tu amor sea el más grande testimonio de fe que podamos darle a nuestros hijos y nietos. Amén»

(Dt 4, 9)

«LA TIERRA ERA CAOS Y CONFUSIÓN» (Gn 1, 1- 2, 4)

Dios ordena nuestro «caos» familiar

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Gn 1, 1- 2, 4. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

«En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y confusión: oscuridad cubría el

abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.»

Gn 1, 1-2

 

Meditación:

Después de haber leído estos versículos es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

El génesis presenta dos relatos de la creación. Uno lo hace desde una perspectiva más amplia hablando de todo el universo (Gn 1, 1 – 2, 4) y el otro se centra sobre todo en la creación del hombre y de la mujer (Gn 2, 4-25). En el primer relato la creación se realiza por una separación. Dios separa la luz de las tinieblas, separó las aguas, el día y la noche, etc… En cambio en el segundo relato se muestra a Dios como un alfarero que forma del barro al hombre.

 ¿Qué significa la separación? ¿Por qué separar una realidad de otra? ¿Esto es un acto creador? La separación se presenta como definición. Dios ordena el cosmos clasificando los elementos. Por lo que la separación es un modo en que el autor manifiesta la manera de ordenar la realidad para que llegue a ser el universo organizado.

 La tierra, en su inicio era un caos. A veces se traduce como una tierra informe y vacía. Dios toma ese caos y lo va ordenando separando la realidad. Va definiendo cada una de las cosas y les va dando su lugar. Nuestra vida, nuestro hogar y nuestra familia a veces también se encuentra en un caos. Necesita de Alguien que ordene la realidad, que la vaya definiendo y que vaya colocando cada cosa en su sitio. Dios tiene este poder de ordenar nuestro caos familiar. Quiere entrar en nuestro hogar para darle la forma de un espacio de armonía y de paz en donde todos puedan desarrollarse y ser felices. Solo hay que dejarlo entrar.

 Este orden lo realiza el Señor con la fuerza de su Espíritu. El texto nos dice que el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas. El mar, el océano y las aguas en la mentalidad hebrea es símbolo del mal. Para el pueblo de Israel, que no vivían en la costa, pensar en el mar era imaginarse una fuerza de mal que podía incluso quitarles la vida. Por eso el teólogo del texto de Génesis indica que sobre ese mal que parece no poder ser dominado volaba el Espíritu de Dios. Es a través del Espíritu Santo que Dios va ordenando ese caos que se ve expresado con la imagen del mal: la aguas.

 Nos podemos preguntar nosotros también: ¿Nos damos cuenta del caos que hay en nuestra vida y en nuestro hogar? ¿Somos conscientes que la falta de orden y de armonía es en el fondo falta de Dios? ¿Dejamos que Dios entre en nuestra vida y en la de nuestra familia para que lo ordene todo con la presencia de su Espíritu? ¿Dejamos así que el caos de paso a la creación?

 Dios quiere hacer de nuestra vida y de nuestro hogar un lugar armónico para vivir. Pero no nos pide que eliminemos todo lo que somos y que empecemos de cero. No realiza en nosotros una creación que no toma en cuenta nuestra naturaleza a veces débil y frágil. Al contrario Él parte de nuestra realidad de caos y su obra creadora en nosotros es la de ordenar ese caos, darle armonía y paz. Así es que cuando uno ve su propia historia o su propia familia y encuentra en ella caos es importante no querer eliminar esa realidad sino que más bien presentar a Dios ese caos para que él, con su Espíritu Divino, lo ordene.

 

Contemplar:

Al haber meditado este texto de la Biblia es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y traigamos a nuestra mente el caos de nuestra vida y el caos de nuestra familia. Solo así, presentándolo a Dios, va a poder ser ordenado por Él. Él quiere constantemente recrearnos con su gracia pero para ello debemos presentarle nuestro caos para que Él actúe con la fuerza creadora de su Espíritu.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

 

«Padre creador mira nuestro caos. En nuestra casa y en la vida de cada uno de los que la habitan hay un cierto caos, desorden, falta de armonía y de paz. Venimos humildemente a presentártelo para que, con tu fuerza creadora, lo ordenes. Manda tu Espíritu para que vuele sobre nuestras aguas que representan el mal y lo ordene todo para que vivamos en la paz de la presencia de Dios en el hogar. Amén»

(Gn 1, 1- 2, 4)

«DIOS BENDIJO A NOÉ Y A SUS HIJOS» (Gn 9, 1-17)

La alianza de Dios en la familia

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Gn 9, 1-17. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles: «Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra»… Cuando traiga nubes sobre la tierra aparecerá en las nubes el arco y recordaré mi alianza con vosotros.

Gn 9, 1.14.15

 

Meditación:

Después de haber leído el relato es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

El texto de Génesis 9 habla de la alianza de Dios con los hombres representados por Noé en el relato después del diluvio. Nuestro Dios no es un Dios lejano sino un Dios que se ha querido hacer cercano, accesible, visible e incluso ha querido hacer una alianza, es decir, un pacto con nosotros. Pero no solo con cada uno de nosotros de manera individual sino que con nosotros como seres sociales. Somos seres que viven unidos, que se ayudan mutuamente y que se necesitan recíprocamente. Es por eso que Dios nos ha querido regalar una familia y en la familia es en donde quiere hacer una alianza con nosotros. Nos podemos preguntar ¿Yo tengo una relación con Dios cercano? ¿Lo siento presente en mi vida y en la de mi familia? ¿Entiendo que ha querido hacer un pacto conmigo y con mis seres queridos?

 El pacto presentado en la historia de Noé es unilateral. Esto quiere decir que solo Dios se compromete a ofrecerle al hombre ciertos dones. El hombre no lo merece. Esto lo vemos en el capítulo anterior de la historia de Noé en donde toda la tierra estaba llena de violencia y por eso se suscita el diluvio (cf. Gn 6, 11). Es decir, el hombre no ha sido bueno y fiel con Dios pero Dios se mantiene siempre fiel al compromiso que asume con el hombre. ¿Soy consciente de que no me merezco los dones de Dios? ¿Me doy cuenta de que él me ama y ama a mi familia de manera gratuita? ¿Veo en mi vida ciertas infidelidades a Dios y al mismo tiempo veo su fidelidad?

 Y ¿qué es lo que Dios promete dar al hombre? En este caso, después de la destrucción de toda la tierra por el diluvio, se da una nueva creación por parte de Dios. El texto nos dice que Dios bendijo a Noé y a sus hijos y les dijo que sean fecundos y se multipliquen y así llenen la tierra (cf. Gn 9, 1). Eso mismo le dijo el Señor a Adán y Eva en la creación (cf. Gn 1, 28). Ahora, después del pecado del hombre que llevó a la destrucción total de la humanidad por el diluvio, el Señor vuelve a manifestar su fuerza creadora y vuelve a prometer un futuro de bendición para el pueblo. Así también es en nuestra vida. Cuando vemos que nuestra familia está yendo en declive, se está alejando de Dios y por consecuencia el pecado ha dominado el ámbito familiar tenemos que confiar en Dios. Él es misericordioso y saldrá al paso de nuestras necesidades volviéndonos a prometer su bendición.

 

El reto consiste en saber mirar esa bendición. En el caso de la historia de Noé el signo que Dios coloca en el cielo es un arco en las nubes (Gn 9, 14-16). Lo que conocemos como el arcoíris. El arcoíris es un fenómeno natural que solo sucede cuando hay lluvia. Es decir, solo cuando hay tormenta. Esto puede ser una imagen de la dificultad, sufrimiento y dolor en nuestra vida. Cuando hay lluvia nos es muy difícil percibir la presencia del sol, es decir, la presencia de Dios. Y por lo tanto para que sea más evidente que el Señor está ahí se manifiesta con el fenómeno del arcoíris. El sol, es decir, Dios, vence la tormenta y provoca en el cielo este hermoso efecto de luz y color.

 Es así también en nuestra vida. Dios ha decidido hacer un pacto con nosotros, una alianza, y nos será siempre fiel. Aunque en nuestra vida y en el ámbito familiar no veamos su mano de Padre recordemos que ahí está. Tomemos la imagen del sol que aunque las nubes y la tormenta no nos permitan verlo el sol nunca deja de estar ahí. Y dejémonos maravillar por Dios que al final de esa tormenta sabrá sacar algo bueno de tanto dolor. En donde solo había oscuridad y una gama de grises como paisaje hará surgir luz y color. Preguntémonos: ¿Soy consciente de esa presencia constante del Señor en medio de las pruebas y tormentas? ¿Dejo que Dios llene mi vida de color con su alianza? ¿Permito a Dios ser parte de este dolor y sufrimiento familiar?

 

Contemplar:

Al haber meditado este relato es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y escuchemos la voz de Dios que nos dice: «Quiero hacer una alianza contigo y con tu familia». Respondámosle a Dios prontamente aceptando el don inmerecido de su alianza y dejemos que nos llene de confianza al saber que si Él está con nosotros nada debemos temer.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Padre de la alianza te damos gracias que has querido formar parte de nuestra historia y la de nuestra familia a través de tu bendición. Te suplicamos que en la tormenta y el dolor siempre sepamos que contamos contigo y seamos capaces de dejarte llenar nuestra vida de color y de luz con tu amor de misericordia. Amén»

(Gn 9, 1-17)

«DIOS HIZO SOPLAR EL VIENTO SOBRE LA TIERRA» (Gn 8, 1-22)

Dios puede “recrear” nuestra familia

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto de Gn 8, 1-22. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

«Entonces Dios se acordó de Noé, de todas las fieras y de todo el ganado que estaba con él en el arca; Dios hizo soplar el viento sobre la tierra y el agua comenzó a bajar… Esperó otros siete días y de nuevo soltó la paloma desde el arca… Al atardecer la paloma volvió con una hoja verde de olivo en el pico…»

Gn 8, 1.9.11

 

Meditación:

Después de haber leído el relato es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 El texto de Génesis 8 está en el contexto del final del diluvio. Como sabemos la tierra estaba llena de violencia y en consecuencia se da un diluvio que destruye a  todos los seres vivientes sobre la tierra. Dios, que es compasivo y misericordioso, no abandona a su creación y decide elegir a un hombre, Noé, para que construya un arca y en ella puedan salvarse su familia y todas las especies de animales. En nuestra vida y la vida de nuestra familia pueden haber momentos en los que hay maldad, hay violencia o hay caídas y pecados. A veces no son voluntarios pero eso no quiere decir que nos afecten. En consecuencia de ellos podemos experimentar un cierto “diluvio”. Como si todo empezara a salir mal o a perder su curso. Nos podemos preguntar: ¿qué va a hacer el Señor al respecto? ¿Nos va a abandonar a nuestra suerte o va a intervenir?

 

Después del diluvio Dios interviene para salvar a Noé, a su familia y en ellos representadas todas las familias que vendrán más adelante en la historia, es decir, también nuestra familia. El modo en que se describe el final del diluvio nos recuerda la creación. Los elementos presentes nos hacen ver que en este momento Dios está “recreando” a la humanidad que había fallado. Nos podemos cuestionar: ¿Dios podrá recrear también a nuestra familia? ¿Hemos caído tan bajo que Él ya no puede hacer nada por nosotros? ¿Hay esperanza?

 El primer elemento que el texto menciona es que Dios hizo soplar el viento sobre la tierra y el agua del diluvio comenzó a bajar. Esto mismo sucede en la creación cuando Dios ordena las aguas, se menciona que un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas (Gn 1, 1). Las aguas caóticas del mar, para la mentalidad hebrea son símbolo de mal, de caos e incluso de muerte. Pero estas aguas caóticas son ordenadas por Dios en la creación y en el diluvio descienden para dejar de cubrir la tierra. Esto lo hace Dios a través de su viento o espíritu. El espíritu de Dios es el que ordena la realidad caótica de las aguas y del mal. Esto también nos hace reflexionar ¿Será que Dios podrá ordenar las aguas caóticas de nuestros problemas familiares? ¿Será que Dios enviará su Espíritu y lo recreará todo con su fuerza poderosa? ¿Será que Dios podrá vencer el mal?

 El segundo elemento importante es la mención del número 7. Noé había mandado una paloma para ver si la tierra estaba seca pero la paloma no encontró donde posarse. Entonces esperó siete días antes de volverla a mandar. Para la mentalidad hebrea el siete es símbolo de perfección y de plenitud. En siete días se realiza también la creación (Gn 2, 2). Esto quiere decir que, así como en el relato de la creación Dios, en siete días, ordenó todo el caos, creó a los seres vivos y le dio perfección a todo, ahora Dios realiza una nueva creación. Se toma su tiempo para ordenar todo el caos de las aguas y para volverle a ofrecer al hombre un lugar digno para vivir. Esto nos lleva a pensar: ¿por qué Dios se tarda tanto tiempo en resolver las dificultades de nuestro ámbito familiar? ¿Qué es lo que hace mientras las cosas se van resolviendo? ¿Acaso Él está recreándolo todo poco a poco hasta llegar a los siete días, es decir, a la perfección?

 El último elemento se encuentra en la escena cuando regresa la paloma que en su boca tiene una hoja de olivo. Este es el signo de que hay tierra firme y fértil en donde el hombre y los animales pueden vivir. Esto nos recuerda al jardín del Edén. En el segundo relato de la creación se dice que Dios plantó un jardín (Gn 2, 8). Este jardín daba alimento y sustento a todos los seres de la tierra. Esto sucede también después del diluvio. Los hombres no salen del arca a una tierra árida y desértica que no les da alimento sino que salen a una tierra fértil. Nos podemos preguntar: ¿Dios, además de recrearnos y solucionar los problemas familiares, nos dará alimento? ¿Él nos dará la fuerza para vivir mejor, para no volver a caer en esa situación? ¿Dios nos colmará de sus bendiciones?

 

Contemplar:

Al haber meditado este relato es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos a Dios que recree a nuestra familia. Que entre en lo más profundo del corazón de cada uno y haga que termine el diluvio y nos traiga la paz

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Padre creador, nuestra vida y nuestra familia ha sido invadida por las aguas del diluvio, aguas de muerte y confusión. Te pedimos que intervengas como lo hiciste en la historia de Noé para que nuestra vida sea recreada por la fuerza de tu Espíritu . Amén»

(Gn 8, 1-22)

«PARA MI LO BUENO ES ESTAR JUNTO A DIOS» (Sal 73)

¿Por qué el justo sufre?

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el salmo 73. Aquí se presentan algunos versículos significativos:

 

«Así son los malvados: siempre seguros, acumulan riquezas… Y dije: ¿para qué he limpiado yo mi corazón y he lavado en la inocencia mis manos?... Hasta que entré en el santuario de Dios, y comprendí el destino de ellos… Pero yo siempre estaré contigo, tú agarrarás mi mano derecha… ¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?... Dios es la roca de mi corazón… Para mí lo bueno es estar junto a Dios» Sal 73, 12.13.17.23.26.28

 

Meditación:

Después de haber leído el salmo es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 A veces surge en nosotros esta pregunta: ¿Por qué el justo sufre? ¿Por qué si hemos intentado ser buenas personas en nuestra relación con Dios y con los demás nos suceden tragedias? ¿Dónde está Dios entre tanto dolor? El salmista se hace esta misma pregunta. Quizá la respuesta que encuentra a este interrogante nos puede ayudar a responderla en nuestra propia vida.

 

El salmo inicia del versículo 2 al 12 describiendo cómo a los malos e impíos siempre les va bien. No puede entender por qué si es justo las cosas le salen mal. En cambio los malos parece que prosperan y que en esta vida acumulan riquezas. Así es como podemos ver nosotros también la sociedad. Intentamos llevar una vida recta y parece que las cosas nos acaban saliendo mal. Y en cambio vemos a gente que roba o es corrupta y parece que su vida es mucho mejor que la nuestra.

 Y entonces nos puede surgir esta pregunta: ¿para qué esforzarse? ¿para qué buscar el bien con tanto esfuerzo si al final parece que al que le va bien es al que hace las cosas mal? Nos podemos identificarnos con las palabras del salmista: «¿para qué he limpiado yo mi corazón y he lavado la inocencia de mis manos? ¿para qué aguanto yo todo el día y me corrijo cada mañana?»

 Estos sentimientos y estos interrogantes son lícitos. Pero ¿qué respuesta obtiene el sabio? El sabio intenta entender por qué Dios permite que los justos sufran y que los malos no. Y al inicio no encuentra respuesta: «meditaba yo para entenderlo porque me resultaba muy difícil». Pero algo cambia en su interior. El texto dice que entró en el santuario de Dios y comprendió el destino de los malos. Es decir, le cambió la perspectiva cuando se puso en oración. Entrar en el santuario significa estar en la presencia de Dios. Es acudir a Él en busca de respuestas. Es presentarle al Señor nuestras inquietudes y dejar que Él nos responda a través del don de su Espíritu.

 Entonces, al estar en la presencia de Dios, el salmista se da cuenta que al malvado “parece” que le va bien pero es solo una apariencia. En el fondo el malvado está caminando por un camino que no conduce a ningún lugar. El mal que comete es su propia desgracia. Podría parecer que tiene bienes materiales o triunfos humanos pero internamente ese camino le está haciendo daño.

 ¿Y el justo? ¿Cómo entender el sufrimiento del justo? Ya hemos notado que el malo piensa que tiene una vida de riquezas y bienes pero esa felicidad es efímera. Y qué decir entonces del justo. El justo sufre, nosotros sufrimos, nuestros familiares sufren. ¿Qué nos dice el Señor al respecto?

 La respuesta del salmista es conmovedora. Se hace esta reflexión: «¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?». Se da cuenta que la alegría del justo, a pesar del sufrimiento, es estar cerca del Señor. El sufrimiento sigue siendo un misterio. No entiende por qué le suceden ciertas cosas. Y la respuesta que encuentra es que en el dolor no está solo. Que Dios está con él en las más duras pruebas.

 Entonces le llega la paz y en cierto sentido el gozo y exclama: «para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio». Esto es también nuestro gozo. En medio de tantas penas y dolores familiares tenemos una esperanza: el Señor es nuestro refugio, el Señor es nuestra roca. Es por eso que nada tememos. Los malvados pueden tener riquezas materiales pero nuestra riqueza es el Señor.

 

Contemplar:

Al haber meditado este salmo es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos que Dios nos acompañe en nuestro sufrimiento. Permitámosle entrar en lo profundo del corazón para que sea consuelo, refugio y roca de nuestra vida y la de toda nuestra familia.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

«Dios bueno, en nuestra vida hay dolor y sufrimiento. Viene al interior la pregunta: ¿por qué si buscamos ser buenos y hacemos el bien sufrimos? Sabemos que el sufrimiento es un misterio pero al menos acompáñanos en el dolor. No nos dejes solos. Tenerte a ti sea nuestro mayor gozo y estar junto a ti nuestro consuelo. Amén»

(Sal 73)

«HAZME UN SANTUARIO Y MORARÉ EN MEDIO DE ELLOS» (Ex 25, 8)

Dios habita en medio del hogar

 

La lectio divina es una manera de acercarse a la Palabra de Dios para que el Señor ilumine nuestra inteligencia, nos haga descubrir su mensaje en su Palabra, convierta nuestros corazones y nos permita dirigirnos a Él formulando una oración. Para ello se siguen cuatro sencillos pasos: leer, meditar, contemplar y orar. Esta lectio divina pretende ser para ustedes lectores una ayuda para orar en familia. Hacerla juntos puede lograr que su hogar se convierta en escuela de escucha de la Palabra y morada de la misma.

 

Lectura:

Es importante leer juntos y de manera pausada la Palabra de Dios que se ha elegido para realizar la lectio divina. Un miembro de la familia puede leer en voz alta todo el texto Ex 25, 1-9. Aquí se presenta el versículo más significativo:

 

«Hazme un santuario y moraré en medio de ellos» Ex 25, 8

 

Meditación:

Después de haber leído el pasaje de la escritura es bueno reflexionar en lo que dice el texto en sí mismo y lo que nos puede decir a cada uno de nosotros. Se pueden servir de estas breves reflexiones y preguntarse: ¿a mí que me dice el texto?

 

El contexto en el que se encuentra este versículo es el paso del pueblo de Israel por el desierto. Dios había liberado al pueblo de la esclavitud en Egipto y ahora era un pueblo libre. Pero ¿qué significado tenía esta libertad? Esta libertad no era un libertinaje para hacer lo que cada uno tenía ganas de hacer. Más bien el pueblo pasaba, de ser esclavo del faraón, a ser siervo de Dios. Ya no tenían como dueño al faraón sino a Dios que los libera. Esa es la primera reflexión que nos podemos hacer. Dios nos ha liberado y nos sigue liberando progresivamente de ataduras, debilidades, flaquezas y pecados. Pero ¿cuál es el objetivo de esta liberación? Hemos sido liberados para vivir para Dios, para ser siervos de Dios. Él es el único dueño que libera.

 

Ya libres, en el desierto, camino a la tierra prometida, el pueblo moraba en tiendas. Pero el pueblo no estaba solo. Era conducido por el Señor a través de una nube de fuego que lo iba llevando hacia la tierra que le había sido prometida. Y a la vez Dios les promete que va a morar en medio de ellos como hemos visto en el versículo antes mencionado. ¿Qué significado tiene que Dios more en medio de su pueblo?

 En primer lugar Dios mora en medio del pueblo en una tienda. La tienda, para el pueblo que caminaba en el desierto, era su vivienda. Es decir Dios vive como el hombre vive. Dios busca la cercanía con su pueblo y pide que se le haga una morada similar a la de los hombres. Las tiendas en el desierto eran construidas con pelo de cabra. Tenían un tejido que en tiempos de calor dejaba pasar el aire y en tiempos de lluvia el tejido se juntaba formando un impermeable. Además las telas laterales de la tienda se podían bajar para acobijar por la noche y subir para hacer un techo y proteger por el día. Por lo tanto, la tienda era imagen de protección. Dios no solo mora en medio del pueblo sino que se convierte en su protección.

 Es así también en nuestra vida. Dios no quiere quedarse lejano, en el cielo, sino que quiere morar en medio de nosotros. Quiere vivir en donde nosotros vivimos. Sea grande o pequeña nuestra casa quiere venir y ser el centro de nuestro hogar. Quiere morar y ser para nosotros la protección y el sostén que necesita la familia.

 Esta tienda se convierte pues en la tienda del encuentro, es decir, en el lugar en donde Dios quiere hablar al corazón del hombre. Incluso quiere estar cara a cara con nosotros y mostrarnos la belleza de su amor. Ser conscientes de que Dios quiere hacer de nuestro hogar la tienda donde él habite es tener la certeza de que no estamos solos. Dios se quiere encontrar diariamente con nosotros y manifestarnos la grandeza de su amor.

 La tienda del encuentro estaba situada en el centro del campamento. Todas las viviendas de los israelitas se colocaban alrededor de la tienda. Era en torno a Dios que se organizaba la vida del pueblo de Israel. Y el pueblo tenía que mantenerse siempre puro y santo para que la presencia de Dios no se fuera de en medio de ellos. Es por eso que su vida giraba en torno a Dios y estaba organizada en virtud de lo que Dios pedía.

 

Es momento de reflexionar en nuestra propia vida y la de nuestra familia. ¿También nosotros organizamos nuestra vida en torno a Dios? ¿Somos capaces de ponerlo a él en el centro y dejar que llene con su presencia nuestra vida? ¿Él es nuestro principio rector? ¿Dejamos que Dios ponga su tienda y more en medio de nosotros? ¿Permitimos que su presencia amorosa guie nuestra vida? ¿Se ha convertido Dios en nuestro dueño y Señor y nosotros nos sabemos sus siervos?

 

Contemplar:

Al haber meditado este versículo es importante propiciar un momento de oración personal en donde permitimos que, a través de la gracia, lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia se vuelva una realidad en nuestra vida. Cerremos los ojos, abramos nuestro corazón y dejemos que Dios se convierta en el centro de nuestra vida. Que el Señor haga de nuestro hogar su tienda protegiendo y guiando así a nuestra familia. Dejemos a un lado todo aquello que no es Dios y que no nos permite hacerlo a él el centro de nuestra vida. Pidámosle con fe que more en medio de nosotros.

 

Oración:

Después de este espacio de silencio en donde cada uno permitió que Dios actuara en su interior es bueno dirigir todos juntos esta oración a Dios:

 «Dios Padre de bondad, mora en medio de nosotros. Mora en mi corazón, mora en el corazón de mi familia, mora en mi hogar. Esta casa es tuya; es tu tienda. Ven a habitar en medio de nosotros. Amén»

(Ex 25, 8)