ARTICULOS, LA ORACION

BET TEFILÁ

LA ORACIÓN: VIVIR EN DIOS.


¿Cómo hacer de la vida oración y de la oración vida?

 

El deseo de Dios en la oración

Nosotros los cristianos tenemos en el corazón un deseo grande de tener contacto asiduo con el Dios que conocemos. Buscamos constantemente su rostro. A veces vamos en busca de Él en lo exterior y a veces entramos dentro de nosotros mismos para encontrarlo en nuestro interior. Necesitamos saber que está ahí, que no nos ha abandonado, que está a nuestro lado. Queremos escuchar su mensaje de amor; sabernos amados por Él. A eso le llamamos oración.

Es frecuente escuchar de la boca de los cristianos esta frase: “No se orar”. A veces pensamos que la oración es algo complejo, inalcanzable, solo para algunos elegidos, que implica mucho tiempo. Esos pensamientos nos pueden bloquear y no nos permiten tener una oración sencilla, llana, cercana. Para aprender a orar lo primero que hay que tener claro es qué es la oración.

Es bueno permitir a Dios que nos rompa nuestros esquemas y nos abra nuestros horizontes para comprender cómo se nos quiere manifestar al corazón. ¿Cuáles son algunos aspectos de la oración que nos permiten ampliar nuestro concepto de la misma y así aprender a orar?

La oración es diálogo

           

En primer lugar hay que aprender a considerar la oración como un diálogo. Es ese momento de calidad en el que nosotros, hijos del Padre, levantamos la mirada a Él para entrar en un íntimo diálogo con Él. Cuando uno esta acostumbrado a hacer una meditación de tipo discursiva puede caer en el peligro de pensar en ideas sobre Dios. Es decir, Dios es bueno, Dios es creador, Dios es salvador. Son reflexiones sobre Dios pero no son oración. Se hace un gran discurso sobre Dios pero no se relaciona uno con Él. La oración, por tanto, no son ideas bonitas sobre Dios sino que es un diálogo con ese Dios que conozco también por las ideas.

La oración es encuentro

En segundo lugar, la oración es encuentro. No es el único lugar en el que el cristiano se encuentra con Dios ya que, los sacramentos, son por excelencia el lugar de encuentro con el Señor pero es un espacio privilegiado. La oración no es una cierta interiorización para encontrarnos con nosotros mismo, con nuestro centro, con nuestro yo. Si no hay contacto con Alguien, no hay oración. Por eso es necesario comprender que la oración es encuentro. Y para hacer de la oración encuentro es bueno siempre poner el yo en juego. Podemos pensar que Dios es creador y eso no necesariamente nos lleva a la oración. Sin embargo, podemos pensar: “Dios es mi creador”. Ese cambio de perspectiva nos permite tener ya un encuentro con alguien. En este caso con mi creador. Y así todas las ideas sobre Dios se convierten en encuentro: Dios es mi Padre, Dios es mi salvador, Dios es el amor de mi alma.

La oración es la obra de Dios en nosotros

En tercer lugar la oración es la obra de Dios es cada uno de nosotros. Es un espacio para que la gracia de Dios actúe en nosotros con toda su fuerza. A veces nos preguntamos: “¿Dónde acojo la gracia de Dios? ¿Dónde obtengo su fuerza? ¿Dónde recibo su consuelo? ¿Dónde me dejo transformar por Él?”. Y la respuesta es clara: en la oración. En la oración es donde Dios va saciando nuestros deseos, nos va transformando, nos va llenando con su gracia, con su presencia. Dejar que Dios obre en nosotros es lo más importante. Pasamos de una relación de simple comunicación a una relación que tiene un dinamismo de acción sobre nosotros. Pasamos de una idea sobre Dios: “Dios es creador”. De un encuentro con Él: “Dios es mi creador”. A permitirle actuar: “Dios me está creando”. En ese momento de oración se está realizando lo que nuestra alma tanto desea. Dios, en ese espacio, nos está salvando, nos está sanando, nos está santificando.

La oración es amor

           

Por último y quizá el objetivo de la oración y la razón de ser de la misma es que la oración es amor. “Dios y yo nos estamos amando”. Eso es lo importante. Nuestro corazón recibe el amor de Dios y nuestro corazón se entrega a Él. La clave del éxito de la oración no es si nos distrajimos poco o mucho, si terminamos la oración con grandes revelaciones del Señor, si sentimos bonito. La clave del éxito es saber, en la fe, que Dios nos está amando y asegurarse que el corazón esta volcado a Él. Así el camino de la oración se vuelve camino de intimidad. Es estar con aquel que tanto nos ama y que tanto amamos. Esto hace que la oración se vuelva cada vez más sencilla. Es una oración de presencia. Estamos con Él, Él esta con nosotros y eso nos basta.

La oración que se hace vida

Con esta amplitud de mira comprendemos que la oración no se reduce a un momento del día en el que dedicamos 15 o 20 minutos al Señor. Es evidente que quien desea tener una relación cada vez más profunda del Señor le dedicará tiempo. Pero no siempre nuestra realidad nos permite tener ese tiempo. La vida laical exige compromisos del mundo que son irrenunciables. Una madre de familia tiene que atender su hogar, un padre de familia tiene que llevar el dinero a la casa, un profesionista tiene que realizarse en su profesión, un estudiante tiene que cumplir con su obligación e ir al colegio. Es por eso que concebir la oración como diálogo, encuentro, la obra de Dios en nosotros y amor nos permite hacer de nuestro día oración. Todo lo que nos sucede en el día puede convertirse en diálogo con el Señor. Todo es espacio de encuentro con Él. Las circunstancias son las excusas para que Dios pueda obrar en nosotros. Y si vivimos amando a Dios y nos unimos a Él en su voluntad somos oración. Es así como, progresivamente, nuestra vida se hace oración y nuestra oración vida.

El punto de partida para orar: la propia situación existencial

Ahora bien, la condición previa para que la oración sea diálogo, encuentro, la obra de Dios en nosotros, para que la oración sea amor, es presentarse como uno es. Dios nos quiere hablar a nosotros, a nuestro hoy, a nuestra vida, a nuestra historia. A esto se le puede llamar: la situación existencial.

A veces pensamos que para orar hay que hacer un cierto vacío de nuestra mente, no pensar en nada más que en Dios, hacer un silencio que deje espacio a que la voz de Dios se pueda percibir. Es común escuchar que las personas dicen: “Yo no puedo orar porque me distraigo mucho”. Esto puede reflejar un concepto de oración en el que se cree que se entra en un especie de trance que nos hace solo pensar en Dios. Cuando estamos distraídos es bueno detenerse un poco y preguntarse ¿Qué refleja ese pensamiento que me distrae? ¿Por qué me viene a la mente constantemente? Puede ser una preocupación sobre algún familiar, puede ser un dolor por una traición, puede ser una decisión que tengo que tomar y que no se qué dirección elegir. Esas distracciones en el fondo reflejan lo que más íntimamente nos esta preocupando. Y dejar a un lado eso es dejarnos a un lado a nosotros mismos. Esa es nuestra situación existencial y eso es lo que hay que presentar a Dios para que Dios nos responda. Las distracciones se convierten en el contenido de nuestra oración.

           

Si no oramos así corremos el riesgo de estar creando una distancia entre nuestra vida y nuestra religiosidad. El peligro es grave porque Dios no logra ser parte de nuestra historia. Dios no irrumpe en nuestra cotidianidad. Dios no puede intervenir en nuestro día a día. El Señor quiere ser parte, tan parte de nuestra vida, hasta llenarla de sentido introduciéndose dentro de ella y llenándola de su presencia de amor. Pero para que pueda realizar esto hay que darle entrada, espacio y lo hacemos al presentarle con sencillez nuestra situación existencial.

Este es el primer paso en la oración. Al estar ante la presencia del Señor lo primero que se aconseja es pedir mucha luz al Espíritu Santo para descubrir cómo venimos a la oración. Quiénes somos, qué vivimos, qué necesitamos. Y al haber individuado la propia situación existencial entonces si esperar de Dios una respuesta. Si llegamos a la oración con el corazón herido por una traición esperamos de Dios su bálsamo que nos cura con su amor incondicional. Si llegamos a la oración sin saber qué camino debemos elegir, qué decisión tomar, esperamos del Espíritu su luz para discernir lo que es mejor para nuestra vida. Si llegamos a la oración con el dolor por la enfermedad de un ser querido y la impotencia de no poder hacer nada por él esperamos de Jesús que nos conceda un milagro. Es así como la oración va permeando toda nuestra vida. Se va llenado la vida de Dios. Se lleva la vida a la oración y desde ahí se vive en Dios.

           

Para un cristiano que ora así, que aprende a poner su vida en manos de Dios, la oración se convierte en una necesidad vital. No podemos caminar, no podemos decidir, no podemos actuar, sin que antes toda nuestra vida haya sido presentada al Señor para que Él responda a través de la oración. Orar ya no es un deber religioso, ni una obligación, ni siquiera un gusto. Se vuelve el único modo en el que podemos ir afrontando nuestro caminar y todo lo que implica estar en este mundo peregrinando hacia la eternidad.

Podemos hacer esta oración al Señor para que nos enseñe a orar y hacer de nuestra vida oración y de la oración vida:

“Señor Jesús, enséñanos a orar. Dirige nuestra mirada y nuestro corazón al cielo para reconocer la presencia del Padre celestial. Muéstranos el modo de entrar dentro de nosotros para encontrar en el santuario de nuestra alma a Dios que viene a hacerse uno con nosotros. Unidos con Él y en Él en intimidad aprenderemos a vivir desde Él irradiando a nuestros hermanos el mismo amor de Dios. Llena nuestra vida con tu presencia que es fuerza, paz y consuelo. Manda tu Espíritu para que unidos en comunión seamos una sola cosa contigo. Enséñanos a hacer de nuestra vida oración y de nuestra oración vida para así vivir en Dios. Amén”

 

 

LA RESPUESTA DE DIOS: LA PALABRA Y LA OBRA DE DIOS.


¿Cómo descubrir la respuesta de Dios en la oración?

 

La necesidad de una respuesta en la oración

Cuando nos disponemos a orar, en el fondo, estamos buscando una respuesta. Queremos escuchar un mensaje de Dios, captar qué es lo que Él quiere de nosotros, entender el por qué de tantas cosas que nos pasan. Le preguntamos a Dios ¿Dónde está tu respuesta? ¿Dónde escucho tu voz? ¿Dónde descubro tu mensaje de amor? A nosotros, los cristianos, ¿dónde nos habla Dios?

Para orar lo primero que tenemos que hacer es presentarnos como somos, es decir, según nuestra situación existencia. Es abrir el corazón para dejar que Dios vea lo que hay ahí de felicidad, de preocupación, de inquietud, de gozo para que Dios responda. Este es el primer paso en la oración mostrar a Dios nuestra vida y el segundo es la respuesta de Dios.

La respuesta de Dios que se da en su Palabra

Dios responde al hombre que le busca, en primer lugar, en su Palabra. El Señor se ha querido revelar a lo largo de la historia. La historia de Israel, la historia de la humanidad y en nuestra historia. La revelación ha sido plasmada en la escritura. Ahí el pueblo expresó la historia de amor de Dios con ellos. Ahí la humanidad encontró la revelación del amor de Dios hacia ella. Y ahí encontramos nosotros, en lo concreto de nuestro hoy, la revelación del amor de Dios a nuestra alma y todas sus respuestas.

           

La Sagrada Escritura es esa voz de Dios que resuena como eco a lo largo de la historia. Es ahí donde podemos encontrar un mensaje también para nosotros. La Iglesia nos presenta diariamente un alimento para nuestra alma en la liturgia del día. Todos los días tenemos ese privilegio de poder ser iluminados por Dios a través de su Palabra. La liturgia de cada día es como ese maná que Dios daba a los israelitas en el desierto. Ellos no podían reservarse nada para el día siguiente ya que se llenaba de hongos. Es un modo en que el pueblo de Israel concebía su confianza en la providencia de Dios que al día siguiente les iba hacer descender el maná para ellos (cf. Ex 16, 4-21). Así es la liturgia de todos los días. Es ese alimento que Dios nos da y debemos confiar que mañana también nos dará más pan para poder afrontar nuestro día.

¿Cómo acercarse a la Palabra de Dios?

Es bueno considerar cómo nos debemos acercar a la Palabra de Dios. A veces pensamos que es casi como magia. Que le preguntamos algo a Dios, abrimos la Biblia al azar, y eso que aparece es la respuesta de Dios. No es así como nos debemos acercar a la Palabra ya que Dios al manifestarse en su palabra no lo hace para dar consejos o soluciones prácticas a los problemas. La acción de la Palabra es mucho más profunda. Va penetrando poco a poco el corazón del creyente hasta llegar a la raíz de su ser y construir desde sus cimientos su vida desde la Palabra. Por eso más que una respuesta teórica, la Palabra es la acción de Dios en nosotros.

Considerar la Palabra como una manifestación dinámica de Dios es saber que Dios cuando habla a través de su Palabra, ama. Dios se da a sí mismo a través de ella. No nos revela conceptos sino que se revela a sí mismo, se entrega, se comunica, se da. La Palabra es Cristo mismo. Dios quiso pronunciar una palabra de amor a los hombres y habló en Cristo (cf. Hb 1, 1-2). Concebir la Palabra desde esta perspectiva nos hace reflexionar sobre nuestra escucha. La escucha de la Palabra no es tener los oídos de la mente abierta para entender el mensaje sino que hay que tener los oídos del corazón para acoger a Dios que se nos da en su Palabra.

La acogida de la Palabra viva y eficaz

           

Al presentar al Señor nuestra situación existencial esperando de Él una respuesta en su Palabra hay que tener una actitud de acogida para que esas palabras humanas, leídas o pronunciadas, sean Palabra divina en nuestro corazón. ¿Qué significa que sean Palabras divinas? Son palabras que, como nos dice la escritura, son vivas y eficaces (Hb 4, 12).

En primer lugar la Palabra es viva porque tiene una actualidad. Aunque fue escrita o dicha hace más de dos mil años tienen una fuerza en el presente. Dios ha entrado en nuestra dimensión temporal a través del Verbo encarnado y nos ha hecho capaces, en Jesús, de entrar en la dimensión de su atemporalidad. Las palabras de vida pronunciadas por Jesús hace dos mil años son presente en la eternidad de Dios. Nosotros vivimos, ya en esta tierra, esa dimensión a temporal en la relación con Dios. Es por eso, que las palabras de la Sagrada Escritura nos pueden seguir hablando y tienen un mensaje actual para nosotros.

En segundo lugar la Palabra es eficaz. La Palabra nos transforma en la misma palabra que acogemos. Esto significa que la Palabra tiene una fuerza creadora y transformante. El “hágase” del génesis creó el universo (cf Gn 1, 3). Esa palabra de Dios que creó sigue creando en nuestro interior. Es por eso que al acoger esa palabra escita en la Escritura nuestro corazón se va haciendo semejante a esa Palabra. Va siendo creada y recreada por la Palabra. No sólo escuchamos esta frase: “nada es imposible para Dios” (Lc 1, 37) sino que Dios hace que nuestra actitud de vida sea la confianza de que nada es imposible para Él.

La respuesta de Dios: su obra en nosotros

Acoger la Palabra de Dios que se nos da es esa primera respuesta de Dios en la oración. Y hay una segunda respuesta. Dios responde al alma que lo busca en la oración obrando en él. La obra de Dios en nosotros es uno de los frutos más importantes de la oración. No es tan importante saber cosas sobre Dios sino que esas cosas que sabemos sobre Dios se realicen en nosotros. Por ejemplo, podemos saber que Dios es amor pero una cosa muy distinta es dejarnos amar por Él en un momento de oración. Podemos saber que Dios es nuestro Padre pero es mucho más grande tener una experiencia de su ternura paterna y por lo tanto sabernos hijo. En la oración hay que llegar a ese momento.

           

Dejar que Dios obre en la propia alma implica una oración sin miedo al silencio. A veces pensamos que orar es decirle muchas cosas a Dios y que Él nos diga muchas cosas. Hay que superar ese primer nivel de oración para llegar a orar disponiendo nuestra alma para que el Señor haga su obra en nuestro interior. Ahora bien, no es fácil permanecer mucho tiempo en oración sin decirle nada a Dios simplemente abriendo el corazón para que Él obre en nosotros. Por eso se proponen unas herramientas para permanecer un tiempo largo en oración permitiendo a Dios actuar en nosotros.

La Palabra operante en el corazón

La primera es aprovechar la Palabra que ya ha tocado al corazón. Esas frases hay que aprovecharlas en el momento en que estamos dejando que la acción de Dios se realice. Las podemos repetir varias veces y traer a la mente cuando nos hemos distraído para regresar a la oración. En el Evangelio se dice que “su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 51). Así́ también nosotros. Es bueno aprender a rumiar la Palabra para dejar que vaya penetrando el corazón hasta convertirse en una verdad para nosotros. Así́, la Palabra se va haciendo una con nosotros y empezamos a pensar como la Palabra, decidir como la Palabra, actuar como la Palabra, ser la misma Palabra del Padre.

La posturas en la oración

Las posturas son la segunda herramienta. Somos una sola cosa y nuestro cuerpo también tiene un lenguaje. A veces, el lenguaje del cuerpo es más potente que el de las palabras. Cuando entramos en contacto con Dios, ayuda también utilizar posturas que sean acordes con el tipo de oración. Si pedimos algo a Dios, podemos abrir nuestras manos como gesto de súplica; si queremos pedirle perdón, nos podemos postrar ante Él; si deseamos entregarnos a Él, podemos abrir las manos y presentarlas a Dios; cuando lo alabamos, elevamos nuestras manos hacia Él. El cuerpo nos dispone para mantenernos en silencio dejando que Dios actúe en nosotros.

La oración de pocas frases

En tercer lugar, ayuda repetir pocas frases. Frases espontáneas que broten del corazón y que acompañen el momento de la oración. “Señor, derrama tu gracia”, “Señor, concédeme tu misericordia”, “Dame tu paz”, “Padre mío, hazte presente en mi vida”, “Concédeme el don de experimentar tu ternura”, “Padre, ven a mi presencia”, “Padre, no me dejes huérfano”, “Ven, Espíritu, ven”, “Lléname con tu presencia”, “Úngeme”, “Habita en mí”. “Señor, aquí́ estoy para amarte”, “Señor, recibe mi corazón”, “Haz mi corazón semejante al tuyo”, “Dios mío, ten compasión de mí y de mis hermanos”, “Mira nuestro sufrimiento y apiádate de nosotros”, “Que tu fuerza venga a nosotros y nos salve”, “Creo en ti”, “Creo que estás aquí́”, “Aunque no te vea, sé que habitas en mí”, “Señor, te amo”, “Eres lo más grande que poseo”, “Déjame vivir en ti y para ti siempre”, “Déjame ser una sola cosa contigo”. Las frases sencillas nos hacen seguir el consejo del Señor cuando nos dice que cuando oremos no digamos muchas cosas porque el Padre ya sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos (cf Mt 6, 7-8).

La función de la súplica y los actos de fe en la oración

Estas frases pueden ser tanto una súplica como un acto de fe. En la oración, cuando estamos dejando que Dios actúe en nosotros, la súplica asume una función muy importante. Es la voz que se eleva al Padre pidiendo que se realice todo lo que Él ha prometido en nosotros en ese momento. Los actos de fe también son esenciales para dejar que Dios realice su obra en nosotros. Hay que convertir la súplica en acto de fe. La fe en la obra de Dios es esencial para que Dios la pueda realizar. Es el modo en que nosotros permitimos a Dios, que se quiere entregar por entero al corazón del hombre, que se pueda dar al nuestro. Podemos decir con  firmeza: creo que me estás curando, que me estás transformando, que estás derramando tu Espíritu, que me estás amando, que me sostienes, que escuchas mi súplica. El acto de fe manifesta externamente lo que está sucediendo en el interior. Dios está actuando, eso es lo más importante.

Es así como Dios nos responde en la oración. Cuando presentamos a Él nuestra situación existencial hay que dejar espacio a su respuesta. Y su respuesta es en primer lugar su Palabra y en segundo su obra en nosotros. Pidamos al Señor que nos responda utilizando esta oración: “Señor Jesús necesito una respuesta, háblame Señor, manifiéstate Señor. No quiero las respuestas de los hombres, del mundo o mis propias respuestas. Quiero las tuyas. Las acojo como venidas de ti y las acepto porque en tu bondad me las has querido dar como gesto de tu amor a mi. Estoy sediento Señor y la respuesta que más busco es a ti. Sé tú la respuesta para mi vida. Amén”

 

 

ORACIÓN DE ABANDONO.


La experiencia de la pequeñez y el encuentro con la misericordia.


La experiencia de la pequeñez

Toda oración debe brotar espontánea de una situación por la que estamos pasando o estamos viviendo. Cuando hacemos la experiencia de que somos limitados, que somos pequeños, que somos frágiles y débiles, la oración que nos debe acompañar es una oración de abandono. Cuando sentimos que ya no podemos más, que el peso que tenemos que cargar en nuestros hombros es muy fuerte, que nuestro pecado nos ha llevado a una profunda oscuridad necesitamos aprender a abandonarnos en Dios.

La experiencia de la propia limitación es algo que nos acompaña toda la vida. San Pablo lo describe como un aguijón. Él le pide a Dios que le quite esta debilidad y escucha del Señor que le basta Su gracia. El apóstol concluye que la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad (cf 2Cor 12, 7-10). Dios permite que sintamos que somos débiles para que nunca dejemos de buscarlo a Él que es nuestra fuerza. Y esta debilidad a veces se experimenta con más fuerza. Puede ser a causa de nuestra condición de criaturas limitadas, es decir, una enfermedad ya sea física o psicológica. Son momentos en nuestra vida en los que nos damos cuenta que no lo podemos todo, que nuestro cuerpo o nuestra psicología nos limita. O también puede ser a causa de nuestra condición de criaturas que tienen una tendencia al mal. Vivimos lo que San Pablo expresa con estas palabras: “puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” Rom 7, 19. Ya sea por un pecado mortal del cual no podemos salir. Hemos caminado progresivamente y nos hemos alejado tanto de Dios que ya nos es muy difícil regresar. O quizá no vivimos en pecado mortal pero constantemente encontramos en nosotros una debilidad moral. Queremos ser mejores, amar más, servir más y nos damos cuenta que nos impacientamos, nos enojamos, nos gana la pereza, etc. Esto nos duele profundamente porque queremos vivir auténticamente la vida cristiana pero somos muy limitados.

La apertura del corazón a la misericordia

Si estamos viviendo momentos en nuestra vida de mucha limitación la oración que necesitamos es la oración de abandono. El primer paso en la oración de abandono es la apretura del corazón. La experiencia de pequeñez no siempre nos lleva al encuentro con Dios misericordioso. A veces nos puede separar de Él. ¿Cómo hacer para que el dolor por nuestra miseria no nos hunda sino que nos sirva como trampolín para el encuentro con la misericordia? Para ello necesitamos la oración de abandono.

La oración de las lágrimas

La oración de abandono se vive progresivamente. Tenemos que descubrir cómo se encuentra nuestro corazón. si nuestro corazón esta cerrado a la acción de Dios la oración que nos favorecerá será la oración de las lágrimas. Cuando estamos viviendo situaciones límite frecuentemente llega un punto en el que nos rompemos. Nosotros mismos nos damos cuenta que ya no podemos más. No podemos seguir cargando con este peso tan pesado y lloramos. Las lágrimas no tienen que ser solamente físicas sino que es el corazón el que tienen que aprender a llorar. Y la oración de las lágrimas es ese primer momento en la oración de abandono. Cuando las lágrimas nos brotan del corazón y el alma llora del dolor por su miseria, Dios escucha el llanto de sus hijos. Y esas lágrimas van abriendo el alma y la van curando. El llanto del hombre es oración de abandono que se eleva pura al Padre celestial. Y entonces Dios conmovido, derrama el agua de su gracia que se mezcla con las lágrimas del pobre y lo empieza a curar.

El descanso en Dios

Cuando se da la oración de las lágrimas, el corazón está un poco más abierto para recibir la gracia de Dios. Entonces pasamos a un segundo momento en la oración de abandono que es el descanso. Cuando sentimos que el peso que llevamos es tan grande necesitamos descansar en otras fuerzas que no sean las nuestras. Entonces cuando escuchamos las palabras del Evangelio: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os proporcionaré descanso” Mt 11, 28 nos damos cuenta que no tenemos que llevar esta carga solos. Que hay Alguien que quiere ser nuestro descanso. Pero para ello hay una condición previa. Jesucristo en ese mismo pasaje nos manifiesta que el camino para el abandono es la humildad. Nos dice que hay que ser mansos y humildes de corazón para poder encontrar el descanso cf Mt 11, 29. Y nos podemos preguntar ¿a qué se refiere el Señor? ¿qué es la humildad? La humildad no se conquista, se adquiere al aceptar la verdad más radical del hombre: “Soy criatura, limitada y pecadora”. Solo quien es humilde puede descansar en otras fuerzas que no sean las suyas. Si nosotros todo lo sabemos, todo lo podemos y nos bastamos a nosotros mismos entonces no necesitamos un hombro en el cual apoyarnos. En cambio si nos sabemos débiles, vulnerables y pequeños entonces sí nos podemos apoyar en alguien más. La humildad, por lo tanto, nos conduce a la libertad interior, es decir, a la seguridad que radica en saberse pequeño pero amado, débil pero fuerte, necesitado pero colmado.

La oración del mendigo

Por último, cuando el corazón ya ha decidido descansar en Dios está más abierto a recibir la gracia de Dios. Es momento para levantar la mirada al Padre de la misericordia para pedirle que derrame sobre nosotros su amor incondicional. El matiz que adquiere la oración de abandono es una oración de pocas palabras. Suelen ser pocas, nadie hace un gran discurso cuando a penas es capaz de hablar. Nadie se dirige con altivez cuando a penas puede levantar el rostro. “Jesús, ten compasión de mi”, “Señor, te necesito”, “Dios mío, no me abandones”, “Señor derrama tu misericordia”. Nos identificamos con aquella parábola en la que Jesús habla de un fariseo y un publicano. El fariseo se presenta con la cabeza en alto sintiéndose justo ante Dios y haciéndole ver todo el bien que hace: ayuno, penitencia, diezmo. Y por otro lado está un publicano que sabe que no es justo y que no puede ni alzar la mirada a Dios. Se mantiene lejos, se golpea el pecho y dice: “Señor ten compasión de mi que soy un pecador”. Y Jesús termina diciendo que es el publicano el que regresará a su casa justificado el otro no. El fariseo ya era justo, no necesitaba de la justicia de Dios. En cambio el publicano si (cf. Lc 18, 9-14). La oración de las pocas palabras nos hace tener esta actitud del publicano que en el fondo es la actitud de mendigos. Solo el que se reconoce necesitado, enfermo, vacío, puede ser llenado por la gracia de Dios.

 

 La transformación del corazón

Ahora bien la oración de abandono debe terminar con una experiencia esperanzadora. Tener un encuentro con la propia debilidad y limitación y quedarse solo en ella puede llevar a la desesperanza. Hacemos todos los días la experiencia de nuestra fragilidad pero también todos los días sentimos el deseo de ser mejores. Esto explica que el destino final del hombre no es el fango sino el cielo. Dios nos ha revelado en Cristo cuál es nuestra vocación: “Ser como Dios”. Estamos llamado a amar con el mismo corazón de Dios. Es por eso que la oración de abandono tiene que terminar con una súplica al Padre: “Renuévame, transfórmame, santifícame, cámbiame, hazme mejor”. Y esta súplica debe llevarnos a una esperanza. Nosotros creemos que Dios, por medio de la oración de abandono, nos está transformando. No nos quiere dejar igual sino que nos quiere purificar, limpiar, curar. Es necesario terminar la oración de abandono con la fe en el poder de Dios. Como dice el profeta Isaías: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando ¿No lo notáis?” (Is 43, 18). Dios ya está haciendo algo nuevo en nosotros ¿no lo notamos? Creamos en ese Dios que es más poderoso que nuestro pecado y nuestra miseria y pongamos nuestra esperanza en Él.

Postrarse ante Dios

Los seres humanos somos cuerpo y alma. Por ello es importante aprender a orar con todo nuestro cuerpo. En la oración de abandono es recomendable saberse postrar ante Dios. Al colocarnos físicamente en esa postura de modo espontáneo nuestro corazón adopta esa actitud de tener un alma postrada. Y al mismo tiempo esa postura es expresión de lo que estamos viviendo en el interior.

Oración de abandono

A veces no encontramos las palabras adecuadas para referirnos al Señor. Por ello se comparte una oración que puede ser de utilidad para que se vea nuestra alma conducida a abandonarse en el Señor:

“Padre de bondad y misericordia me presento ante Ti con la mirada baja. Soy un hijo tuyo que ha tocado el abismo de su pequeñez. Tengo miedo, estoy abatido, sin fuerzas. He pretendido caminar solo y luchar solo pero ya no puedo más. Reconozco que te necesito. No puedo salir de esta fosa de miseria hacia la que yo mismo he caminado. Mi alma está decidida a volver la mirada y encontrar en Ti la fuerza, la paz, el consuelo. Me duele ser pequeño, débil, pecador. Quisiera hacer desaparecer esto que me avergüenza. Pero entiendo que el camino no es esconderlo sino mostrarlo. Abro mis manos para mostrarte el corazón pequeño que hay en ellas. Cúralo, sánalo, libéralo, hazlo cada vez más tuyo. Solo Tú tienes el poder para transformarlo. Es por eso que me acerco ante ti como un pobre mendigo suplicando tu amor y tu misericordia. Concédeme tu Espíritu y transfórmame, renuévame, hazme como Tú. Señor Jesús, en Ti confío. Me abandono a Ti.”

 

 

ORACIÓN AL PADRE.


Descubriendo el verdadero rostro de Dios

 

Los distintos rostros de Dios

Los cristianos caminamos en este mundo en búsqueda de Dios. Queremos, deseamos y necesitamos ver su rostro. A lo largo de la vida vamos dándonos cuenta que la imagen que tenemos de Dios no siempre coincide con la realidad. Es por eso que el Señor constantemente está haciéndonos ver su verdadero rostro. Según el modo en que vemos a Dios es la manera en que nos relacionamos con Él. Por eso es tan importante hacer esta constante súplica: “Señor, muéstrame tu rostro”.

¿Cuáles pueden ser los distintos rostros de Dios? ¿Qué imagen equivocada podemos tener de Él? Se puede concebir a Dios como un juez que ejercita su justicia de modo implacable. Un Dios que concede bienes a los buenos y males a los malos. Un Dios que manda desastres naturales para castigar al hombre por sus pecados. Quizá́ no pensamos de modo tan radical que Dios actúa de esa manera. El miedo puede ser señal que manifieste que en el fondo tenemos esa visión de Dios. Si nos da miedo Dios, lo que nos pueda pedir, la reacción que pueda tener por nuestras caídas y pecados, puede ser que nuestro modo de ver a Dios es el de un Dios castigador. También se puede pensar que a Dios se le tiene que ganar por los propios méritos. En el perfecto cumplimiento de la ley merecemos ser amados por Dios. Si somos los  cristianos, justos, cumplidores de los mandamientos, entonces somos amados por Dios. Y esto nos lleva a concebir a Dios como un justo juez que está sentado con la lista de nuestras fallas y nuestras buenas obras y decide si nos acepta o no, si me da su amor o no. Por último, podemos tener una visión de un Dios lejano. Aceptamos que Dios existe porque eso es hasta lógico. Pero Dios está por un lado y nuestra vida por otro. Concebimos a Dios sentado en su trono de Gloria observando el devenir de la historia sin ninguna intervención. Esta visión suele venir acompañada de pretender que Dios sea a la medida de las aspiraciones del hombre. Un Dios poderoso, un Dios potente, un Dios avasallador.

La experiencia de la paternidad en la orfandad

Identificar cuál es para nosotros el rostro de Dios es importante para dejar que Dios rompa nuestros esquemas y se pueda manifestar tal cual es. Para ello es clave la oración al Padre. Esta oración suele hacerse en momentos de la vida en los que por una razón o por otra experimentamos la orfandad. Ya sea una orfandad física, es decir, la pérdida de nuestros padres biológicos. O una orfandad moral, es decir, cuando nos damos cuenta que nuestros padres, aunque hayan intentado se los mejores, han tenido fallas y limitaciones. Entonces nuestro interior desea y busca alguien que lo ame con ese amor incondicional propio de un Padre. Y es cuando el Padre Bueno sale al encuentro del alma necesitada de su amor y de su presencia.

El don del Padre a nuestra alma

Ahora bien, cómo reconocer la presencia del Padre. La oración al Padre en el fondo es una oración de acogida de un Dios que se nos da. Es la presencia tierna de Dios que nos permite sentarnos en sus piernas como niños o que nos coloca en la palma de su mano y nos hace descansar en Él. Es esa sombra que nos cubre aunque no seamos del todo conscientes de que sea Él el que nos ha protegido. Para descubrir a Dios es bueno abrir el horizonte. ¿Dónde se nos manifiesta Dios?

 

Dios se nos da en la naturaleza

Dios se le muestra en lo sencillo, en lo ordinario, cotidiano, en la naturalidad de la vida. La oración al Padre nos permite encontrar la presencia de Dios en todo y acogerlo. Hay que aprender a acoger el don del Padre que se nos da en la naturaleza, por ejemplo. En un viento que choca con nuestro rostro, en un paisaje imponente de montañas, en el movimiento de las olas del mar, en un cielo azul, en una flor, en una mariposa, en todo.

Dios se nos da en nuestra vida cotidiana

Asimismo, hay que aprender a acoger el don del Padre que se nos da en la rutina y en la cotidianidad de la vida. Quien se sabe amado por el Padre sabe que Él está presente en su vida y esa certeza llena de sentido la rutina, lo cotidiano y lo ordinario. Dios está y eso basta. Es así́ como la oración al Padre se convierte en un “estar”: Yo con Él y Él conmigo.

Ayuda también acoger el don del Padre que se nos da en nuestra historia. El Dios que se reveló a Moisés en la zarza ardiente se presentó como el “Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (Ex 3, 6). El Dios que ha intervenido en la historia humana. Que ha querido participar de ella para así́ relacionarse de modo personal con el hombre. Dios quiere entrar en nuestra historia personal. Quiere llenar de sentido nuestro presente, mostrarnos el valor del pasado y proyectarnos a un futuro pleno.

Dios se nos da en sus promesas

Es también el Dios de la promesa. Una promesa que se ha cumplido a lo largo de muchos años. Ese Dios de la promesa del viejo testamento es el mismo Dios que se compromete con nosotros. Ese es el fundamento de nuestra esperanza. Aunque no veamos llevado a término lo que nuestro corazón anhela. Dios será fiel. Y antes o después cumplirá. La oración al Padre es esa espera silenciosa pero activa. Esperamos en Dios pero caminamos. Y aprendemos a descubrir en las circunstancias los signos de los tiempos que nos muestran por dónde caminar para llegar a la plenitud de la promesa.

Dios se nos da en su providencia

También hay que aprender a acoger el don del Padre en su providencia. Nada es vano para un Padre. Desde lo material hasta lo espiritual. Es válido pedirle al Padre lo que necesitamos, Él mismo nos lo dijo: “Pedid y se os dará́; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá́. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá́” (Mt 7, 7). La providencia del Padre es esa intervención directa de Dios en las necesidades de sus hijos. Cuando tenemos delante de nosotros una carencia o a veces un deseo es bueno recurrir a Dios en lo profundo del alma. A Dios le complace ver que al primero al que recurrimos es a Él. “Tenemos hambre y sed Señor, sácianos” (cf. Mt 5, 6) le podemos decir. Y cualquier hambre y cualquier sed serán saciadas por Dios.

Dios se nos da en Cristo

Por último tenemos que acoger el don del Padre que se nos da en Cristo. Cuando Jesús enseña a los apóstoles el Padrenuestro, los invita a pedirle al Padre el pan de cada día (Mt 6, 11). Evidentemente, Cristo habla de un pan material; el pan para comer. Pero también lo podemos ver desde la perspectiva del pan de vida (cf. Jn 6, 35). La mayor manifestación de amor del Padre es el don de su propio Hijo. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3, 16). Dios Padre quiere que lo acojamos a Él, que se nos ha dado en Cristo y en concreto en la Eucaristía. El pan bajado del Cielo (cf. Jn 6, 51) es el alimento de los hijos de Dios. Lo que los hace ser cada vez más como Cristo Hijo. Lo que los configura en Él. Así́, la plenitud del don del Padre a los hombres tiene un rostro y un nombre: Jesús. Por eso: “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). La palabra que ha pronunciado el Padre para decirnos que nos ama es Cristo. La oración al Padre es también acoger a Cristo que se nos da por entero, su cuerpo y su sangre, en la Eucaristía.

El verdadero rostro de Dios

Es así como progresivamente, en la acogida del don del Padre, vamos descubriendo el verdadero rostro de Dios. Dios es un Padre bueno y nosotros cristianos debemos aprender a sabernos amados por Él. Sólo quien hace esta experiencia del amor puede responder a Dios, puede vivir la vida cristiana de modo auténtico. Lo primero es el don del Padre, lo segundo es la respuesta filial a Su amor. Es entonces una experiencia indispensable para el cristiano de ahí brotará todo lo demás. Si encontramos en nuestro interior que no tenemos esa visión de Dios Padre sino que lo vemos como juez, distante, castigador… hay que suplicar este don a Dios. “Padre muéstrate a mi y hazme experimentarte como realmente eres”.

Oración al Padre

Para ellos nos puede ayudar la oración que Cristo nos enseño: El Padrenuestro. Es la oración más hermosa. Repetirla una y otra vez es dirigirse al Padre celestial con el amor de su propio Hijo. Pero también puede ayudar hacer la siguiente oración:

“Abba Padre. Mi Padre. Te he buscado en las cosas, en las personas, en las criaturas y no te encuentro. Mi alma está marcada por un deseo de hallarte y de relacionarse en la intimidad contigo. Padre, te suplico que inundes mi alma con tu presencia. Tenerte a ti me basta. Eres el don que mi corazón más desea. Quiero acogerte hasta convertirme en tu morada. Ven a mí, Padre y hazte una sola cosa conmigo. Forma en mí tu cielo. Soy tu hijo amado y quiero entrar en comunión contigo. Manda tu Espíritu y hazme como el Hijo para que la relación contigo sea cada vez más plena. No me dejes huérfano, Padre, te necesito. Amén”

 

 

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO.


La unción del Espíritu Santo.


El Espíritu Santo origen de nuestra oración

Cuando queremos orar nos preguntamos ¿cómo dirigirnos al Señor? San Pablo era consciente que para orar, es decir, para dirigirse al Padre necesitábamos que alguien más orara en nuestro interior para podernos relacionar con Dios como es debido. “Y, dado que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 6). Con esta frase el apóstol nos hace entender que no hay oración sin que el Espíritu Santo ore en nosotros. No podemos dirigirnos al Padre sin que seamos imbuidos por el Espíritu del Hijo. Es por eso que toda oración debe iniciar con una invocación al Espíritu Santo. Suplicar al Padre que mande su Espíritu como lo hizo en pentecostés (Hch 2, 2-4). Quizá no experimentemos impetuosa ráfaga de viento ni las llamas de fuego pero en la fe creemos en la presencia del Espíritu y la fuerza del Espíritu que desciende para conducirnos al Padre a través de la oración.

La necesidad del Espíritu Santo en nuestra vida

A veces no captamos del todo lo importante que es tener la presencia del Espíritu. nos enseñan las escrituras que Jesús enseñó a sus discípulos a pedirle al Padre el don del Espíritu Santo y de hecho les afirma que quien lo pida Dios se lo va a conceder (Lc 11, 11-13). La pregunta puede ser: ¿para qué necesitamos al Espíritu Santo? Se puede decir que el alma no tiene vida si el Espíritu de Vida no la vivifica. La persona no experimenta la paz si el Espíritu de la Paz no habita en ella. La inteligencia no posee la verdadera sabiduría si el Espíritu de la Verdad no la ilumina. Los débiles no tienen fuerza si el Espíritu de Fortaleza no los sostiene. Los cristianos no pueden ser hijos del Padre si no poseen el Espíritu del Hijo que los cristifica. En definitiva, el hombre no tiene amor si el Espíritu de Amor no le infunde su amor en su corazón. Así es que, si queremos tener vida, si deseamos vivir en paz, si necesitamos la fortaleza, si deseamos sabernos hijos de Dios, si queremos amar, debemos implorar el don del Espíritu Santo.

El don de Dios mismo al corazón

El don del Espíritu Santo, en definitiva, es el don del mismo Dios. Dios es amor (cf. 1Jn 4, 8) y el amor por naturaleza es expansivo. El amor del Padre engendra al Hijo y de este intercambio de amor surge el Espíritu Santo. Él es el amor del Padre y del Hijo que se nos da. Recibimos en el corazón al mismo amor de Dios. Es este el origen de nuestro bien. En la oración de invocación al Espíritu Santo recibimos a Dios mismo y por eso lo necesitamos tanto, por eso nos llena el corazón, por eso nos da tantos dones y provoca tantos frutos.

La obra del Espíritu Santo: nuestra santificación

La misión principal del Espíritu Santo en el corazón es la santificación. La oración de invocación al Espíritu Santo, por tanto, es camino de santificación. Nuestra santidad no es más que la participación cada vez más plena en la santidad de Dios. Solo Dios es Santo (cf. 1Sam 2, 2). Dios se abaja para hacernos partícipes de esta condición de santidad. En la plenitud de los tiempos, fue Cristo el que se hizo uno como nosotros para elevarnos a la dignidad de hijos de Dios. Cristo, desde su trono de Gloria, a partir de la ascensión al cielo, manda su Espíritu a los hombres.

Así́ los cristianos experimentan un nuevo descendimiento de Dios hacia ellos en la persona del Espíritu. La oración al Espíritu Santo permite al cristiano abrirse cada vez más para acoger a ese Dios que se le da y que le va santificando. Esta presencia del Espíritu en el alma es la que va realizando la transformación, la santificación. La fuerza y la potencia de Dios están contenidas en el corazón del hombre que se ha abierto a su acción. Es así́ como el espíritu realiza en las personas la santificación. Mientras más llenos estemos del Espíritu Santo, más participamos de su misma santidad.

La presencia del Espíritu Santo y sus efectos

Por tanto, la oración al Espíritu Santo es la súplica de una presencia; la presencia del mismo Espíritu de Dios en nuestra alma. Eso ya es un don en sí mismo. Permitir que Dios habite en nosotros y unir nuestro corazón al suyo en intimidad es el don más grande. Sin embargo, esta presencia provoca algunos efectos en nuestra alma. En la tradición de la Iglesia, estos efectos que provoca el Espíritu en el corazón que lo ha acogido se llaman dones o frutos.

Cuando hacemos la oración al Espíritu Santo es bueno descubrir qué es lo que necesitamos en particular. Cuál es el don que en este momento de nuestra vida más nos urge. Ser conscientes de ello hace más disponible nuestra alma para acoger el don. Es por eso que es bueno conocer más a fondo cuáles son los dones para identificar aquél que necesitamos pedir con más insistencia.

La sabiduría: ver con los ojos de Dios

El primer don es el de la sabiduría. La presencia del Espíritu de la Verdad concede a la persona ver la vida con los mismos ojos de Dios. Este don es concedido a las almas humildes. “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a gente sencilla” (Mt 11, 25) dice Jesucristo. La sabiduría es un conocimiento que no se adquiere por el estudio, sino por la experiencia íntima de Dios. Esta sabiduría nos permite vivir según los criterios de Dios y no los criterios del mundo (cf. Rom 12, 2).

El entendimiento: comprender las verdades reveladas de modo nuevo

El segundo don es el de la inteligencia. Este don no se identifica con la mucha o poca capacidad intelectual que las personas tienen. Es la posibilidad que Dios concede de acercarse a las verdades reveladas con una visión nueva, entendiéndolas desde dentro. Cuando hemos sido formados desde pequeños en la fe hemos escuchado una y otra vez las verdades en las que creemos. Sin embargo, Dios nos concede en algunas ocasiones ver con ojos nuevos eso que siempre supimos, introduciéndonos a su misterio y así́ permitiéndonos vivirlo desde adentro.

La ciencia: el justo orden de las criaturas

El tercer don es el de ciencia. Es la capacidad de ver todas las cosas creadas por un orden de jerarquía. Esta capacidad que Dios nos concede es importante para relacionarnos con otras criaturas de manera ordenada, nos permite descubrir el valor verdadero que tienen las cosas y nos hace vivir con libertad hacia todas ellas. La ciencia nos permite tener un sano desapego de las criaturas. Esto no quiere decir que no valoramos todo lo creado; al contrario, el valor que tiene se lo da el creador. Pero la ciencia indica el camino hacia una progresiva vida en Dios. En Él lo tenemos todo, Él basta. Las criaturas tienen valor en cuanto a que nos hablan de Él y nos conducen a Él.

El consejo: vivir guiados por Dios

El cuarto don es el don de consejo. La presencia del Espíritu Santo en la persona permite ver con una luz clara aquello que conduce a Dios. Cuando el Espíritu habita en el corazón hace que la conciencia se vuelva cada vez más sensible a aquello que no coincide con el ser de Dios. Donde hay mucha luz, los puntos negros se hacen evidentes. Cuando hay oscuridad, no se distingue si hay más o menos puntos negros. Por eso, al inicio del camino de conversión los grandes pecados se justifican y se cometen sin mayor remordimiento. En la medida en que el alma va creciendo, la presencia del mal le parece inaceptable. Hasta las pequeñas imperfecciones le parecen obstáculos para que la luz de Dios brille con toda su fuerza en el interior.

La fortaleza: fuerza en la debilidad

El quinto don es el de fortaleza. En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel se consideraba fuerte y capaz porque Dios era su fortaleza (cf. Deut 7, 7). La fortaleza no radica en las capacidades humanas sino que es un don, es una fuerza que desde dentro sostiene al alma necesitada. Suele venir acompañada por una experiencia de fuerte debilidad. Cuando nos damos cuenta de que las circunstancias nos están sobrepasando y no podemos soportarlas con nuestras propias fuerzas, es momento en que el Espíritu da su don para dejar en claro que esta fuerza no viene de los hombres sino de Dios.

La piedad: la experiencia de la ternura del Padre y el amor a los hermanos

El sexto don que el Espíritu del Hijo infunde en nuestras almas es el don de piedad. Este don es la experiencia de la ternura del amor del Padre que nos permite gozarnos en nuestra dignidad de hijos de Dios. La presencia del Padre, el don de piedad, llenan el corazón de los hijos. Al sabernos hijos de Dios, brota espontánea la conciencia de ser hermanos de los hombres. La ternura que concede el Espíritu que nos hace gozarnos en ser hijos, es la misma ternura con la que miramos a nuestros hermanos.

El temor de Dios: el deseo de no perder a Dios

El último don es el temor de Dios. El alma que ha dejado que el Espíritu Santo habite en ella, haga morada en su corazón, valora tanto la presencia de Dios hasta el punto de tener “temor” a perderlo. El santo temor de Dios es un cierto miedo de no poseerlo. Dios lo ha sido todo para él por lo que perderlo es perderlo todo. Por eso el don del temor de Dios es un respeto hacia Él. Esto lleva a un sano alejamiento del pecado y de las ocasiones de pecar. Porque la separación de Dios es peor que cualquier mal.

La oración al Espíritu Santo

Es así como va actuando el Espíritu Santo en nuestro interior. Esta oración es sencilla; es una súplica. “Ven Espíritu Santo”. Conviene abrir las manos en un gesto de acogida para recibir del Padre el don de su Espíritu. puede ayudar también recitar esta oración: “Ven, Espíritu Santo, a mi corazón. Mira mi alma vacía sin ti. Ven a habitar en mi corazón poseyéndolo hasta hacerlo todo tuyo. Ven, Espíritu, a santificar. Llena de luz todo lo que está en la oscuridad. Llena de paz todo lo que está inquieto. Llena de consuelo toda herida. Lléname de ti que eres el mayor don. Amén”

 

 

 

EL DISCERNIMIENTO ESPIRITUAL


Dejarse guiar por el Espíritu Santo

 

La guía del Espíritu Santo

La oración es una apertura al Espíritu Santo que viene a nosotros para llenarnos de sí y conducirnos al encuentro con Dios. Es por eso que es de vital importancia saber reconocer la presencia del Espíritu Santo en el alma. La vida es un caminar hacia el cielo pero hay muchos caminos y muchas decisiones que tomar. Si queremos vivir nuestra existencia terrena guiados por Dios hay que aprender a reconocer la presencia de su Espíritu en la oración.

¿En dónde habla Dios?

Lo primero que hay que considerar es dónde habla Dios. Dios habla en la conciencia del hombre. El ser humano tiene en su interior un sagrario, un lugar en el que se encuentra solo con el Señor. A él nadie puede acceder si el hombre no lo permite. Es ahí donde en intimidad guardamos nuestros deseos más profundos, nuestros pensamientos más auténticos, nuestros anhelos. Aquello que no revelamos tan fácilmente sino que nos pertenece solo a nosotros. Es ese nuestro templo en donde viene a habitar la presencia de Dios. Ahí, en la intimidad nos habla el Señor.

Sabiendo que Dios habla en nuestra conciencia es importante constatar que aquello que venga de Dios tiene que tener un primer origen en nuestro interior. Después se puede ver confirmado o iluminado por mediaciones externas. Pero lo más importante es saber entrar ahí, dentro de nosotros mismos para escuchar a voz de Dios.

Dios también se manifiesta, en un segundo momento, por mediaciones externas. La primera es La Palabra de Dios, es decir, las escrituras. A través de ella Dios se manifiesta con claridad al alma que lo busca. También Dios hace ver su plan para nuestra vida a través de las circunstancias externas. Con la familiaridad con Dios vamos descubriendo el modo en que se manifiesta por lo que vemos en signos externos Su mano de Padre que nos esta queriendo decir algo. Estos mensajes externos de Dios se identifican y armonizan con lo que hemos concebido en nuestra conciencia como venido de Dios. Se presentan como confirmación de lo que ya se concebía como mensaje de Dios en el interior.

¿Cómo habla Dios?

Y nos podemos preguntar: ¿cómo es la voz de Dios? Sabemos bien que no es una voz audible sensiblemente con nuestros oídos. Dios habla, más bien a través de una intuición. Es un cierto movimiento interior que nos hace inclinarnos por una cosa más que por otra. Es una cierta certeza que no viene de nosotros. Hay una voz en el interior que marca, indica, guía. La voz de Dios suele ser suave, a penas perceptible, sencilla, sin mucho contenido. Más que palabras es un cierto movimiento que indica hacia donde dirigirse.

¿Qué dice Dios?

Hemos descrito el lugar en el que Dios habla y el modo en el que el Señor se manifiesta. Ahora hay que entender cuál suele ser el contenido de lo que Dios muestra en la oración. Antes hay que aclarar que lo que Dios muestra en la oración suele ser abstracto y esencial. Por lo que si estamos esperando una respuesta precisa y exacta hay que aceptar que Dios suele abrir un horizonte más que limitar a decisiones sumamente concretas y prácticas.

 

Para descubrir si el contenido de lo que Dios nos ha manifestado viene de Dios o no podemos utilizar los siguientes criterios. En primer lugar el criterio del Evangelio Los valores del Evangelio no siempre coinciden con los valores del mundo. Lo que parece atractivo para la cultura y la sociedad deja de atraer a quien descubre una nueva belleza en la persona de Cristo y su mensaje. Se adquiere una lógica distinta que contrasta tanto con el mundo que es fácil descubrir si viene de Dios o no. En segundo lugar el criterio de la tradición. Es decir, el criterio que nos hace adherirnos a lo que se ha manifestado previamente en la Iglesia. El Espíritu lleva a la unidad. No puede habernos mostrado a nosotros un camino contrario a lo que ya previamente ha mostrado a su Iglesia. Por último el criterio de la situación concreta que estamos viviendo.  El Espíritu nos quiere conducir a la integración de nuestra vida, nuestra personalidad, nuestra historia. Es por eso que lo que Dios pide en oración suele estar en consonancia con el propio estado de vida. No suele romper con el orden que él mismo ha establecido.

Las otras voces en el interior

El discernimiento espiritual es importante ya que en nuestro interior no solo se encuentra la voz de Dios. hay otras voces que hablan y que debemos tener las herramientas para distinguir cuál es la voz por la que nos estamos dejando guiar. La tradición de la Iglesia distingue entre tres voces: la voz del mundo, de la carne o de las pasiones y la voz del Espíritu del mal.

La voz del mundo

Cuando nos estamos dejando guiar por la voz del mundo nos empieza a aparecer atractivo, cierto y deseable lo que el mundo propone. Y nos empezamos a dejar guiar por estos valores. Aconsejados por la gente que nos rodea justificamos nuestro actuar al ver que todos a nuestro alrededor piensan, actúan y deciden como el mundo les aconseja. El mundo en si mismo no es malo. Más bien el espíritu mundano es el que hay que evitar ya que cambia la jerarquía de los valores. Pone valores menos esenciales en el lugar de aquellos que realmente son valioso. Por ejemplo, el dinero, el poder, la belleza externa, la fama, etc. Cuando nos alejamos de esta voz del mundo los valores del Evangelio adquieren tal atractivo que eclipsan a los valores del mundo hasta que prácticamente no nos atraen más.

La voz de las pasiones

La voz de las pasiones tiene como causa el pecado original originante. Somos conscientes por experiencia que tenemos un cierto desorden en el interior. Elegimos bienes pero quizá no los bienes mayores o aquellos que nos llevan a la plenitud. Es por eso que es importante conocernos a nosotros mismos. Es bueno saber cuál es nuestra inconsistencia. Donde caemos una y otra vez. Hay que preguntarse a fondo sobre los motivos que nos mueven a tomar las decisiones que hacemos para descubrir si lo que hacemos por Dios, por los demás y por nosotros mismos es movido por el orgullo, la soberbia, la vanidad, el perfeccionismo, la sensualidad, etc... O si es movido por el Espíritu del bien. ¿Por qué lo hice? ¿Qué me mueve a hacerlo? ¿Por qué me aferro tanto a esto?

La voz de la tentación

Por último se encuentra el Espíritu del mal; la voz de la tentación. El Espíritu del mal se sirve tanto de los criterios del mundo como los de la carne para usarlos como contenido de su tentación. Cuando usa los valores del mundo enfatiza y hace ver bello lo que no es, amable lo que no es bueno y cierto lo que no es verdadero. Cuando utiliza la carne se sirve de la debilidad de la persona, en donde suele flaquear, para hacerla caer. El deseo del tentador es mantenernos alejados de Dios. Es por eso que en un inicio del crecimiento espiritual tienta para hacer caer al hombre en el pecado y hace hasta lo imposible para mantenerlo en él. Cuando la persona va creciendo espiritualmente y se ha alejado de manera radical del pecado la tienta con cosas buenas.

A la tentación hay que responderle del mismo modo como le respondió́ Cristo. Después de 40 días en el desierto, Cristo fue tentado (Mt 4, 1-11). De la primera tentación podemos aprender de Cristo a vencer la tentación haciendo uso de las Sagradas Escrituras. Si respondemos con la misma palabra de Dios sabemos que no vamos a errar y estaremos venciendo la tentación con la misma fuerza de Dios. De la segunda tentación aprendemos del Señor a desenmascarar a la tentación y a descubrir el engaño que pretende hacernos. Descubrir con objetividad que el seguir esta voz no me traerá́ nada bueno y hablar directamente con el tentador haciéndole ver que sabemos que nos está mintiendo. Por último, Jesús nos enseña que al tentador hay que hablarle claro. A la última tentación, Cristo responde con fuerza: “Apártate de ahí́, Satanás” (v. 10). El tentador desea que le hagamos caso. Que gastemos nuestras energías luchando contra él. Esas energías podrían estar dedicadas a amar y servir a Dios. Y al tenernos presos en la tentación nos resta fuerza para amar. Hay que ser ágiles para decirle que se vaya. Que no es a él al que adoramos (cf. v. 10). Que tenemos a Dios. Que nuestro corazón le pertenece a Alguien más y que no vamos a permitir que nos quite la paz y limite nuestra entrega a Dios.

Los frutos del Espíritu Santo en el interior

Para terminar, en este proceso de discernimiento es bueno ver el fruto que hay en el corazón después de la oración. Si el Espíritu de bien estuvo presente en el momento de la oración el fruto que debe haber en el interior debe ser positivo. Este es un criterio necesario en el discernimiento. Algunos frutos del Espíritu son los siguientes: la purificación, el consuelo, el descanso, el orden, la paz, la luz y la caridad. Los frutos del Espíritu van embelleciendo el alma. La van haciendo limpia y pura gracias al agua del Espíritu. La consuelan, curan y la hacen capaz de mantenerse abierta y vulnerable al amor por el Espíritu Consolador. La hacen descansar en el Espíritu de sosiego. La hacen vivir ordenada en Dios y en paz gracias a la presencia del Espíritu de la paz. La iluminan y guían por el sendero de la voluntad de Dios por el Espíritu de la luz. Finalmente encienden el corazón con el fuego del mismo amor de Dios por el Espíritu de la caridad.

 

 

 

 

ORACIÓN DE OFRECIMIENTO.


Dejarse amar por Dios y amar con su mismo corazón.

La necesidad existencial del amor

La vida cristiana nos lleva constantemente a cuestionarnos por el amor. Conocemos bien que el último deseo del Señor fue el mandamiento nuevo; el mandamiento del amor. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis también entre vosotros” (Jn 13, 34). La importancia del amor nos lo muestra la experiencia. La felicidad se juega en este elemento de nuestras vidas: amar y ser amados. La oración de ofrecimiento centra su atención en esta experiencia. Invita a la persona a recibir de Dios el amor y a aprender a amar con madurez a Dios y a los hermanos.

El abandono y la filiación base de la oración de ofrecimiento

La oración de ofrecimiento debe tener como base la oración de abandono. Para que la ofrenda de nuestra vida tenga una consistencia y no sean meras palabras tenemos que partir de nuestra verdad. Ofrecernos a Dios pretendiendo darle algo que no poseemos es una farsa. Por eso, la experiencia de la pequeñez tiene que conducirnos a una entrega total, sí, pero sincera. El corazón se da por entero, pero consciente de que es un corazón pequeño (cf. 1Sam 16, 7).

La oración de ofrenda también debe estar acompañada de una experiencia previa de la paternidad de Dios. Experimentar el amor tierno del Padre que ama de manera incondicional, sin reservas, y que se dona por entero al corazón, provoca una respuesta  filial de amor (cf. Jn 1, 12). Al saberse tan amados por Dios, la respuesta se convierte en una aceptación de Dios. Aceptar el amor de Dios es entregarse por entero. El fundamento de la entrega del hombre a Dios no son las propias fuerzas y capacidades para amar. Lo que está en la base del ofrecimiento es el mismo amor del Padre (cf. 1Jn 4, 10).

El don del Padre que cura el corazón

Esta experiencia del don de Dios lo primero que hace es curar el corazón. Hemos sido creados para una amor incondicional y pleno. Pero nuestra experiencia cotidiana no es así. No siempre recibimos este amor tan pleno y podemos ser heridos. Las heridas afectivas marcan nuestra manera de amar. Pueden hacer incluso que nos bloquemos y nos frenemos a amar. Dios quiere curar y quiere sanar. Y para ello, antes de intentar ofrecernos al Señor, hay que dejar que Dios nos cure. Presentar el corazón herido a Dios para que su amor incondicional sea el bálsamo que restaure nuestro interior. Quizá las heridas más profundas son las que son causadas por aquellos que deberían haber sido el reflejo del amor del Padre: nuestros padres de familia. Ellos intentaron ofrecernos todo el amor que pudieron pero son limitados. Es por eso que en la madurez de la vida debemos saber ajustar esa relación filial y encontrar en el Padre el amor que nos fortalece. A demás de la relación con nuestros padres quizá la relación que más puede afectarnos es la esponsal. Las heridas por una traición o un mal trato en la relación con la pareja también necesitan ser curadas. Y después todos aquellos que hayan marcado nuestra vida de modo negativo al no habernos amado. Cuando vemos en nuestro interior esas heridas hay que ser consciente que deben ser curadas. La gracia de Dios, la sangre de Cristo, tiene que derramarse con toda su fuerza en nuestro corazón. Será su amor el que nos cure, el que nos fortalezca, el que nos sostenga para entonces si poder amar.

La ofrenda del Sagrado Corazón

Después de la experiencia de la receptividad del don de Dios que cura el alma podemos hablar de un ofrecimiento a Dios y en Él a los hermanos. Para poder entender el modo en que estamos llamados a amar debemos ver el ejemplo de Cristo. La plenitud del amor de Dios a los hombres está en la entrega de Cristo. “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.” (Jn 3, 16). Y la plenitud del amor de Cristo está en su muerte de cruz. Nos dice el evangelio que le traspasaron el corazón con una lanza del cual brotó toda su sangre y su agua (cf Jn 19, 33-37). Es decir, la entrega total y definitiva de Jesús. Ya no tenía nada más que dar. Cristo nos enseña que para amar hay que dejar que nuestro corazón sea “traspasado”. Esto quiere decir que hay que aprender a ser vulnerables y abiertos al amor conscientes que amar puede implicar un dolor. Quien pretenda amar sin ser herido no amará nunca. Porque la donación implica saber morir a uno mismo para darse. Nos lo dice el Señor en el evangelio: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, allí queda, él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).

Pero nos podemos preguntar ¿cómo podemos mantener el corazón abierto a pesar de las heridas? Y la respuesta la encontramos en la gracia de Dios. Es Dios quien nos da la fuerza para amar así. Al haber recibido el don del amor de Dios, el alma encuentra en Él una seguridad, una fortaleza y a partir de Él se puede dar y entregar. Dios es el que ama con mayor fidelidad. Su amor es el más estable y seguro. Eso permite que nos podamos dar a los demás sin esperar lo que el otro nos pueda dar. Evidentemente si el otro nos ama de regreso es hermoso ya que se crea una relación recíproca. Pero si no es así, estamos seguros en el amor de Dios y eso nos basta. Así es como en la oración de ofrecimiento se va formando el corazón. Ya que dándonos por entero al Señor tenemos la certeza que no vamos a ser heridos. Él nos enseña entonces a amar así de plenamente también a los hermanos. Vamos adquiriendo su mismo corazón. Él va arrancando de nosotros el corazón de piedra para darnos un corazón de carne (cf. Ez 11, 19).

La fecundidad del corazón

La oración de ofrecimiento es una oración de unión íntima con el Señor. De esta unión brota el fruto del amor. Ahora bien, cuando hablamos del amor tenemos que distinguir entre el modo en que ama a Dios y a los hermanos un alma femenina y una masculina. Por lo que vamos a reflexionar sobre los dos matices propios de cada género.

La mujer ama a Dios recibiendo de Él la vida y siendo fecundada. Esto lo entendemos en la figura de Eva y de la Iglesia. Eva, la esposa, nace del costado de Adán que está dormido (cf. Gn 2, 22). Dios se sirve de Adán para crear a su mujer que: “esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 23). En la plenitud de los tiempos, Cristo es el nuevo Adán (cf. Rom 5, 15). Del costado herido de Jesús que muere en la cruz, nace la Iglesia, su esposa. Esta Iglesia sí es carne de Su carne. Y no solo nace para tener vida en sí misma sino para ser madre y engendrar a los hijos en la fe (cf. Jn 19, 26). Nosotros somos esa Iglesia que ha sido fecundada por la sangre del cordero, la víctima que se ha ofrecido. La oración de ofrecimiento llega a su plenitud cuando, al haber acogido al Dios que se nos da, venimos fecundados por su fuerza vital.

Este ofrecimiento implica saber morir para dar vida como lo hizo Cristo. Es la espada que atravesó el corazón de la Virgen (cf. Lc 2, 35). ¿Cuál es esta herida que podemos ofrecer a Dios para que de vida a nuestros hermanos? En primer lugar, la herida de nuestro propio pecado. Experimentar una y otra vez que no podemos amar como quisiéramos, duele. “Puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rom 7, 19). Nos hiere nuestro egoísmo y nuestra limitación. A través del abandono y del arrepentimiento, esa herida puede ser ofrenda que, unida a la de Cristo, da vida. En segundo lugar, la herida que causa la relación. Las relaciones interpersonales son muy complejas y frecuentemente generan en nosotros expectativas que muy pocas veces vienen completadas. Siempre deseamos más y mejor amor. Por eso, la relación misma puede causar una herida. Si sabemos utilizar ese dolor y lo ofrecemos por la persona amada estamos dando vida junto con Cristo. Ya que morimos a nuestro deseo de ser amados para amar a pesar de la limitación en las relaciones. En tercer lugar, la herida que nos causa el sufrimiento de los seres queridos. Ver sufrir provoca un profundo dolor. A veces desearíamos sufrir en el lugar de nuestros seres queridos. Preferimos que el dolor recaiga sobre nosotros antes que sobre ellos. Pero cada uno tiene su cruz y su sufrimiento y hay que dejarlos vivirlo. Por eso, la impotencia que nos causa el intuir y ver su dolor puede ser ofrecido junto con Cristo por ellos. Así́, con Cristo, les daremos vida y les sostendremos en su dolor.

Dar vida junto con Cristo

El ofrecimiento del varón tiene un matiz distinto. Él ha sido creado para dar vida. él fecunda a la mujer. Es por eso que para el hombre le es muy difícil aceptar que la vida que quiere dar la tiene que recibir de Otro. El varón tiene que hacer un proceso en el que reconoce que no es capaz de dar, por si mismo, la vida. Dios concede a los hombres participar de su acción pero ésta debe brotar de la unidad íntima con Él. Así puede ser reflejo del amor de Dios a los demás. Debe darse cuenta que esta llamado a ser una prolongación de Su presencia en el mundo. Vacío de sí mismo y lleno de Dios hace presente su paternidad, su humanidad, su vida, su protección, en definitiva su amor.

Así como el ofrecimiento femenino implica ser traspasado por la espada como la Virgen, también el hombre esta llamado a ofrecerse con Cristo en la cruz. Crucificado con Cristo es en Él, fuente de misericordia, de perdón, de comprensión, de bondad, de fortaleza. Así cumplirá lo que tanto desea: dar vida, la misma vida de Dios.

La oración de ofrecimiento

La oración de ofrecimiento, por tanto es ese momento en el que nos encontramos con Dios que es amor y nos llenamos de su amor incondicional. A partir de Él amamos a nuestros hermanos con la fuerza del mismo corazón de Dios. Vivamos este modo de orar sirviéndonos de estas palabras: “Señor Jesús, me presento ante ti, en tu cruz, con el corazón abierto. Deseo acoger el amor que me ofreces con tu entrega total en la cruz. El amor con el que me amas me capacita para amar. Derrámate con toda tu fuerza y concédeme tu Espíritu que me llena de vida y me hace capaz de dar vida. Yo estoy dispuesto a morir a mí mismo junto contigo para el bien de los hombres. Que esta entrega oculta sea lo que sostenga y llene de vida a aquellos a los que más amo y a los que no conozco. Esa es mi humilde ofrenda. Amén”

 

ORACIÓN DE INTERCESIÓN.


Tocar el corazón de la Trinidad.

 

Una de las oraciones más comunes y más hermosas en la Iglesia es la oración de intercesión. Quien intercede ante Dios por el bien de sus hermanos muestra un corazón generoso. Es Dios quien nos ha invitado a buscarle a Él, a pedirle a Él (cf. Mt 7, 7). Siendo un Padre bueno está preocupado por sus hijos y quiere su felicidad. Éste es el punto de partida de la oración de intercesión. Del deseo que todos tenemos de ser felices y ser plenos buscamos a Dios para que le de una solución a nuestros problemas y nuestras angustias.

 

Aprender a tocar el corazón de la Trinidad

La oración de intercesión es esa experiencia de la hemorroísa la cual estaba segura que al acercarse al Señor y tocar su manto iba a recibir aquello que tanto deseaba (cf. Mc 5, 25-34). Cuando nosotros intercedemos hacemos esa misma experiencia. Elevamos nuestra mano al seno de la Trinidad, al corazón de Dios, con la confianza de saber que Dios nos va a dar los bienes que tanto deseamos. Al interceder, hacemos lo mismo que la hemorroísa, apelamos al corazón misericordioso de Dios, tocamos su seno que es amor, y provocamos el milagro. Dios no se resiste a las almas humildes que lo buscan con insistencia y con fe. Su corazón se deja conmover, compadecer y tocar por nuestras miserias y pobrezas, terminando por derramarse sin cesar.

 

La esperanza en las promesas de Dios

La intercesión requiere en primer lugar la esperanza en las promesas de Dios. Ese es el contenido de nuestra esperanza. Podemos esperar porque Dios nos ha prometido la felicidad en todas sus formas y Él es fiel. Pero para ello requiere de nuestra fe. Creer en la potencia, en la fuerza y en la bondad de Dios es lo que nos hace poder recibir de Él los bienes que le pedimos. La fe que Dios pide no es algo que sea superior a nuestras posibilidades. De hecho, el ejemplo que Jesucristo pone en el Evangelio nos ayuda a entender lo ridículo que puede llegar a ser: nos pide fe como una semilla de mostaza (cf. Mt 17, 20). En el fondo, este hecho nos hace entender que le basta poco a Dios para actuar. Prácticamente nada, no necesita casi nada, solo una semilla de mostaza. Pero esa semilla de mostaza es nuestro acto libre que busca a Dios y de Él una respuesta.

 

La intercesión hecha según las enseñanzas de Jesús

Ahora bien, aunque la oración de intercesión es quizá la oración más conocida es bueno descubrir un camino para interceder al Señor. ¿Cómo acercarse a Dios para pedirle algo? Es bueno orar como Cristo nos ha enseñado. Él en el Evangelio va dando pautas para saber cómo acercarnos al Padre para interceder. Lo primero que podemos entresacar de las lecciones de Cristo es que la oración de intercesión es sobria. Jesús nos invita a orar en lo secreto (cf. Mt 6, 6). Para el Señor es más importante ver en nuestro interior un corazón que sinceramente lo busca a Él y sus dones que grandes gestos externos. Si nuestra oración viene acompañada de una peregrinación, una veladora, una oración hecha en voz alta está bien. Pero debe ser la expresión externa de la sinceridad de corazón que busca a Dios. En segundo lugar Cristo nos enseña: “al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados.” (Mt 6, 7). Y la razón por la que Cristo nos invita a hacer una oración más bien de silencio es que Dios ya conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos (cf. Mt 6, 8). Eso nos tiene que llenar de una profunda paz. Él sabe más que nosotros qué es nuestro mayor bien. Confiemos que Él mira nuestra alma necesitada y que nos da aquello que tanto deseamos. Por último, Dios pide que realicemos nuestra oración desde lo profundo de nuestro corazón. La intercesión más auténtica es la que brota de una objetiva necesidad que es manifestada por lo que más desea el corazón. Abrir el alma ante Dios para que Él vea lo que hay en lo profundo es una hermosa oración de intercesión. Brota de una certeza de que Dios es un Padre bueno que, como dice el evangelio, no nos va a dar una piedra por un pan o una serpiente por un pez (cf. Mt 7, 9-10). En el fondo el don más grande que Él nos da es darse a sí mismo a nuestra alma. Ese es nuestro mayor deseo y mayor consuelo.

 

La oración cuando Dios no nos ha dado lo que le pedimos

Una de las experiencias más difíciles de la vida es pensar que Dios no ha escuchado nuestras plegarias. Podemos pasar días, meses o años pidiendo algo al Señor con la fe de que nos lo va a conceder, y no recibir lo que pedimos. Esta experiencia puede llevar a una separación de Dios, a un enojo con Él, a la desesperanza. Y es normal. Sin embargo, es bueno aprender a vivir con una mirada más bien vertical. Ayuda descubrir qué se esconde detrás de este modo de actuar de Dios.

 

Lo que puede ayudar es saber descubrir que detrás de toda circunstancia adversa se encuentra la potencia de Dios que saca un bien de todo mal. Quizá en un inicio no somos capaces de verlo, pero al pasar el tiempo reconocemos que Dios obtuvo algún bien de ese dolor. Y aprendemos a darle sentido a todo lo que vivimos. El sentido sobrenatural, es decir, vemos la mano de Dios en eso. En donde parecía que Dios no había intervenido porque no nos había concedido lo que le pedíamos. Ahí́ nos damos cuenta de que la intervención de Dios fue lo único que hizo de esa circunstancia algo que valiera la pena.

 

Entonces Dios no es el malo que no nos ha dado lo que queríamos, sino el Padre bueno que intervino en el devenir de la historia para tocar con su mano amorosa las situaciones difíciles de la vida para llenarlas de sentido. Quien aprende a vivir así́ sabe que todo está a su favor. Lo bueno y lo malo, todo puede convertirse en ocasión de crecer, de amar, de creer. Y en todo aprende a ver la mano de Dios que siempre saca un bien.

 

La respuesta de Dios a sus hijos que interceden

Dios, de hecho, siempre responde que si. Podemos atestiguar con la experiencia que hay veces que le pedimos algo a Dios y nos lo concede. Es el si directo de Dios que nos da aquello que le hemos pedido. Otras veces, Dios responde si pero de un modo mejor. Y dejamos pasar el tiempo y reconocemos que aquello que el Señor nos concedió definitivamente era mejor de lo que pedimos y lo que deseábamos. Y por último Dios dice si, pero en otro momento. El tiempo lo dispone Él y lo conoce Él por lo que adherirnos a su sabiduría es lo más sensato que podemos hacer. Él sabe mejor que nosotros el momento adecuado para recibir los bienes que le pedimos con tanta insistencia y tanta fe.

 

Nuestra participación en la intercesión

En la oración de intercesión a veces parecería que nuestro rol es solamente invocar la misericordia de Dios y esperar de Él una respuesta. Sin embargo, en este tipo de oración es indispensable saber que en el cuerpo místico de la Iglesia tenemos que aportar algo para el bien de todo el cuerpo (cf. 1Cor 12, 12). Es lo que San Pablo menciona: “completo en mi cuerpo lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1, 24). Por eso, la tradición de la Iglesia invita a poner una veladora, hacer una ofrenda económica, ofrecer sacrificios, implicando un rol de colaboración. Esto no quiere decir que “compramos” la misericordia de Dios (esto sería contrario a nuestra fe, ya que Dios ama de modo incondicional). Es nuestra implicación en el cuerpo de la Iglesia que somos (cf. 1Cor 12, 20). Es un modo de solidarizarnos con el prójimo unidos al acto más solidario que ha existido jamás.

 

El bien que realizamos a nuestros hermanos a través de la oración de intercesión es muy puro. Al orar por nuestros hermanos, sacrificarnos por ellos e interceder estamos realizando un acto de amor con una gran pureza de intención. A través de este acto no buscamos que nos agradezcan o poder ver el fruto de nuestra oración. Nunca nadie sabrá cuánto nos ha implicado aquel ofrecimiento por ellos. Eso le da una riqueza a la oración de intercesión porque la hace semejante al modo de amar de Dios.

 

Cuando hemos intercedido ante Dios por algún bien, ya sea para nosotros mismos o para nuestros hermanos, es importante el agradecimiento. Agradecer independientemente de si vemos o no lo que Dios ha hecho con nosotros y por nosotros. La confianza en la promesa de Dios nos hace agradecerle porque tenemos la certeza de que será fiel. La fe nos hace creer que Dios se manifiesta aunque no sea visible. Es por eso que agradecemos y el agradecimiento hace constante nuestra oración porque continúa alimentándola. Poder participar en la misión de Cristo de corredimir junto con Él, nos lleva a agradecer por permitirnos este don. Finalmente el agradecimiento hace más pura nuestra intercesión ya que consideramos que el único capaz de conceder bienes es Dios. Nosotros somos solo siervos suyos (cf. Lc 17, 10).

 

Para pedir y suplicar por los demás, ayuda el juntar las manos en señal de súplica. Es bueno presentar a Dios nuestras inquietudes y dolores así́ como los de las personas que sufren y necesitan de Él; esto debe hacerse con sencillez y paciencia. Del corazón generoso brota el deseo de colaborar. Hay que darle todo al Señor, no guardarnos nada para nosotros entregándonos por entero para que Dios haga el bien a nuestros seres queridos. Podemos decir esta oración:

 

“Señor, vengo ante ti como un mendigo. Estoy rodeado de sufrimiento y de dolor. Ten compasión de mí. Necesito tu amor, tu fuerza, tus milagros, tu misericordia, tu compasión. Mira los ojos que derraman lágrimas de dolor. Fíjate en el más pequeño de tus hijos necesitado de ti. Ven y hazte presente en mi vida y cúrame, sálvame, redímeme. Si hay algo que pueda ofrecer por mis hermanos los hombres, tómalo. Te lo doy todo, Señor, con tal de que alcances las gracias que necesitan los que más quiero. No me reservo nada para mí, todo te lo doy, Señor. Permite cualquier sufrimiento en mi vida con tal de que pueda ver a los que quiero libres de todo mal. Escucha, Señor, la súplica que elevo con fe. Es poca mi fe, auméntala Señor. Amén”

 

 

ORACIÓN EN LA OSCURIDAD.


¿Cómo orar cuando pensamos que Dios nos ha abandonado?

 

La inevitable experiencia de la oscuridad en nuestra vida

En el camino de la vida podemos atravesar momentos de mucha oscuridad, de falta de horizonte, de dificultades graves, de dolor y de sufrimiento. Son ocasiones que nos hacen dudar de la bondad de Dios e incluso de su existencia. La oscuridad es parte de nuestra vida ya que estamos en un camino progresivo hacia el encuentro de Cristo que es la Luz (Cf. Jn 8, 12). Esa búsqueda de la luz definitiva trae consigo la inevitable experiencia de la oscuridad. Esto será hasta llegar a la posesión plena de la luz que se realizará en la eternidad.

 

Ahora bien, aunque la oscuridad puede invadir nuestra vida hay que descubrir cómo orar también en esos momentos. Hay que aprender a levantar la mirada para encontrar en Dios la luz para nuestra oscuridad. Para poder orar en la oscuridad hay que hacer una reflexión para entender cuál es el origen de nuestra situación actual de oscuridad. Pueden ser varias causas las que provoquen estas ocasiones de alejamiento de la luz. Y según la causa será el modo en que el Señor nos responda.

 

Los tipos de oscuridad

Una primera oscuridad es aquella que es voluntaria, es decir, cuando no nos queremos dejar iluminar por la luz de Cristo. Esta es causada por el alejamiento de Dios ya sea por el pecado o por el enfriamiento espiritual. Tiene como solución el regreso al Padre; la conversión. Para ello es necesario un encuentro con la misericordia del padre a través de la oración de abandono.

 Una segunda oscuridad es cuando no sabemos hacia dónde caminar. Es decir, situaciones adversas en donde nada nos sale bien. O momento de toma de decisiones. O simplemente no sabemos hacia donde caminar. Esta oscuridad recibe la luz del Espíritu Santo que nos ilumina y guía. Él es la Luz que necesita nuestra inteligencia y nuestro corazón para saber qué decisión tomar y sobre todo para tener la fuerza de llevarla a cabo.

 Una tercera oscuridad es aquella que experimentamos cuando estamos sufriendo y sentimos que no hay solución a nuestro problema. Un hoyo profundo de dónde no sabemos cómo, cuándo ni por dónde salir. Esta es conocida como la oscuridad en la cruz. Finalmente la oscuridad cuando no experimentamos la presencia de Dios. Cuando sentimos que no se manifiesta, creemos que nos ha abandonado. Es ese grito que dirige Jesús al Padre en la cruz: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27, 46). Para saber cómo afrontar estos dos tipos de oscuridad vamos a hablar más adelante.

 

Oscuridad en la cruz

Nosotros los cristianos estamos acostumbrados a ver en situaciones difíciles el signo de la cruz de Cristo. Hablamos de estar pasando periodos, momentos o circunstancias de cruz. Esto tiene referencia directa a Jesucristo. Cuando hablamos de este modo de la oscuridad implícitamente entendemos que la vivimos junto con Cristo. Podemos decir que sufrimos en Él. El profeta Isaías nos dice que Él “cargó con nuestros dolores” (Is 53, 4). Esto quiere decir que asumió en sí todo el sufrimiento de la humanidad.

 La cruz iluminada por el misterio pascual

Jesús, al encarnarse, aceptó vivir todo lo que el ser humano vive. Eligió sufrir también en su carne lo que nosotros sufrimos. Y lo hizo con un objetivo claro. Cristo llevó a la muerte todo sufrimiento haciéndolo ocasión de redención. Dando vida en la muerte (cf. Ef 2, 5-6). Vacíó el sufrimiento de su sentido negativo de dolor para llenarlo de un sentido redentor. Así́ venció las tinieblas y las llenó con la luz de su presencia salvadora y redentora. Esa luz es el amor. Por amor, Jesucristo se adentró a la oscuridad y desde ella se hizo luz del mundo para que no caminemos en tinieblas sino que tengamos la luz de la vida (cf. 1Jn 1, 5-7). Así́ la oscuridad es iluminada por el misterio pascual. La muerte y resurrección del Señor nos permite arrojar luz a los momentos de cruz de nuestras vidas ya que la verdadera vida es primero muerte, la verdadera luz es primero oscuridad.

 

Los dones de la cruz

Cuando aprendemos a vivir los momentos de cruz dejándolos iluminar por el misterio pascual vemos que nuestro interior se ve enriquecido por esta experiencia dolorosa. Vivido el sufrimiento junto con Cristo podemos reconocer en nuestro interior algunos dones que Dios nos concede. El primero es el don de su intimidad. La cruz no está vacía, sino que está Jesús en ella. Nos abrazamos al Cristo de la cruz. Este es el mayor consuelo y descanso. No sufrimos solos es Cristo quien sufre con nosotros. Nos ha tomado de la mano y se ha introducido en nuestros dolores y los ha iluminado desde dentro. La oscuridad adquiere la luz de Cristo, la luz de Su presencia. Su presencia intima hace llevadera la carga. La carga y la cruz son llevaderas porque hay otros hombros que la cargan junto con nosotros.

 

También, si vivimos así el sufrimiento, Dios nos concede el don de la madurez. Un fruto de crecimiento que trae consigo el dolor. Como dice el Evangelio, nuestro grano de trigo al morir da fruto (cf. Jn 12, 24). Y lo más hermoso es que el sufrimiento y el dolor unido al Cristo de la cruz da fruto de redención. Esto hace que las ocasiones de oscuridad que parecen restarnos felicidad tengan un sentido y se hacen más llevaderas. San Pablo lo dice de esta manera: “Todo sirve para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28). Y por último la oscuridad de la cruz, iluminada por el misterio pascua, nos permite aumentar nuestra capacidad de amar. El sufrimiento saca a flote esa capacidad del hombre de amar a veces adormecida. Se pone en juego nuestro amor y se hace escuela de amor. Es así que, cuando sufrimos junto con Cristo, entonces crecemos, amamos, nos llenamos de su intimidad. Esta es la luz que tiene los momentos de oscuridad en la cruz.

 

El supuesto abandono de Dios

Ya hemos ilustrado cómo los momentos de oscuridad en la cruz pueden ser iluminados por el misterio pascual. Ahora veremos cómo Dios puede hacerse presente en esos momentos en donde pensamos que hemos sido abandonados por Él. Esto es cuando no experimentamos sensiblemente la presencia de Dios. Periodos en los que parece que Dios no esta presente. Sentimos que nos ha “abandonado”.

 

Cuando no se siente sensiblemente la presencia de Dios es momento para que la relación crezca; madure. Es un tiempo que solemos considerar de desierto (cf. Jos 5, 6). Se asemeja a esa experiencia que vivió el Pueblo de Israel antes de entrar a la tierra prometida. Es un periodo en donde no hay agua para saciar nuestra sed de Dios, ni mucho alimento para llenar nuestra sensibilidad, hay calor por el día y frio por la noche. Nuestra relación con Dios es invadida por un silencio como en el desierto.

 

La oración en la oscuridad tendrá como fruto un crecimiento. Un paso en la fe. Creer que Él está presente aunque no lo sintamos, no lo veamos, no se nos manifieste con tanta claridad. La experiencia sensible que a veces puede permitir el Señor en nuestra oración es una probadita de lo que es el Señor. Dios es mucho más que esa experiencia. Por eso Dios nos pide pasar a una certeza de fe de su presencia y su amor esta vez más sólida y verdadera. La fe se apoya en Dios y la experiencia de Dios en sus atributos. La certeza de fe se mantiene en todo momento lo sensible está determinado a un periodo concreto.

 

La misteriosa presencia de Dios en la oscuridad

Al orar en la oscuridad de manera constante y sin desfallecer (cf. Lc 18, 1) empezamos a descubrir una misteriosa presencia de Dios en la oscuridad. Misteriosa no por extraña o inalcanzable sino que la acción de Dios no siempre coincide con nuestro modo de actuar. Él prefiere la sencillez, la pequeñez, la oscuridad. Nos encontramos entonces con la verdadera y real presencia de Dios. Vivimos, más bien, de la certeza de que Dios siempre está amándonos y derramando sus dones hacia nosotros, lo sintamos o no. La persona que ha hecho esta experiencia deja a un lado las manifestaciones externas para encontrarlo en el silencio. Entonces Dios empieza a iluminar al alma desde dentro. La empieza a llenar de sí porque vive en ella y desde ahí́ es sostenida, impulsada, conducida, amada.

 

Por lo que la oración de oscuridad es un encuentro íntimo con Dios que lo llena todo. Un encuentro sencillo que hace que todo estorbe al alma que se quiere unir en el silencio y fundirse en Él. Es un diálogo ininterrumpido que nos hace orar sin cesar. Es, más bien, vivir en la presencia de Dios; bajo su mirada.

 

Los momentos de oscuridad y de dolor nunca son fáciles. Es por eso que Dios interviene con más fuerza para manifestarse con su presencia de amor al hombre. El Señor llena la oscuridad con su luz. Por un lado, en los momentos de cruz, ilumina nuestro caminar con la luz del misterio pascual. Y por otro lado, en los momentos de sequedad espiritual y de experiencia de abandono del Padre, nuestra oración es iluminada por la misteriosa presencia de Dios en la oscuridad. Para vivir estos momentos podemos utilizar esta oración:

 

“Dios mío, en la más profunda oscuridad de mi alma te busco, Señor. El desierto ha invadido mi corazón y extraño y ansío tu presencia. Las tinieblas no me permiten verte y tocarte. Concédeme la fe para creer que tú iluminas con tu luz mi oscuridad. Tu presencia en la fe llena de sentido mi vida y mi ser. No quiero salir de esta oscuridad a la luz del mundo porque pre ero la oscuridad que es llenada por tu misteriosa luz que brota de la intimidad. Tú eres mi luz, Señor, no quiero otra. Amén”

 

 

ORACIÓN DE UNIÓN.


La sed de intimidad es sed de Dios.

 

Una de las experiencias que tiene todo ser humano es el deseo de intimidad, de comunión, de encuentros profundos que sacien la sed de amor. Esta comunión se ve reflejada en nuestras relaciones. Son reducidas las personas con las que tenemos esta clase de intimidad ya que requiere una confianza, un camino de relación, pruebas de un amor verdadero. Entonces es cuando permitimos a otro entrar en contacto con nuestra vida íntima, ya sean nuestros deseos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos. Esto lo vivimos con nuestros familiares más cercanos, con algún buen amigo pero sobre todo con la propia pareja. Ahí es donde se expresa en plenitud este amor de intimidad que lleva a la unión incluso corporal. Sin embargo, todos hemos hecho la experiencia de que estas relaciones no sacian del todo nuestra sed de intimidad. Es por eso que la revelación nos muestra el amor de un Dios para el que hemos sido creados. Él si saciará nuestros deseos más profundos de comunión.

 

El amor íntimo de Dios al hombre

En la relación con Dios, el cristiano está llamado a construir este tipo de trato íntimo de comunión con Él. Es un don inmerecido que Dios concede al corazón del hombre que ha optado por amarle y entregarse a Él por entero. Este don de unión íntima con Dios es una prefiguración del cielo. En la eternidad entraremos a formar parte de la comunión plena con Dios. Aquí́ en la tierra Dios nos permite vivir esta realidad, no de modo definitivo y pleno, pero en preparación al encuentro último con Él en el cielo.

 

¿Cómo podemos descubrir el amor de Dios hacia nosotros? ¿Qué aspectos tiene esta relación? La respuesta a estas preguntas no puede ser teórica, es decir, tiene que ser vivencial. Hay que suplicar a Dios que nos manifieste su amor de intimidad para que no se quede en la teoría sino que en una real experiencia del amor de Dios. En este apartado intentaremos presentar algunos aspectos del modo de amar de Dios que pueden ser pautas para nosotros para entender cómo es nuestra relación con Él y para suplicarle, si no lo hemos experimentado así, que nos muestre su amor en la oración.

 

El amor personal de Dios

El primer aspecto del amor de Dios es que es un amor personal. Dios se ha entregado por entero a su pueblo siendo este el don más grande que ha concedido al hombre, es el don de sí mismo. Los demás dones son consecuencia de esta entrega personal: la creación, la alianza, la liberación, la ley, la tierra prometida (cf. Sal 136). Todos estos dones en el fondo apuntan al don personal de Dios al hombre. La expresión más plena de este amor personal es la encarnación. En Cristo, Dios se nos dio por entero (cf. Jn 19, 30). Tomó un cuerpo (cf. Jn 1, 14) para después entregarlo al hombre en la cruz. Asumió un corazón de carne para sentir y querer con la afectividad de un corazón humano. Finalmente, se dio al hombre en un nivel espiritual, es decir, con un amor de oblación total en la Eucaristía. El don total de Cristo al hombre que viene a su corazón y se une a Él. Le entrega todo su cuerpo como alimento y lo une a Él íntimamente (cf. Jn 6, 35).

 

El amor libre de Dios

La segunda cualidad es la libertad. Dios no tenía ni la obligación ni la necesidad de amar al hombre, pero lo amó. Eso hace que su amor sea gratuito y libre. Esto se puede ver reflejado en la alianza de Dios con el pueblo de Israel. Las Escrituras dicen que Dios no escogió al pueblo por ser el mejor y el más grande, sino al contrario. Lo escogió sabiendo que era el más pequeño de los pueblos (cf. Dt 7, 6-7) para hacer ver la gratuidad de su elección y de su amor. Él tomó la iniciativa de formar con el hombre una alianza de amor (cf. Gn 9, 9).

 

El amor fiel de Dios

En tercer lugar, Dios tiene un amor fiel al hombre. El profeta Oseas habla de la fidelidad de Dios a su pueblo. Hace énfasis en el amor fiel de Dios como esposo, a pesar de la infidelidad de su amada. “Te haré mi esposa para siempre; te desposaré en justicia y en derecho, en amor y en compasión; te desposaré en fidelidad, y tú conocerás a Yahvé” (Os 2, 21-22). Para Oseas el amor de Dios se muestra fiel aunque su pueblo haya caído en la idolatría. Toda la relación de Dios con su pueblo es esa constante petición de Dios de ser el Único Dios para los israelitas. Así́ es también el amor de Dios al corazón del hombre actual que busca otros ídolos. Aunque el hombre se prostituya y se aleje del amor total de Dios, Él se mantiene fiel.

 

La respuesta del hombre para que se realice la comunión

Ilustrado el amor de Dios al hombre, para que se pueda dar una intimidad, es necesaria una respuesta del hombre. La reciprocidad en las relaciones se da cuando las dos partes están decididas a comprometerse y entregarse a Dios. Es por eso que, aunque el amor de Dios supera la posible respuesta del hombre, es necesaria para que haya comunión. Esta respuesta del hombre debe tener los mismos aspectos del amor de Dios, es decir, debe ser personal, libre y fiel.

 

Amor personal, libre y fiel del hombre a Dios

Los hombres tienen que aprender a ofrecerse a Dios de manera personal, es decir, con toda su persona. A veces pensamos que la relación con Dios solo se realiza a nivel espiritual. Creemos que nuestra dimensión física y psicológico-afectiva no tiene que entrar en juego. A Dios se le ama de modo personal con la entrega física y afectiva, es decir, de nuestro tiempo, de nuestro cariño, de gestos sencillos y detalles humanos, de nuestra pureza.

 

También la respuesta debe ser libre. De hecho, la tragedia del hombre desde su origen es a causa de la libertad (cf. Gn 3). La opción que tiene el ser humano de darle la espalda a Dios es porque es libre. Dios se arriesga con el hombre al permitirle elegirlo o rechazarlo, sin embargo, era el único modo de que su plan sobre la relación personal con el hombre se llevara a cabo. Solo ama quien es libre; si no, sería una relación servil. Dios no quiere ese tipo de respuesta de nuestra parte, quiere que le amemos libremente como hijos, no como esclavos (cf. Gal 4, 7). Dios nos elige, Él tiene la iniciativa (cf. Jn 15, 16), pero el hombre decide si le responde o no.

 

Y también en esta dinámica de relación, el hombre tiene que aprender a ser fiel. El reclamo de Dios al pueblo de Israel en boca del profeta Oseas es muy fuerte: el pueblo se ha prostituido (cf. Os 2, 7). Y la invitación que hace el Apocalipsis a una de las siete Iglesias es recordar el amor primero (cf. Ap 2, 4). Dios lleva al alma al desierto para hablarle al corazón y reconquistarla (cf. Os 2, 16). Quiere que nosotros le amemos con ese amor fiel que no olvida el primer sí que le dijimos y que mantengamos su fidelidad para siempre.

 

Evidentemente, cuando hablamos de la respuesta del hombre a Dios siempre hay que tener en cuenta la debilidad y la fragilidad humana. Es Dios quien sostiene esta relación con su misericordia. El hombre tiene que constantemente acercarse al Dios que lo ama de modo incondicional suplicándole la fuerza para amar como esta llamado a amar.

 

La plenitud hacia la que conduce Dios en la oración de unión

La relación íntima con Dios lleva a la persona a la plenitud. Hemos hecho ver que todo ser humano está hecho para esta unión íntima. Por eso, el hombre que fomenta y busca este tipo de relación con Dios adelanta esta plenitud. Dios llena el corazón del hombre y lo sacia con su amor puro y tierno. Esto hace que las personas en su vida estén satisfechas, plenas, completas. No importa la cantidad de heridas o desamores humanos que puedan vivir. El amor de Dios todo lo cura, a esta plenitud están llamados todos. En el camino de la vida uno se va dando cuenta de que solo hay un amor capaz de saciar el corazón: el amor íntimo de Dios.

 

Por eso es importante buscar esta unión, comunión, intimidad con el Señor. Para ello nos puede ayudar esta oración:

 

“Señor Jesús, quiero reconocer en mí el amor íntimo de tu Sagrado Corazón que viene a mi corazón. Deseo unirme en intimidad contigo y mantenerme en esa unión todo el tiempo. Ámame con un amor personal. Entrégate por entero a mí, que tanto te deseo. No tienes obligación de amarme, pero te suplico que me ames. Tu amor  el es lo que más ansío y es mi mayor seguridad. Posee mi alma y hazla tuya para siempre. Amén”

 

 

ORAR EN MARÍA.


Aprender a acercarse a Dios con el corazón de María.

 

Aprender a orar en María

Después de un año de artículos dedicados a la oración es bueno incluir un apartado en el que aprendamos a orar como María. La Virgen es para los cristianos ejemplo y modelo. Ella fue quien vivió más perfectamente la vida cristiana. Ella, desde el inicio de su vida, fue imbuida por el Espíritu Santo quien la condujo por el camino de la santidad. Por lo que orar en María es aprender a orar con su mismo corazón, con sus mismas palabras y con sus mismas actitudes. Así nuestra oración será cada vez más agradable al Padre.

 

María nos enseña a acoger la Palabra

La Virgen fue la primera que abrió su alma para acoger a Dios que se le dio en su Palabra (cf. Lc 1, 26-35). Ella vivía en una constante actitud de escucha. Estaba, como la mayoría de las mujeres de su tiempo, a la espera del Mesías con un corazón abierto a recibirlo. El Evangelio que más nos ayuda a aprender de María a acoger la Palabra de Dios es el de la anunciación. Nos dice el texto que el ángel le invita a la alegría porque esta llena de gracia. Nosotros en nuestra vida de oración también estamos llenos de la presencia de Dios; llenos de gracia. Esa debe ser nuestra alegría. Por lo que, aprender de María a escuchar a Palabra de Dios es aprender de ella también a vivir en la alegría de los hijos de Dios. A pronunciar con gozo el Magníficat (Lc 1, 46-55) porque el Señor se ha fijado en nosotros para hacer en nosotros su morada. Claramente que el texto de la anunciación habla de un cierto temor “¿Cómo será esto posible, si no conozco varón?” (Lc 1, 34). Pero es un temor invadido por la certeza del autor del mensaje. Dios es el que se comunica con ella y esa es su paz. También a nosotros, en la Palabra, es Dios que se nos esta manifestando. Por lo tanto, esta es nuestra seguridad. Aunque a veces no entendamos el mensaje de Dios y pensemos en nuestro corazón ¿Cómo va a ser esto? Adoptemos las actitudes de abandono y de confianza en María y respondamos como ella: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

 

Responder a la Palabra de Dios como María

La respuesta de María a la Palabra de Dios nos lleva a reflexionar en el modo en que Dios pudo actuar en ella por la apertura de su alma, por su acogida. Saber que en la Virgen el Señor actuó así es estar cierto que actuará así también con nosotros si sabemos acogerlo con confianza como lo hizo ella. El ángel le hace entender que acoger la Palabra de Dios es aceptar la buena noticia que es Cristo. Por eso el Altísimo la pudo cubrir con su sombra y llenarla de sí mismo dejando en ella el fruto de la redención que es Jesús (cf. Lc 1, 35). Ese es el fruto que también hay en nuestro corazón cuando acogemos la Palabra de Dios. Es Dios mismo que se nos da en su palabra. Y al recibirlo somos transformados en esa misma Palabra que recibimos. María lo vivió del modo más pleno. Cristo la hizo “carne de su carne” (Gn 2, 23). También hace eso el Señor con nosotros. Queremos ser como Jesús, responder como Él, mirar como Él, amar como Él. Para ello debemos dejar, como María, que Jesús en la oración nos transforme a través de la acogida de su Palabra.

 

María nos muestra cómo vivir del Espíritu Santo

Hemos reflexionado en el modo en que la Palabra de Dios actuó en María en la encarnación. Esto se realizó gracias a la acción del Espíritu Santo. El Espíritu la habitó en la encarnación y no la dejó nunca. Hizo de ella su templo y la llenó de sí mismo. Por eso la Virgen Madre, al haberse dejado penetrar por el Espíritu Santo vivía guiada por Él. Fue la razón de ser de la existencia de María. Toda su vida tuvo sentido gracias a la acción del Espíritu Santo. Ella estaba cubierta por el Espíritu dejándose guiar por Él y llena de sus dones y sus frutos. Las palabras del ángel: “el Espíritu Santo vendrá́ sobre ti” (Lc 1, 35) fueron una constante en María. Así debemos de aprender de ella. Dejar que el Espíritu Santo simplemente habite en nosotros y realice la obra que le ha encomendado el Padre. Desde la sencillez de la vida de María y la sencillez de la nuestra el Espíritu nos hace bienaventurados por su acción constante en nuestra alma (cf. Lc 1, 42).

 

Dejar que la Virgen nos conduzca a la oración de abandono

La Virgen no solo nos enseña a vivir del Espíritu Santo sino que también es modelo para nosotros de abandono. Ciertamente María no experimentó la caída del pecado, pero sí la pequeñez de su ser criatura. De hecho, eso fue lo que conquistó el corazón de Dios. Ella se sabía pequeña, la más insignificante de las hijas de Dios. Su humildad le hacía vivir en su verdad y eso la mantenía siempre con un corazón postrado ante Dios. Ella supo mantenerse en su sitio sin ninguna pretensión. Podría haberse sentido superior al haber sido elegida para ser la Madre del Señor. Pero, al contrario, ella era consciente de que si Dios la había escogido era precisamente por su condición de esclava (cf. Lc 1, 38). Ella, la esclava del Señor, no se sentía digna, pero aceptó el plan de Dios porque sabía que Dios la dignificaría con su amor. Por eso, cuando María canta el Magníficat se reconoce la “pequeña esclava” (cf. Lc 1, 48). Pero sabe que es la causa de la atracción de Dios hacia ella. La mirada de Dios se posó en ella por su pequeñez. Dios puso los ojos en María y ella se dejó amar por Él eso la hizo grande. Esa es una gran escuela para nosotros. En el corazón pequeño de María aprendemos a rezar como ella. Sabernos pequeños, como la Virgen, no nos puede llevar a la desesperanza sino que al contemplarla a ella sabemos, por su vida, que es el camino más hermoso del encuentro con el Señor. Pidámosle a la Virgen que nos tome de la mano y nos lleve por este sendero de sencillez.

 

Aprender de María a ofrecernos al Señor

Otra oración que aprendemos de María a hacer es la oración de ofrecimiento. Esta oración también la vivió María desde el inicio de su vida con su sí definitivo al plan de Dios. Las palabras al final del discurso que le dirige el ángel sellan de modo decisivo su opción de vida. “He aquí́ la esclava del Señor, hágase en mí conforme a tu palabra” (cf. Lc 1, 38). Ella optó por seguir a Dios y obedecerle aunque esto implicara cualquier tipo de dolor, como bien profetizó el anciano Simeón que una espada atravesaría su alma (cf. Lc 2, 35). El primer sí de María fue el inicio de una cadena de respuestas al amor de Dios. Siempre un sí en el corazón de la Madre que tenía como objetivo en la vida amar a Dios sobre todas las cosas. No importó el dolor que implicaría. Sabía que ese era el camino del amor y optó por caminar por él.

Nosotros nos dejamos invadir por el corazón de María para responderle así también al Señor. Que ella nos enseñe a responder, no solo al inicio de nuestra vida, sino siempre con palabras de humildad pero de entrega total al Señor. Que tome con su mano de madre nuestro corazón y se lo entregue a Jesús sabiendo nuestro deseo tan profundo de amar a Dios como lo hizo ella.

 

María la intercesora por excelencia nos ayuda a interceder

Otro tipo de oración que podemos vivir en María es la intercesión. El ejemplo más claro que tenemos de su intercesión es en las bodas de Caná. Ella observa la escena y se da cuenta de las necesidades de los que le rodean. No solamente cosas espirituales y bienes profundos. Ella se da cuenta también de que no tienen vino (cf. Jn 2, 3). Su intercesión tiene como fundamento la fe en el poder de su Hijo Jesucristo. A pesar de las palabras duras que Jesús le dice que no ha llegado su hora (cf. Jn 2, 4) insiste sabiendo que su Hijo la va a escuchar. Cree y actúa. Va con los sirvientes y les dice: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). En la expresión de la Virgen no hay cuestionamientos, dudas, titubeos. Manda a los sirvientes que hagan lo que Jesús les diga, es decir, que Cristo realizará el milagro por su intercesión. La seguridad de María en la acción de Dios le “arrebata” a Jesús el milagro.

 

Nuestra vida esta llena de momentos en los que intercedemos. Pedimos por nosotros mismos, por nuestros seres queridos, por nuestro mundo. Llenamos las Iglesias con veladoras que representan nuestras oraciones al Padre porque experimentamos la necesidad de Él. María nos enseña a interceder. Ella es la aliada que tenemos en nuestra intercesión a Dios. Ella se une a nuestra oración haciéndola la oración más poderosa. No intercedamos solos. Permitamos a María ser parte de nuestro dolor y nuestro sufrimiento dejándole así también hacerle ver al Señor que “no tenemos vino” (cf. Jn 2, 3).

 

Así es como María, la criatura más perfecta, aquella que recibió los dones de la redención con la mayor plenitud, nos enseña a orar. Si permitimos que la Virgen sea parte de nuestra oración estamos dejando que sea maestra y guía de nuestro encuentro con el Señor. Para ello nos puede ayudar repetir, antes de dirigirnos al Señor, esta oración:

 

Virgen Madre, toma mi mano y llévame a Jesús. Quiero seguir tus huellas, pronunciar tus palabras, tener tus mismas actitudes, amar con tu corazón. Condúceme por el camino que ya has recorrido. Jesús te ha querido hacer mi Madre para que me enseñes a ir a Él. Tu presencia tierna de Madre me sostiene en esta constante lucha por amar a Dios y a los hombres como los amaste tú. Intercede ante Dios por mí y nunca dejes de ser la Madre que en lo oculto busca mi bien y lo alcanza de su Hijo. Quédate conmigo, Madre mía, que en ti me siento seguro. Amén

 

ORACIÓN DE ALABANZA Y DE ACCIÓN DE GRACIAS.


La importancia de alabar a Dios y de dar gracias

 

Nuestra vida esta llena de alegrías. Un feliz encuentro con alguien que queremos, un regreso a casa después de tiempo, un título adquirido con mucho esfuerzo, la curación de una enfermedad, el nacimiento de un nuevo miembro de la familia, etc. La lista de los gozos que vivimos son muchos. La vida es muy bella, siempre nos sorprende. Por eso debemos aprender a buscar a Dios también en estos momentos en los que nuestro corazón se llena de la alegría de vivir. A veces nos dirigimos al Señor por situaciones complejas, dificultades, problemas, dolores y sufrimientos. Pero no nos damos cuenta que en todo lo que vivimos esta la huella de Dios. Especialmente se encuentra la marca de Dios es las grandezas de la vida. De hecho, nuestra vida apunta a vivir en plenitud estos momentos de gozo en la eternidad. ¿Cómo orar en estas circunstancias de tanta plenitud? ¿Cómo elevar una oración a Dios para darle gracias? En este artículo se pueden encontrar pautas para orar haciendo una acción de gracias o una alabanza.

 

EL AGRADECIMIENTO SINCERO

La oración de acción de gracias es un modo de orar de la gente sencilla. Para que el agradecimiento sea sincero, primero la persona debe aprender a reconocer que ella no es el origen de sus alegrías. Quien cree que por sus propios méritos ha triunfado, ha tenido logros, no será́ agradecido. Solo puede ser agradecido quien sabe que Dios es el que lo ha llenado con sus dones y que gracias a eso y solo por eso ha alcanzado la victoria.

 

La persona que sabe reconocer en Dios todo el bien de su vida agradece de manera sencilla y espontanea. No requiere de muchas palabras ni de tiempos reservados para ello. En el momento de la alegría, podemos decir con sinceridad de corazón: “Gracias, Señor”, “Todo el mérito es tuyo”, “Te lo debo a ti”, “Te lo regalo”. Estas frases hacen que el corazón no se apodere de lo que no le pertenecer. Como nos dice el apocalipsis: “Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, existe y fue creado” (cf. Ap 4, 11).

 

AGRADECER ENSANCHA EL CORAZÓN

Este tipo de agradecimiento ensancha el corazón. La felicidad que experimenta el alma no se queda reducida a sí misma. Sino que el agradecimiento hace partícipe al mismo Dios de este gozo. Y entonces la felicidad, en lugar de mantenerse encerrada en uno mismo, llega hasta los límites del Cielo. Ahí́ Dios Nuestro Señor, junto con los ángeles del Cielo y los santos, se alegran de nuestra alegría. Esto hace que el corazón crezca y que nuestro gozo sea más grande.

 

LA ALABANZA

Cuando la alegría nos llena el corazón por alguna circunstancia en nuestra vida otro modo de orar es la alabanza. La oración de alabanza tiene un matiz distinto de el de la acción de gracias. Mientras que las gracias se puede dar a las personas, la alabanza solo se hace a Dios. La alabanza es una oración que reconoce la grandeza de Dios en sí misma y la ensalza. Es una oración que tiene como centro a Dios, que es digno de todo honor y toda alabanza (cf. Sal 48, 2).

 

APRENDER A ALABAR CON LOS TEXTOS DE LA ESCRITURA

Para poder alabar a Dios es bueno servirse de los textos de la Escritura que llevan a darle gloria. Por lo general, los textos que más ayudan son los salmos. El pueblo de Israel realizaba el culto a Dios alabándolo con cantos (1Cro 15, 28). Estos han sido recogidos y nos llegan hasta ahora para hacer nuestras las palabras del salmista y así́ alabar a Dios.

 

También el Gloria y el Santo que recitamos en la Misa y el Gloria al Padre nos proporcionan las palabras adecuadas para que nuestro espíritu se eleve en alabanza. En este modo de orar, los cantos ayudan a que toda nuestra persona exulte y se dirija a Dios con una hermosa bendición y alabanza.

 

DEJAR QUE EL ESPÍRITU SANTO ALABE EN NOSOTROS

A veces no nos sale fluida la alabanza. No sabemos qué palabras decir a Dios. Solo sentimos un deseo inmenso de expresarle lo grande que es y especialmente lo bueno y misericordioso que ha sido con nosotros. Para poder alabar es importante pedirle asistencia al Espíritu Santo. Él es el que poseyendo nuestra alma la eleva en alabanza. Nosotros no sabemos y no podemos alabar con nuestras propias palabras. Necesitamos que el Espíritu Santo en nosotros alabe al Padre.

 

En la liturgia celestial presentada por el apocalipsis se habla de una constante alabanza de toda la creación a Dios, que está sentado en el trono, y al cordero (cf. Ap 5, 13). Al mencionar aquellos que alaban a Dios en la liturgia celestial se habla de ellos como los que han sido marcados por el sello (cf. Ap 7, 3) o los que han lavado sus vestiduras con la sangre del cordero (cf. Ap 7, 14). En el fondo, el apocalipsis pone como condición para la alabanza el haber recibido el don del Espíritu, ya sea en el bautismo o a través de la recepción de los sacramentos.

 

Es así́ como nos muestra la escritura que no hay alabanza sin que el Espíritu alabe en nosotros. Por esta razón, antes de alabar a Dios hay que invocar al Espíritu Santo para que unja nuestra alma y la haga capaz de alabar a Dios. Si el Espíritu alaba en nosotros, estamos seguros de que nuestra alabanza será́ agradable al Padre.

 

NUESTRA ALABANZA EMBELLECE LA IGLESIA

Nuestra alabanza llena la Iglesia con el perfume más hermoso (cf. Lc 7, 37). A veces pensamos que la alabanza no aporta nada a la Iglesia. Que si queremos hacer un bien por ella hay que visitar a los enfermos, dar de comer a los hambrientos, dar a conocer el mensaje de Dios a quien no ha escuchado hablar de Él. Pero la alabanza no nos parece tan esencial. Sin embargo, nuestra alabanza es como ese perfume que derrochó María, la hermana de Lázaro, en los pies de Jesús (cf. Jn 12, 3). Judas llega a decir que ese perfume era un derroche, que era mejor haber dado el dinero a los pobres (cf. Jn 12, 5). Pero Jesús reconoce la belleza de ese acto de amor (cf. Jn 12, 7).

 

Así́ es nuestra alabanza. Es ese perfume, ese canto, esa luz, que llena la Iglesia de Dios. Aunque no nos estemos dando cuenta, esa alabanza embellece la ciudad de Dios. Así́ será́ el banquete eterno, lleno de la alegría de la alabanza. Serán los cantos que llenen el salón de fiestas que festeje la victoria definitiva de Dios y la felicidad eterna de todas sus criaturas (cf. Ap 19, 1-6).

 

LA ALABANZA COMO UN ESTILO DE VIDA

La alabanza no es solo un tipo de oración, sino un modo de vivir. Estamos llamados a ser una alabanza para el Padre como lo fue Cristo. Jesús fue aquel que mayor alabanza dio al Padre. Para poder ser esa alabanza, es necesario que nos identifiquemos con Cristo. Por la unión con Él nos vamos haciendo cada vez más semejantes a Jesucristo. Vamos adquiriendo sus mismos sentimientos (cf. Fil 2, 5). Esta transformación que realiza el Espíritu se lleva a cabo en la unión con Cristo en su voluntad. Al unirnos a Él cumpliendo su querer nos vamos compenetrando y nos convertimos en “otros Cristos”. Siendo como Él, somos una alabanza para el Padre.

 

Es así́ como todos los días y en todo momento que estemos unidos a Cristo, en Su voluntad, somos una alabanza para el Padre. Ya no es necesario levantar las manos en alabanza; ya somos esa alabanza que se eleva al Padre de los Cielos quien se ve agradado por sus hijos que le alaban sin cesar (cf. Ap 21, 7).

 

La oración de acción de gracias y la oración de alabanzas son entonces esos momentos en los que nos dejamos invadir por el gozo, por la alegría, por la vida, por la plenitud y nos hacen experimentar un poco de lo que viviremos en el cielo. Esta alegría se irradia y se transmite a los demás. Por eso los cristianos somos o deberíamos de ser los seres humanos más alegres. Nuestro testimonio de gozo verdadero y de alegría que se traducen en alabanza y acción de gracias es lo más valioso para el mundo. Nadie quisiera ser cristiano si no ve en nosotros la plenitud que tanto desea su corazón.

 

Dejemos pues que el Espíritu Santo en nosotros alabe a nuestro Padre. Utilicemos nuestras manos y elevémoslas al cielo en gesto de alabanza. Podemos repetir estas palabras:

 

Espíritu divino, ven a mi alma. Poséela y elévala en alabanza al Padre. Ora en mí y alábalo en mí.

Dios mío, creador mío, redentor mío, te alabo, te bendigo, te doy gracias. Solo tú eres Santo, solo tú eres digno de toda alabanza. Te doy gracias por mi vida, por mis alegrías, por mis tristezas. Todo te lo debo a ti y todo es para ti. Te alabo con mis manos, con mi voz y con mi vida. Solo a ti quiero adorarte, bendecirte, alabarte. Que mi vida sea una alabanza agradable en tu presencia. Que el perfume de mi alabanza llene tu Iglesia y la embellezca. Esto es lo más grande que te puedo dar. Acéptalo Señor.

Amén