ARTICULOS, LA MISA

BET TEFILÁ

A R T Í C U L O S :

L A  M I S A

ACTO PENITENCIAL: EL ENCUENTRO CON LA MISERICORDIA DE DIOS.


Parte I

 

Al inicio de la Misa tenemos la posibilidad de encontrarnos con el Dios de la misericordia. Cuando el sacerdote nos invita a celebrar “dignamente” los sagrados misterios nos preguntamos: ¿somos realmente dignos de celebrar la Eucaristía?, ¿qué es aquello que nos dignifica? Inmediatamente decimos juntos el “Yo confieso” con un gesto precioso: nos golpeamos en el pecho tres veces reconociéndonos pecadores. Entonces nos preguntamos: “¿Somos dignos porque somos pecadores?”

 El mensaje que revoluciona al mundo con la venida de Cristo, Hijo de Dios, que nace pobre en Belén es la respuesta a nuestra pregunta (Lc. 2, 7). Cristo se vacía de sí mismo, de su condición de Dios, se anonada para tener nuestra misma condición de hombres débiles (Fil. 2, 5-8). Nace pobre, sin bienes, sin reconocimiento público, totalmente dependiente, desnudo, solo. “Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne.” Rom. 8, 3. Sin embargo, Cristo no pierde su dignidad. Su dignidad se encuentra en ser hijo del Padre celestial.

 

El amor de un hijo a su padre tiene como característica el ser un amor pasivo, sin protagonismo. El hijo no da nada, al contrario, recibe todo de sus padres. Esta característica del amor se ve más clara en un recién nacido. Cuando un bebé nace, depende totalmente de su madre. Es frágil, vulnerable y pequeño. La madre no pretende lo contrario. Sabe que su hijo necesita de ella y por eso, se vuelca totalmente perdiendo incluso su vida en él. Desaparece en su hijo para darle continuamente vida, lo alimenta, lo arropa, lo limpia, le da todo lo que necesita. Todo esto lo hace porque lo ama. Una madre se da totalmente. Sin embargo, el hijo no responde a su madre con el mismo modo de amar. La respuesta a su amor es una actitud de acogida. El hijo se sabe necesitado, se sabe dependiente, sin nada, sin fuerzas. Es por eso que se deja amar y dejándose amar es como ama.

 Dios, nuestro Padre, quiere amarnos así. Quiere volcarse en nosotros y darnos vida. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.” Jn. 3, 16. Quiere alimentarnos, arroparnos, limpiarnos, nos quiere dignificar.

 El acto penitencial es un momento en el que nosotros podemos recibir de Dios su amor de Padre. Para eso, es necesario que adoptemos esas mismas actitudes que tuvo Cristo como Hijo (Heb. 3, 6). Nuestra libertad tiene que decidir abrirse al Amor. Nuestra libertad tiene que elegir mantenerse en una actitud de acogida. Tenemos que estar vacíos de nosotros mismos para poder ser llenados por la gracia. Tenemos que amar y reconocer que somos pequeños, niños, pobres, pecadores. En definitiva tenemos que vivir en nuestra verdad. “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.” Rom. 5, 20.




ACTO PENITENCIAL: DIOS NOS PERMITE SER SUS HIJOS.


Parte II

 

El Acto penitencial es el momento en el que Dios nos manifiesta cuál es nuestra dignidad. Nos reconocemos necesitados de Dios y por lo tanto nos damos cuenta de que somos sus hijos y Él nuestro Padre.

 Deseamos ser hijos pero “¿cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?»” Jn 3, 4. Nosotros ya no somos niños. Hemos crecido y hemos adoptado actitudes de hombres independientes, autónomos, capaces de llevar adelante la vida sin necesidad de los demás, incluso sin necesidad de nuestros padres. Sin embargo, a pesar de que nos sentimos seguros así, es común que en el día a día advertimos nuestros propios límites.

 Todos los días experimentamos nuestra limitación de una forma o de otra. Deseamos ser buenos padres de familia y nos impacientamos, anhelamos ser mejores esposos y nos buscamos a nosotros mismos, queremos ser grandes profesionistas y nos equivocamos, pretendemos ayudar a nuestros amigos en necesidad y no tenemos el tiempo, ansiamos ser buenos pastores, sacerdotes de Dios y nos encontramos pecadores, deseamos ser religiosos ejemplares y constatamos que nuestra limitación es grande.

 Además de experimentar nuestra limitación, Dios Nuestro Señor permite acontecimientos en nuestra vida que nos hacen tocar nuestra miseria y pequeñez: una enfermedad, la muerte de un ser querido, un accidente, una dificultad psicológica, la ancianidad. Todo esto nos lleva a tocar la verdad del ser humano que es criatura limitada y pecadora.

 Estos acontecimientos son el punto de encuentro con la misericordia de Dios. Sin embargo, pueden llegar a ser también el punto que nos separe de Él si no sabemos presentarnos con humildad ante el Padre celestial pidiéndole ayuda y misericordia.

 El acto penitencial es el momento perfecto para que el Espíritu Santo pueda ir realizando su obra en nosotros. Es recomendable que durante el acto penitencial postres tu alma ante el Señor. No quieras tener otra fuerza más que la suya. “La necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres.” 1Cor. 1, 25.

 Es tu oportunidad de abandonarte totalmente en su misericordia. Descansa en Él. Déjale todo en el altar: pecados, caídas, preocupaciones, disgustos, tentaciones, debilidades, etc. Abre el corazón y extiende tus manos. Dios ve lo que hay ahí, no se lo tienes ni que decir. No necesita explicaciones o justificaciones. Te quiere a ti, su hijo, y eso le basta, quiere llenarte de su amor misericordioso que funde todas tus miserias en el fuego de su amor, quiere ser el protagonista de tu vida, quiere ser tu Dios, tu Salvador, tu Padre.

 

Puedes decirle esta oración:

 Señor tú conoces mi pequeñez y mi miseria. Tú sabes cuánto busco ser el dueño y señor de mi vida. Mira que lo he intentado una y otra vez y no puedo. No soy capaz de abrirme a tu gracia. Sé quien abra mi corazón. No puedo darte nada, no poseo nada. Lo único que te puedo dar, es darme a mí mismo. Recíbeme pequeño, pobre, débil, pecador en el seno de tu misericordia. Déjame descansar en ti y ser una sola cosa contigo. En ti me siento seguro. Manda tu Espíritu y hazme capaz de vivir en mi verdad de hijo, de criatura, de pecador. Sal a mi encuentro y acepta mi humilde súplica.

 

Ahora sí, después de haber adoptado la actitud de postrarte ante Dios abandonado en su misericordia y abierto a su gracia eres “digno” de continuar con la celebración Eucarística. Nuestra dignidad se encuentra en habernos reconocido pecadores, sin embargo el reconocer nuestra miseria no nos ha hundido, sino que nos ha elevado a la condición de hijos en el Hijo Jesucristo. “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, también heredero por voluntad de Dios.”

Gal. 4, 4.5.7.

 

GLORIA: LA ALABANZA, UN ACTO DE AMOR.

 

En la Celebración Eucarística tenemos la posibilidad de alabar a Dios con la oración del Gloria.

 La alabanza es un don que Dios da a las almas humildes ya que es la oración de quien se sabe colocar en su sitio y no pretender ser el Dios que merece ser alabado. “A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.” Rom. 16, 27.


 Aquél que sabe reconocer su verdad de creatura es capaz de elevar el Espíritu a su Dios reconociendo su grandeza, su fuerza, su poder, su honor. “Solo tú eres Santo, solo tú Señor, solo tú Altísimo, Jesucristo”. Puede ayudar repetir una y otra vez en tu corazón: “Solo tú, solo tú. No yo Señor, solo tú”. Verás como, poco a poco, Dios va asumiendo el rol que le corresponde en tu corazón. “Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor.” Ef. 5, 19.

 

Nuestra tendencia es constantemente la de ponernos en el lugar de Dios. La de entronarnos en reyes de nosotros mismos. “Así dice el Señor Yahveh: ¡Oh!, tu corazón se ha engreído y has dicho: «Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el corazón de los mares.» Tú que eres un hombre y no un dios, equiparas tu corazón al corazón de Dios.” Ez. 28, 2.

 

Es por eso que la alabanza tiene una función de conversión. Con ella y gracias a ella ponemos nuestra mirada y nuestro corazón, una y otra vez en Dios. Se puede decir que vaciamos el trono para que se siente Él y desde ahí, desde nuestro corazón, reine. “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.” Ap. 5, 13.

 

Cristo, que está sentado en el trono de tu corazón, es el Cordero sin mancha que ha lavado con su sangre tus vestiduras (Ap. 7, 14). Deja que el Cordero reine y verás como tus vestidos escarlata se vuelven blancos como la nieve (Is. 1, 18). La conversión de tu corazón se irá realizando progresivamente a través de la alabanza.

 La alabanza es también la oración de los grandes en el amor, ya que no nos buscamos a nosotros mismos. El objeto de la oración no somos nosotros, sino solo Dios. La adoración nos descentra y pone a Dios en el centro. Es un gesto de donación y de ofrecimiento a Él, que merece toda alabanza. “Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder.” Ap. 4, 11.

 

Reconocemos los atributos de Dios y nos alegramos por ellos. “A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén.” Ef. 3, 20-21. Nos alegramos y llenamos de gozo porque Él es nuestro Dios. Es un modo de decirle lo orgullosos que estamos de Él. “Por tu inmensa gloria te alabamos”. Puedes decirle a Dios estas palabras con el cariño de un hijo que ve a su padre como el mejor. No hay nadie como tú, Dios nuestro, eres el más grande.

 La alabanza, no es solo un tipo de oración. La alabanza es, sobre todo, un modo de vivir. A Dios le damos gloria con nuestra vida. Aquel que más ha agradado al Padre es Cristo, su Hijo. Lo dice en las palabras del bautismo en el Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” Mt. 3, 17.

 

Dios Padre se complace en su Hijo porque fue quien cumplió Su voluntad del modo más perfecto. “Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad!” Heb. 10, 7. Cumplir la voluntad de Dios es lo que lo hacía estar íntimamente unido a Él. La unión con Dios es una alabanza. Dios nos invita a ser uno en Cristo y siendo uno en Él podremos alabar al Padre celestial. “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros.” Jn. 17, 21. Somos uno con el Señor cuando vivimos unidos a Su querer. Es por eso que bendecimos a Dios y lo alabamos en nuestro día a día si estamos cumpliendo Su voluntad.

 Durante el Gloria y el Santo te puede ayudar adoptar las siguientes actitudes: preséntate ante el Señor con tu corazón enamorado. Pide al Espíritu Santo que posea tu alma y la eleve. Deja que irrumpa en tu interior la alabanza, aunque no tengas palabras que decir. Quédate en silencio pero con el corazón ensanchado por ella. Escucha a la Iglesia entera que alaba a su Dios diciendo: “Santo, Santo, Santo es el Señor”. Adopta las pocas palabras que puedas pronunciar. Vive unido a Dios, en su voluntad, esa será la más grande alabanza.

 

 

LITURGIA DE LA PALABRA: LA PALABRA SE HACE CARNE EN NUESTRO CORAZÓN.


PARTE I

 

La Liturgia de la Palabra es cuando se pronuncia la Palabra de Dios ante la asamblea. Sabemos bien que la palabra que el Padre ha pronunciado para darse a conocer como Dios Amor ha sido Jesucristo. “En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo.” Heb. 1, 2. Él es el Verbo, la Palabra de Dios que se hizo hombre. María, con su apertura en la encarnación, recibió al Verbo que se hizo carne en ella. “La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros.” Jn. 1, 14.

 

Así como María, también nosotros, por la acción del Espíritu Santo, recibimos al Verbo que se engendra en nosotros. Es por eso que acoger la Palabra de Dios nos va transformando en la misma Palabra que recibimos. Poco a poco, la acción del Espíritu Santo se va realizando y nos va asemejando más al Verbo Divino. “Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud.” 1Jn. 2, 5.

 

La liturgia de la Palabra es el momento en el que el Verbo se hace carne en nosotros. En esta parte de la Misa debemos tener una actitud de acogida.  Dios se quiere revelar a nosotros. “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.” Mt. 11, 27.

 

El acto penitencial nos ha ayudado a vaciarnos de nosotros mismos. La liturgia de la Palabra es el primer momento en el que nos llenamos de Dios. Durante la Misa, Dios se nos da en varias formas, en este caso Dios se nos da en forma de palabra. “Como lluvia se derrame mi doctrina, caiga como rocío mi palabra, como blanda lluvia sobre la hierba verde, como aguacero sobre el césped.” Deut. 32, 2.

 

Los oídos que tenemos que tener abiertos son los del corazón. Es el momento de abrirlos para escuchar, a través de la palabra, el amor de Dios hacia nuestra alma.

 A veces nos quejamos porque no escuchamos la voz de Dios. Queremos que nos hable, que nos explique el por qué de tantas cosas que pasan en nuestra vida. Queremos que nos diga cuánto nos ama. Dios habla y habla muy claro. Se reveló durante siglos al pueblo de Israel y después, en Cristo, nos dijo todo lo que nos podía decir. “Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud.” Col. 1, 19.


En la Sagrada Escritura se encuentra el mensaje de Dios para sus hijos.

 Ese mensaje es también para ti. Cuando estés en la Misa, puedes poner en tu corazón todas esas dudas, todos esos deseos, toda tu necesidad de Dios y escuchar. Escucha acogiendo al Dios que se te da en la Palabra. No es coincidencia que el día que deseabas consuelo, la primera lectura decía: ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues Yahveh ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido.” Is. 49, 13.

 

No es casualidad que el día que ansiabas saber qué hacer en una situación compleja escuches el salmo 23: “Yahveh es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma; me guía por senderos de justicia, en gracia de su nombre”.

 No es coincidencia que el día que necesitabas el perdón, oigas con claridad en el Evangelio: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.” Lc. 23, 34. No es casualidad, es la acción de Dios que se desborda de amor.

 Hay que aprender a afinar el oído de nuestra alma para vivir en una actitud de escucha. Dios necesita corazones sencillos y llenos de fe que crean en su mensaje.

 

 



LITURGIA DE LA PALABRA: DIOS QUE NOS HABLA Y AL HABLARNOS NOS AMA.


PARTE II

 

La Liturgia de la Palabra nos permite encontrarnos con Dios que nos habla en los textos de la Sagrada Escritura. Para escuchar la Palabra se requiere silencio. Sin embargo, no podemos pretender eliminar todo aquello que está en nuestra mente, es decir, nuestras preocupaciones, ilusiones, miedos, pendientes, etc. Es más importante que abandonemos en Dios todo aquello que lleva nuestro corazón y esperemos una respuesta de Él así como el centurión del Evangelio: “Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.” Mt. 8, 8.

 

Los pensamientos se convierten en ruido cuando son un monólogo. Sin embargo, si presentas a Dios tus preocupaciones puedes hacer un diálogo con Él. Silenciar el alma es ordenarla en Dios. Por ello, la liturgia de la Palabra es esencial, ya que Dios responde a ese diálogo con los textos de la Sagrada Escritura. Puede ayudarte abandonar en Dios aquello que tiene tu mente y sobre todo tu corazón, esperar de Él una respuesta y escuchar.

 Escucha la Palabra que te habla y hablándote te ama. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te consuela y llena tu soledad. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te ilumina y te guía. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te reprende y te permite conocer tu verdad. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te convierte, te transforma, te santifica. Escucha la Palabra que te habla y hablándote se te da a sí misma.

 Dios, en su Palabra, es exigente. “La Palabra de Dios es más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón.” Heb. 4, 12. Nos invita a vivir de modo auténtico.

 

A la vez, Dios es justo y conoce nuestra pequeñez y miseria. Es por eso que nos da antes lo que nos va a pedir después. Nos pide que acojamos su palabra y la vivamos. (Lc. 8, 11-15).  Junto con el don de su palabra nos da la gracia para cumplirla. Es por eso que su “hágase creador” crea en nosotros la respuesta para que podamos decir, como María, hágase. “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié.” Is. 55, 11.

 

La Sagrada Escritura nos enseña que la Palabra de Dios es viva y eficaz. (Heb. 4, 12). Con una actitud de acogida permitimos que la Palabra sea, en nuestro corazón, viva y eficaz. Dejémonos penetrar y transformar por la Palabra de Dios.

 Eso no significa que no nos podemos perder ni una frase de la lectura. Dios actúa más allá de nuestra poca o mucha atención. Sin embargo necesita una actitud de apertura y de deseo para que esa Palabra, viva y eficaz, realice su obra en nosotros. “Al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes.” 1Ts. 2, 13.

 

Puedes dirigirte a Dios con esta oración antes de comenzar a escuchar su Palabra:

 Espíritu divino desciende con tu fuerza creadora a mi corazón. Mira con misericordia mi corazón abierto a tu acción. Permíteme acoger en mi alma a la Palabra de Dios. Que se haga carne en mí y así me transforme en Él. Concédeme vivir mi vida con una actitud de escucha. Que en todo momento te escuche a ti, Palabra del Padre, para vivir de ti y para ti.

 

 

OFERTORIO: LA OFRENDA DE UNO MISMO.

 

El ofertorio es uno de los momentos de la Misa en el que Dios pide nuestra especial participación. El pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, son llevados al altar en procesión como símbolo de la ofrenda de cada uno de los presentes. Pero ¿qué es realmente aquello que ofrecemos al Señor?

 Volvemos la mirada a nuestras manos y las encontramos vacías. Dios quiere hacer una alianza con el hombre y le pide su parte del pacto y nosotros no encontramos nada que ofrecer (Gen. 17, 7-9). Si quieres busca en tu memoria tus grandes méritos y tus grandes hazañas y ponlos en tus manos. Te aseguro que serán pocos y aún así, ¿no habrá sido Dios mismo quien te ha dado la gracia para realizarlos? Igualmente puedes preséntalos al Señor. Dios acoge aquello que le quieras ofrecer y lo acepta con amor.

 Dios, en la persona del sacerdote, está al frente del altar viéndote entrar por el pasillo. Te ve caminar hacia Él con tus manos llenas de triunfos, virtudes, actos de caridad, limosnas. Le presentas aquello que crees que le va a honrar. Sin embargo, cuando llegas y le muestras todo aquello que traes en las manos, te mira con ternura a los ojos, coge todos tus logros, los pone a un lado y te dice: “El honor más grande es tenerte a ti como hijo”.  En ese momento te abraza con fuerza y te acoge como hijo, seas como seas, con tus manos llenas o vacías. Puedes escuchar en tu corazón esas palabras del Padre y descansar en Él. Recuerda que Dios no pide nada y lo da todo.

 

Al reconocer esta actitud de Dios, nos preguntamos: ¿qué es lo que quiere Él? ¿qué hay en mí que le pueda agradar? ¿qué ofrenda será grata a sus ojos?

 La respuesta a esta pregunta la encontramos en la Sagrada Escritura. Dios nos revela que: “no te agrada el sacrificio, si ofrezco un holocausto no lo aceptas. El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.” Sal. 51, 18-19. Siguiendo esta misma línea Cristo en el Evangelio nos responde con  palabras claras: “Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificios.” Mt. 12, 7.

 

En el acto penitencial, hemos aprendido a reconocer nuestra pequeñez, miseria y limitación. Hemos visto la necesidad de vaciarnos para ser colmados por Dios. La misericordia de Dios va más allá. Dios, sabiendo que no teníamos nada que ofrecerle, nos invita a ofrecerle nuestra nada. “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.” Rom. 12, 1.

 

Puede ayudarte preguntarle: ¿Señor, qué quieres de mí?, ¿quieres que cumpla con mis deberes como cristiano?, ¿esa es mi ofrenda? Y escuchar cómo te dice al corazón: te quiero a ti. Dios quiere que nuestra ofrenda seamos nosotros mismos. La alianza se sella con la sangre: Su sangre y la tuya (Mt. 26, 28). Tu sangre, tu herida más profunda, es la herida de tu pecado. Aprende a ofrecer aquello de lo que te avergüenzas, aquello que deseas ocultar, aquello que no quieres que nadie vea; ofrécelo. Será grato a los ojos de Dios. Porque: “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.” Sant. 4, 6.

 

Es así como la miseria se convierte en nuestro mayor tesoro siempre y cuando vivamos de esperanza. “En tu salvación espero, Yahveh.” Gen. 49, 18. Para quien no se sabe abandonar en Dios, su miseria se convierte en el mayor obstáculo para llegar a Él. Quien espera en el Señor, su miseria lo lleva a la más íntima unión con Él (Sal. 51). No hay nada que separe a esa alma de Dios. El alma que confía se lanza hacia el Señor sin pensar dos veces si va a ser agradable o no a sus ojos.

 Estamos acostumbrados a cerrar las manos para no mostrar la suciedad que hay en ellas. Te invito a abrirlas ante el Señor durante el ofertorio. El Señor quiere ver tus manos, quiere ver tu actitud de ofrenda. Quiere ver que en tus manos sucias hay un corazón. Un corazón pequeño y herido pero totalmente suyo (Ez. 11, 19-20). El corazón que Él mismo ha creado y que conoce profundamente (Sal. 139). Está deseando unir su Sagrado Corazón con el tuyo. No esperes más y concédele el regalo de tu humilde corazón.

 

Puedes acompañar tu ofrenda con esta pequeña oración:

 Padre de bondad, me presento ante ti sin nada. Todos los esfuerzos por merecer tu amor han sido en vano. Me doy cuenta que no quieres de mí actos heroicos sino que me ofrezca como soy. Tú conoces mi corazón, tú lo creaste, es por eso que te lo devuelvo deseando que sea ésta la ofrenda agradable a tus ojos. Es poco lo que te doy pero es mi todo. Acéptalo porque eres bueno y misericordioso.

 Cuando veas al sacerdote elevar el pan y el vino asegúrate de que tu corazón sea también parte de esa ofrenda. Al sacerdote le corresponde la misión de ser mediador entre Dios y nosotros. Es él quien, en nombre de todos, presenta el objeto de la ofrenda al Padre (Heb. 5, 1). Es necesario que coloques toda tu alma en la patena y veas como se eleva al Dios del cielo. Puedes unirte a las palabras del sacerdote y decirlas desde el corazón.

 

 

CONSAGRACIÓN: EL MOMENTO DE MAYOR UNIÓN ESPIRITUAL CON DIOS.


Parte I

 

Después del ofertorio, empieza la plegaria eucarística. Comienza con el prefacio que converge en el canto del Santo. El momento central de la plegaria es la Consagración. En ella se transforman el pan y el vino, que hemos ofrecido, en cuerpo y en sangre de Cristo.

 En la Consagración se percibe el mayor fervor y respeto en la iglesia. Sabemos que es un momento sumamente importante. Nos arrodillamos llenos de devoción para darle la bienvenida a Cristo, Rey y Señor nuestro, sin embargo podemos caer en el peligro de ser simples espectadores de este milagro. Podemos permanecer maravillados y asombrados pero anclados en nuestro sitio; aferrados a nuestro yo.

 Te invito a que vivas distinto el momento de la Consagración. Participa en primera persona con Cristo, que se ofrece en el altar por la humanidad.

 Durante el ofertorio hemos ofrecido a Dios nuestro corazón, pequeño, pero todo suyo. Lo hemos puesto en el altar. Es momento de que nuestro corazón se una al de Cristo Eucaristía.

 

Entre la Eucaristía y nosotros hay un abismo. Nosotros somos criaturas y Él es Dios (Gen 1, 27). Nosotros no somos nada y Él lo es todo. Es por eso que en el momento de la Consagración tenemos que postrarnos ante Dios y reconocer que nosotros no nos podemos unir a Cristo, que se ofrece en la Eucaristía, si el Espíritu Santo no nos eleva a Él. Es el Espíritu Santo quien penetra nuestra alma y la toma para elevarla y unirla a Cristo Eucaristía permitiéndonos ofrecernos con Él (Rom. 8, 17).

 

La Misa, memorial de la muerte de Cristo, nos permite estar en el Calvario. Es la cruz el sacrificio cruento de Cristo (Heb. 10, 12) que se vive de manera incruenta en la Eucaristía. Cuando el sacerdote eleva la hostia, es como si elevara el mismo cuerpo de Cristo crucificado. Nosotros lo vemos desde abajo y desearíamos unirnos a Él.

Nuestro corazón desea que Cristo no muera solo. Le suplicamos que, al menos, nos permita darle un abrazo que pueda consolar su dolor. Sin embargo, la distancia entre la cruz y nosotros sigue siendo inmensa. Pero Jesús lo dijo en su predicación: “y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí.” Jn. 12, 32. El Espíritu Santo nos atraerá a Él y nos unirá a Cristo, que se ofrece en la cruz y en la Eucaristía.

 Antes de la Consagración cuando nos arrodillamos, en la epiclesis, el sacerdote coloca sus manos sobre las ofrendas e invoca al Espíritu Santo pidiendo que descienda. En ese momento puedes agachar tu cabeza y sentir que el sacerdote coloca sus manos sobre ti (que eres la ofrenda). Así permitirás que el Espíritu Santo descienda sobre ti y dejarás que penetre hasta lo más hondo de tu corazón al abrir tu alma a su acción. Él te llevará a la unión con Cristo. Él te hará participar del sacrificio redentor de tu Señor.

 Habiendo permitido al Espíritu Santo descender y poseerte, mantente atento a los gestos del sacerdote. Mientras el presbítero eleva la Eucaristía, te puede ayudar abrir tus manos como gesto de ofrenda y dejar que tu corazón vuele hasta unirse a la hostia que se encuentra en las manos del sacerdote. Mira con alegría tu corazón unido al Sagrado Corazón de Jesús, hecho hostia por nosotros.

 

 



CONSAGRACIÓN: FRUTOS DE LA UNIÓN CON CRISTO EUCARISTÍA.


Parte II

 

Durante la consagración nos podemos unir íntimamente a Cristo que se está ofreciendo en el altar. ¿Qué valor tiene esta unión? ¿cuál es el fin de la misma? ¿qué frutos da?

 

Podemos decir que la unión con Jesús Eucaristía es un don en sí mismo. No necesitamos nada más. Ese es el fin. Si toda nuestra vida cristiana no nos lleva al encuentro profundo con Dios, no vale para nada. Podrás ser un catedrático en teología pero si no te relacionas con el Dios que conoces no sirve de nada. Podrás donar tu tiempo a los pobres y enfermos, pero si no descubres a Dios en ellos, caes en la filantropía. Podrás cumplir a la perfección los mandamientos, pero si mediante ellos no te encuentras con tu Dios están vacíos de sentido. Podrás recibir una y otra vez los sacramentos, pero si no te unes a Dios a través de ellos se convierten en rituales sin valor alguno. (1Cor. 13, 1-3).

 

El cielo, fin de nuestra vida terrena, es un profundo abrazo con Dios que dura eternamente. Tú, hoy tienes la posibilidad de abrazarte a Él y abandonarte en sus brazos durante la consagración a través de la unión con Él dejando que te conceda su intimidad en el silencio. No pretendas nada maravilloso. Acepta que tu Dios es sencillo y pequeño. Desde tu banca en la Iglesia, por tu fe sencilla, puedes recibir el don de los grandes místicos: el don de la unión de corazones. El tuyo y el de Él en silencio.

 Escucha las palabras que pronuncia el sacerdote: Tomad y comed todos de él porque éste es mi cuerpo, que será entregado por vosotros. Es necesario que aceptes al Dios que se humilla y se abaja y se hace alimento por ti (Jn. 6, 35). Quiere vivir en ti y hacer de tu corazón su morada (Jn. 14, 23). Acepta su entrega y ofrécete a Él tú también.

 

En el momento en que el sacerdote eleva la hostia en el altar di:

 Espíritu Santo ven a mi alma. Deseo profundamente unirme en intimidad con el Sagrado Corazón de Jesús que se encuentra en la Eucaristía. Realiza la unión de nuestros corazones y permíteme vivir así mi día ofreciéndome y acogiéndolo.

 Dios, en su infinita bondad, concede tres dones que se derivan de la unión con Él: nos santifica, nos fecunda y nos hace ofrenda de alabanza agradable al Padre.

 

En primer lugar, de la unión con Dios, se da como fruto nuestra santificación. Necesitamos vivir en nuestra verdad de hombres pecadores, pequeños y limitados. Hay que vaciarnos de nosotros mismos y presentarnos ante Dios desnudos, sin nada, deseosos de acogerlo como don.

 Dios no pide que vivamos en nuestra pobreza para dejarnos ahí, en el fango. No hubiera mandado a su Hijo solo para hacernos ver qué bajo había caído su más alta creación. Fue alto el precio que pagó y no está dispuesto a desperdiciar la sangre derramada por Cristo, su Hijo (1Pe. 1, 17-19). Dios nos quiere elevar, enriquecer, llenar. Nos quiere llevar a la plenitud de su diseño de salvación (Jn. 1, 16). Nos quiere crear de nuevo en Cristo Hijo, por la acción de su Espíritu. En definitiva nos quiere santificar. “Nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor.” Ef. 1, 4.

 El Corazón de Cristo está herido por la lanza de la que brota sangre y agua (Jn. 19, 34). La sangre y agua del costado es esa gracia sacramental que progresivamente nos santifica. Ahora bien, para poder acoger esa sangre y que se convierta en la nuestra, el corazón tiene que estar abierto. Nuestro corazón también tiene que ser herido por la espada que atravesó el corazón de María (Lc. 2, 35). Morir a nosotros mismos es lo que permite que la sangre fluya del Corazón de Jesús al nuestro y viceversa.

 

Dios va transformando nuestro corazón. Arranca nuestro corazón de piedra y nos da un corazón de carne (Ez. 11, 19-20). La acción de Dios no es inmediata. El Espíritu Santo actúa en el tiempo y realiza su obra progresivamente. A veces lo más fácil de cambiar es lo externo y si nos quedamos en un nivel superficial podría bastar esta transformación por fuera que es lo que el mundo ve. Sin embargo, la unión con Cristo Eucaristía nos va asemejando a Él desde dentro (Mc. 7, 15). Aquello que solo Dios conoce. Lo más ruin de nuestro interior. Dios quiere tocar ahí, lo más profundo, lo más arraigado y lo más difícil de cambiar.

 Él nos quiere conceder los mismos sentimientos del Hijo (Fil. 2, 5). Sentimientos que son internos y que tienen un  reflejo en el comportamiento externo. Nos quiere conceder la humildad, la compasión y la misericordia de su mismo Hijo. Tengamos paciencia y confiemos en la obra de Dios que es fiel a su promesa y no defrauda. Él es el primer interesado en nuestra santificación.

 

Cuando te veas unido a Cristo puedes repetir esta oración:

 Espíritu santificador, hazme capaz de morir a mí mismo para poder recibir de Cristo su sangre que me santifica. Deseo ser uno con Él; identificarme con Él. Te pido que me unas a su Corazón Eucarístico, que es la fuente de donde mana el agua que me purifica y la sangre que hace blancas mis vestiduras. Mantenme unido a Él siempre.

 

    



CONSAGRACIÓN: FRUTOS DE LA UNIÓN CON CRISTO EUCARISTÍA (2).


Parte III

 

En la consagración, al unirnos íntimamente a Cristo, se da como fruto, en primer lugar, nuestra santificación. En segundo lugar se da como fruto nuestra fecundidad. “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.” Jn. 15, 5.

 

La consagración, entendida como la unión de los corazones, realiza las bodas del Cordero con su Iglesia (Ap. 19, 7). Nuestra alma se presenta como esposa que desea la unión con el amado (Cant. 3, 1). A la Misa también se le conoce como el banquete de bodas del Cordero. Cristo, Cordero de Dios, se sacrifica en el altar. Esta vez no lo hace solo. Su esposa, cada uno de nosotros, nos hemos unido a Él para ofrecernos junto con Él.

 Dios se da por entero a su Iglesia, hasta dar la vida por ella. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.” Mt. 20, 28. Su Iglesia, que somos todos nosotros, nos damos a Cristo hasta dar nuestra pequeña vida por Él también. Esta donación recíproca es la comunión que da vida. “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado.” Cant. 2, 16

 

Dios fecunda al alma que lo ha acogido como don. Dios da vida en el corazón que se ha dejado penetrar por el fuego de su amor. Cristo, en la unión mística con nuestro corazón, nos hace padres y madres espirituales capaces de dar vida eterna (Jn. 10, 10).

 

Nuestra sangre, unida a la suya, se derrama a la humanidad entera. La gracia que santifica cae en el corazón de nuestros hijos espirituales y los empapa de vida. Los ríos de agua viva corren hasta llegar a los confines de la tierra (Is. 59, 19).

 

Las palabras del sacerdote son las siguientes: Tomad y bebed todos de Él porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados.

 Unido a Cristo puedes ser mediador de la alianza de Dios con los hombres (1Tim. 2, 5). Duele pensar que nuestros hijos, nietos, sobrinos, nuestros seres queridos, han perdido la fe o se alejan progresivamente de Dios. Tú puedes ser mediador de la alianza de Dios con ellos. Puedes ser puente entre el Señor y aquellos que se han alejado. Lo único que tienes que hacer es ofrecer toda tu sangre, es decir, ofrecer tu vida por ellos. Cualquier sacrificio, por más doloroso y exigente que sea, no tiene el valor de la unión al sacrificio de Cristo en el altar. Esto es lo más valioso. No lo pierdas. Te invito a unirte a Jesús Eucaristía con sencillez y creer.

 

Al ver el cáliz, lleno de la sangre de Cristo y la tuya, puedes decir estas palabras:

 Jesucristo, esposo de mi alma, me presento deseoso de unirme a ti en el cáliz. Permite que mi sangre, unida a la tuya, se derrame por el bien de mis hermanos los hombres. Tus hijos te buscan, empápalos de vida. El mundo necesita de ti, de tu misericordia. No le niegues tu perdón. Tienen sed de ti, sed de tu sangre que los purifique y los salve. Concédeles el don de recibir tu preciosa sangre.

 

En tercer lugar, gracias a la unión con Jesús en la Eucaristía, podemos ser ofrenda de alabanza agradable al Padre. “También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.” 1Pe. 2, 5.

 

Aquél que más ha alabado al Padre ha sido Cristo su Hijo (Jn. 17, 4). Hemos dicho que nosotros, asimilados en Él, vamos transformándonos progresivamente en hijos como lo fue Jesús (Ef. 1, 5). Es por eso que este momento de unión con Cristo nos hace capaces de ser una alabanza para el Padre celestial.

 

Nadie podía pagar el precio de nuestra justificación. En el pueblo de Israel se ofrecían animales para agradar el corazón del Señor. Se realizaban holocaustos para recibir el perdón, la justificación. Se hacían sacrificios para ofrecer el culto debido a Dios. (Ex. 5, 8). Nada de eso era suficiente. La falta era abismal. Nuestra parte de la alianza con Dios siempre era insuficiente. Hasta que vino Jesucristo, Cordero de Dios. Él sí podía pagar porque era Dios mismo. “Como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación que da la vida.” Rom. 5, 18. Su ofrenda de alabanza sí era agradable al Padre. “Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.” Ef. 5, 2. Nosotros tenemos la posibilidad de unirnos a Él y de ofrecernos como Él. Podemos, también nosotros, ser ofrendas de alabanza agradables al Padre.

 

Cuando escuches las campanas que indican que se está realizando la consagración recita esta oración:

 Señor mío y Dios mío. Padre amado, me presento ante ti deseoso de agradarte. Quiero ser hijo tuyo como lo fue Jesús. En la unión con Él, por el Espíritu Santo, me ofrezco para ser una ofrenda de alabanza agradable a ti, Padre. Acepta el humilde don de mí mismo. 

 

 

PLEGARIA EUCARÍSTICA: SER LUZ QUE ILUMINA EL MUNDO EN TINIEBLAS.


 

Durante la Plegaria Eucarística, se puede decir que el costado de Cristo está abierto y la sangre y agua que brotan de este manantial se derrama por toda la humanidad (Za. 12, 10). Es por eso que la Iglesia entera se reúne para pedir al Padre por cada uno de sus hijos.

 Tú puedes colaborar, al mantenerte unido a Cristo, para que su misericordia se derrame sobre el pueblo de Dios (Sal. 85, 8). Escucha con atención todas las personas por las que pedimos durante la Plegaria Eucarística y, unido a Jesús Eucaristía, suplica también por ellos. “En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.” Jn. 16, 23.

 

En primer lugar pedimos a Dios por la unidad (Jn. 17, 20-21). Al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, el Señor, nos reúne en un solo cuerpo, en el suyo (Col. 1, 18). La comunión es un don que Dios da. El hombre tiende a dividir y a separar. Nos es muy difícil mantenernos unidos. Marcamos diferencias con nuestros juicios, con esquemas preconcebidos de las otras personas, con la falta de diálogo, con la envidia. El don de la comunión lo tenemos que suplicar para la Iglesia en el mundo, para nuestra parroquia, para nuestros hogares. Es momento de unirte a Cristo en la Eucaristía y ofrecerte con Él por la unidad.

 En segundo lugar, rogamos a Dios por la Iglesia extendida por toda la tierra. Nuestra madre, la Iglesia, sufre. Sufre desde dentro y sufre desde fuera. Por un lado sufre desde dentro el pecado de sus hijos. Todos tenemos una naturaleza caída y nuestros pecados manchan a la Iglesia. Hay pecado en la Iglesia, mucho. Por eso hay que suplicar con insistencia a Dios que purifique, renueve y santifique a su esposa la Iglesia. Por otro lado sufre desde fuera. La Iglesia, desde su origen, ha sido perseguida (Jn. 15, 20). Los cristianos hoy, como siempre, son perseguidos. El hecho de que viven en la verdad incomoda a quienes viven en la mentira y quieren mantenerse en ella. Por eso, para justificar su comportamiento, se burlan, critican, persiguen, rechazan a los cristianos. La Iglesia necesita de la fortaleza de Dios para mantenerse firme. Es momento de unirte a Cristo en la Eucaristía y ofrecerte con Él por la Iglesia.

 En tercer lugar, pedimos por el Papa, los Obispos y todos los pastores que cuidan del pueblo de Dios. El demonio está empeñado en hacer caer a los sacerdotes. Ellos han recibido, por don inmerecido, el ministerio sacerdotal. La Iglesia se mantiene viva por sus sacerdotes. La gracia se puede impartir solo porque ellos existen. Sin ellos, el alimento del pueblo de Dios no se puede distribuir, es por eso que el enemigo los ataca con más fuerza. Hay que pedir por todos, los más débiles y los más santos. Dios nos pide que sostengamos a sus ministros. Es momento de unirte a Cristo en la Eucaristía y ofrecerte con Él por los sacerdotes.

 

En cuarto lugar suplicamos a Dios por nuestros hermanos que se durmieron en la esperanza de la resurrección. Pedimos por todos los difuntos. Los difuntos no pueden merecer gracias para su salvación. Solamente en la tierra podemos hacer méritos para llegar al cielo. La gracia que no quisimos acoger en vida la tendremos que esperar de la misericordia de Dios en el purgatorio. Sin embargo nosotros, los que seguimos en la tierra, podemos alcanzar gracias por ellos. La Misa es el sacrificio de mayor valor. Los difuntos necesitan de Misas ofrecidas por ellos. Si queremos dar algo a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, una Misa es lo más grande que podemos ofrecer por ellos. Es por eso que los hacemos presentes. Es momento de unirte a Cristo en la Eucaristía y ofrecerte con Él por los difuntos.

 Por último pedimos a Dios que tenga misericordia de nosotros, los presentes. Suplicamos a Dios por cada uno de nosotros. Somos los primeros necesitados de su misericordia. A veces pedimos por todos nuestros seres queridos y nos olvidamos de que los primeros que necesitamos la conversión somos nosotros. Es momento de unirte a Cristo en la Eucaristía y ofrecerte con Él por cada uno de los presentes en la Celebración Eucarística, especialmente por tu propia conversión.

 La plegaria Eucarística termina con la elevación del pan y del vino consagrados y las palabras del sacerdote: Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Todos respondemos: Amén. Estas palabras resumen todo lo que la plegaria eucarística encierra. Solamente por Cristo, con Cristo y en Cristo podemos vivir el misterio de nuestra fe. Nuestra santificación se efectúa por Cristo, con Cristo y en Cristo. Nuestra fecundidad se realiza por Cristo, con Cristo y en Cristo. Nuestra alabanza al Padre es posible por Cristo, con Cristo y en Cristo. “De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor.” 1Cor. 1, 30-31. Solo así se puede vivir la vida cristiana. Es por eso que el “Amén” que decimos después de esta frase tiene que ser fuerte, desde el corazón, confirmando todo lo que se ha realizado previamente.

 

Jesús en el Evangelio nos invita a ser luz del mundo (Mt. 5, 14). Nos pide que no escondamos la lámpara sino que la pongamos sobre un candelero para que alumbre a todos los hombres (Lc. 8, 16). Vivimos en un mundo de oscuridad. Dios nos invita a unirnos a Él, la luz (Jn. 1, 19), en el misterio del altar. Él es la luz del candelero que no podemos poner bajo el celemín. Nosotros, con Él, somos también luz para nuestros hermanos. Por Cristo, con Él y en Él seamos luz para esta humanidad que vive en tinieblas. Así se cumplirá lo que dice el Apocalipsis: “La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero.” Ap. 21, 23.

 

 

 

PADRE NUESTRO: HIJOS DE DIOS QUE ES PADRE.


Parte I

 

Dios nos ha llamado en Cristo a ser sus hijos. “Yo seré para él padre y él será para mí hijo.” 2Sam. 7, 14. El Padrenuestro es el momento en que gozamos de ser hijos. Estás llamado a sentir en tu corazón la ternura de Dios que es Padre y es Madre (Sal. 27, 10). Es importante que te dejes conquistar por su amor que se derrama sin cesar. Recitar cada una de las frases del Padrenuestro con cariño de hijo, te puede ayudar a darte cuenta de la grandeza del amor de tu Dios.

 

Padre nuestro. Ésta es la primera frase que decimos con amor. Para quien se sabe hijo, para quien ha experimentado el amor de Dios Padre, estas dos palabras son suficientes. Él es mi padre, de quien vengo y a quien voy (Gen. 2, 7). Es un padre bueno que no pide nada de mí, solo quiere que me deje amar por Él. Dice el Evangelio que Jesús se llenaba de gozo en el Espíritu cuando se elevaba en oración al Padre (Lc. 10, 21). Intenta llenarte de gozo en el Espíritu tú también y decir con fuerza: “Padre Nuestro”. En silencio puedes decir “Padre mío”.

 Que estás en el cielo. Cuando pensamos en Dios, levantamos la mirada a lo alto para encontrarlo. Nos da una sensación de estar elevando el alma hacia Él. “A ti, Yahveh, levanto mi alma.” Sal. 25, 1. Sin embargo, sabemos que el cielo no está arriba sino que es otra dimensión. Esa dimensión la podemos vivir ya en la tierra.

 

Es por eso que cuando decimos que Dios está en el cielo tenemos que mirar en nuestro corazón. Dios ha puesto su morada en nosotros. “La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” Jn. 1, 14.

 La presencia de Dios ya no está en el arca de la alianza, ni en el templo. La presencia de Dios está en nosotros. Somos templos del Espíritu Santo. “¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” 1Cor. 3, 16. Si estás en vida de gracia puedes mirar hacia dentro de tu corazón y encontrarte con tu Dios que es Padre. El cielo está en tu corazón.

 Santificado sea tu nombre. Santo, Santo, Santo (Is. 6, 3). Dios es el tres veces Santo. Él es el único que podemos llamar santo, puro, perfecto. Todo lo demás participa de esta perfección. Es necesario que nos dirijamos a nuestro Padre con el respeto que se merece. A Él le agrada que lo reconozcamos como Dios y Señor de nuestras vidas, pues lo es. Dejar a Dios ser Dios es santificar su nombre en nuestra vida.

 Venga a nosotros tu Reino. El Reino de Dios es el reino de la justicia y de la paz. Deseamos profundamente vivir en paz y en justicia. El Reino de Dios vino en Jesucristo pero los hombres no lo recibieron, prefirieron las tinieblas a la luz (Jn. 1, 9-11). Es por eso que invocamos a Dios para suplicarle que venga su Reino (Mt. 6, 10). Queremos la paz, queremos la concordia, la fraternidad, la justicia. Cristo Rey Nuestro, venga Tu Reino.

 

Nosotros podemos vivir el Reino de Dios si vivimos conforme a las bienaventuranzas. Cuando pensamos en las bienaventuranzas, podemos quedarnos solamente en las exigencias. Esas exigencias son la verdad de nuestra condición de criaturas. Todos vivimos la pobreza, ya sea material o moral. Todos lloramos. Todos tenemos hambre y sed de justicia. Todos tenemos necesidad de perdonar, de ser misericordiosos. Todos deseamos trabajar por la paz (Mt. 5, 3-12). La diferencia entre las personas del Reino de la luz y las del Reino de las tinieblas radica en el modo de afrontar estas realidades propias de la condición de seres creados.

 Las personas que hacen presente el Reino de la luz, el Reino de Dios, son aquellas que aceptan su realidad y viven felices en ella. Ellos son los dichosos, los bienaventurados. Aquellos que han sabido mirar y gozar del fruto de las bienaventuranzas en lugar de detenerse a querer cambiar su realidad. Los bienaventurados gozan ya, desde ahora, de ser hijos del Padre, de ver a Dios, de alcanzar misericordia, de recibir la herencia de Dios, de ser consolados (Mt. 5, 3-12). Eso les hace dichosos. ¡Qué bienes mayores se pueden tener!

 En cambio, las personas que deciden vivir en el Reino de las tinieblas (Jn. 1, 5) son las que no aceptan que son criaturas y las consecuencias que ello conlleva. Son las que no están conformes con su realidad y no pueden ser felices hasta que la vida sea perfecta, su frustración y su tristeza durarán por siempre, ya que la felicidad no se encuentra en cambiar las cosas, sino en aceptarlas y saber que Dios, en su omnipotencia, puede sacar un bien de cualquier mal. “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman.” Rom. 8, 28

 Es por eso que suplicamos a Dios que venga Su Reino y que nos reine Él, no nosotros mismos ni el enemigo, sino Él, que es juez justo y misericordioso (Is. 33, 23).

 

           

 

 


Parte II

 

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. La voluntad, el querer de Dios, es nuestro bien. “Enséñame a cumplir tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu espíritu que es bueno me guíe por una tierra llana.” Sal. 143, 10.

 

El cielo es la armonía, el orden, la vida sin sufrimiento porque se cumple la voluntad de Dios. Es por eso que suplicamos al Padre que también en la tierra se viva su voluntad como en el cielo. El designio que ha preparado para nosotros es de amor (Flp. 2, 13). Es conveniente vivir buscando su querer. A Él le agrada la actitud de búsqueda de sus hijos. Busquemos su voluntad y cumplámosla lo mejor posible. La vida, vivida así, en la voluntad de Dios, se ve sostenida por Él. No soy yo quien vivo mi vida sino que me abandono al Padre que dispone mejor las cosas que yo (Mt. 6, 25). En su eterna sabiduría tiene un plan para nosotros. Amemos y abracemos su plan, aunque exija cruz, ahí está nuestra seguridad en medio de las incertidumbres de la vida.

Danos hoy nuestro pan de cada día. Es precioso escuchar los pasajes en los que Jesús habla de la providencia del Padre. “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?... Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?” Mt 6, 26. 28-30 “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” Lc. 11, 11-13. Estos versículos nos hablan por sí solos.

 

Dios es el Padre que nos alimenta como lo hace con los pájaros del cielo. Dios es el Padre que nos viste como a los lirios del campo. Dios es el Padre que nos da pan, no una piedra. Dios es el Padre que no nos da una serpiente sino que nos da un pescado. Dios es el Padre que cuando le pedimos un huevo, no nos da un escorpión. Dios es el Padre bueno, el que está en el cielo que nos da su mismo Espíritu; su Espíritu Santo.

 La providencia del Padre se muestra en las circunstancias de la vida. Sobre todos hace llover el Señor, sobre buenos y malos (Mt. 5, 45). La diferencia está en aquellos que viven con una mirada de fe, reconociendo en todo la mano de Dios. Ellos viven en la paz y serenidad de quien se sabe en la palma de la mano del Padre. “Guárdame como la pupila de los ojos, escóndeme a la sombra de tus alas”. Sal. 17, 8.

 

Los otros, que leen la historia de modo horizontal; es decir, que no saben descubrir la presencia de Dios en su historia y en el mundo, viven con la ansiedad que crea el pensar que todo depende de ellos.

 Dios nos invita a vivir en la alegría de los hijos de Dios. Hijos de un Padre bueno y providente que sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.” Mt. 6, 32.

 

Normalmente, Dios tiene tres posibles respuestas a lo que le pedimos. La primera es: “Sí” y nos concede lo que pedimos. La segunda es: “Sí, pero no ahora” y nos da lo que necesitamos en el tiempo justo. La tercera es: “Sí, pero no de esa manera” y nos ofrece un modo mejor de realizar aquello que le pedimos. Es por eso que requiere de nuestra confianza, para que tenga la libertad de darnos lo que es mejor para nosotros. Es necesario que creamos en Él ya que su bondad no tiene límites y nos abandonemos en nuestro Padre del cielo que quiere el bien para sus hijos.

 

 

 


Parte III

 

Perdona nuestras ofensas. Es precioso saber que existe el perdón. Nuestro corazón, cuando está buscando amar con sinceridad, se duele de haber cometido un error o de haberse equivocado. Es por eso que nos brota espontáneo el deseo de pedir perdón y de reparar por nuestra falta. A veces nos es difícil pedir perdón pero mientras más lo hacemos con sencillez, nos habituamos a vivir así. Cuando nosotros nos acercamos y pedimos perdón, abrimos la puerta del corazón del otro. Son muy pocas las personas que, al ver que alguien se humilla y les pide perdón rechazan el perdón ofrecido.

Lo primero que podemos hacer es pedir el perdón a Dios. En la intimidad con él, si nos abrimos y reconocemos con verdad nuestra falta, recibimos el consuelo de su perdón (Sal. 130, 4). Sin embargo, hay veces que esto no es suficiente. Podemos recibir el perdón de Dios pero a veces tenemos que empezar por perdonarnos a nosotros mismos. Hay pecados que nos duelen tanto que no logramos tener compasión con nosotros mismos. Nos duele vernos pecadores y que somos causa de dolor. Es necesario dar ese paso y perdonarnos. Cuando nos perdonamos a nosotros mismos somos más comprensivos con los demás. Así podemos también perdonar a los que nos ofenden.

 No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Experimentamos todos los días nuestra tendencia al mal y las acechanzas del demonio. “Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero.” Rom. 7, 18-19. Dios sabe a lo que estamos expuestos y conoce la debilidad de nuestro corazón. Es por eso que nos ofrece la fuerza para no caer en tentación y nos libra del mal. Él es un Padre protector que quiere que todos sus hijos se salven. Nos da continuamente sus gracias para que podamos superar el mal que domina al mundo.

 

El Padrenuestro no lo recitamos solos. Es en Cristo Hijo que podemos ser hijos. Unidos a Él y por la acción del Espíritu Santo (Rom. 8, 14) podemos decir con ternura esta oración. Una introducción al Padrenuestro dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Digamos con fe y esperanza.” Con todo el amor que tengas en tu corazón puedes recitar y cantar a tu Padre del cielo.

 

 

 

COMUNIÓN: UNIÓN SACRAMENTAL CON EL SAGRADO CORAZÓN.


 

La comunión es el momento fundamental de la Misa. Todo lo que hemos vivido espiritualmente se realizará sacramentalmente. Es ahora cuando se da la más íntima comunión con Él. Es la unión sacramental con Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. Nos hemos ido preparando durante toda la Misa para este momento.

 Hemos muerto a nosotros mismos y nos hemos vaciado en el acto penitencial para recibir el don de Cristo. Hemos adorado a Dios dejando que el Espíritu alabe en nosotros durante el Gloria. Hemos acogido su Palabra que se ha hecho carne en nosotros en la Liturgia de la Palabra. Nos hemos ofrecido totalmente a Él, desde nuestra miseria, en el ofertorio. Hemos recibido el don de unirnos a su cuerpo y su sangre espiritualmente en la consagración. Hemos intercedido por la humanidad entera en la Plegaria Eucarística. Hemos llamado “Padre” a Dios. Ahora es nuestra oportunidad de acoger a Cristo Eucaristía para que se realice todo esto en nosotros. Jesús sacramentado, en nosotros, lleva a cabo estos misterios.

 

Mientras caminas en la fila para recibir la hostia consagrada puedes hacer una oración de deseo. Desea a Dios, desea recibirlo, desea unirte íntimamente con Él, desea su gracia, deséalo profundamente. Díselo una y otra vez:

 Señor Jesús, te deseo recibir. Mi alma tiene hambre y sed de ti. No soy digno, pero ven a mí. Deseo ser uno contigo. Ansío tu presencia. Te he buscado en los hombres, en las criaturas, en este mundo y no te encuentro. Mi alma te busca ¡oh Señor! no le escondas tu rostro. Ven Señor Jesús.

 Cuando recibas a Jesús, di con fuerza “Amén”. El Amén es nuestra prueba de fe. El sacerdote nos da la hostia diciendo: “Cuerpo de Cristo” y nosotros con nuestro amén, creemos. Creo que eres Dios, creo en tu amor, creo en tu misericordia, creo en tu presencia real, creo en ti. Aumenta mi fe (Mc. 9, 24).

 

¿Por qué se requiere fe? Se puede decir que es el momento más “sensible” de la Misa. Recibimos físicamente a Cristo. Sin embargo Dios permanece oculto en las especies del pan y del vino. “Yo soy el pan de la vida.” Jn. 6, 35. Dios sigue siendo incomprensible para nuestra naturaleza. Siempre nos pide el salto de la fe. Seguimos buscando a un Dios según nuestros criterios. Un Dios majestuoso, poderoso, omnipotente que creemos que va a estar en el viento huracanado que parte las montañas y resquebraja las rocas. Lo estamos esperando en el terremoto o en el fuego. Sin embargo, Dios está en el rumor de una brisa suave. (1Re. 19, 11-12). El hombre no termina de entender dónde reside la verdadera grandeza. En la pequeñez de una hostia, blanca y pura, se encuentra la majestad de Dios.

 Es por eso que Dios requiere de tu fe. Prepárate para recibirlo con ese gesto tan sencillo de decir con fe: Amén.

 En la acción de gracias después de la comunión desearíamos hablar mucho con Jesús. Sin embargo, este momento tan bello de unión es recomendable que sea invadido por el silencio. Cuando dos personas se aman, sobran las palabras. Así es con Dios, a quien amas y que te ama. Intenta entrar dentro de ti, de unirte al Señor que has recibido en silencio. Un silencio que adora, que ama. Te aconsejo que sólo rompas el silencio con pocas palabras.

 

¿Qué palabras puedes decir? En primer lugar: gracias. La palabra gracias dice mucho, expresa una actitud del corazón. Las personas que saben que no merecen nada agradecen siempre. La gratitud abre el corazón, lo hace más sensible a los dones que se reciben. Recibir a Dios como alimento es el don más grande (Jn. 6, 32). Repite sencillamente: “Gracias Señor, gracias”.

 En segundo lugar dile al Señor: te necesito. Expresarle a Dios la necesidad que tenemos de Él nos hace capaces de recibir su ayuda. “No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal.” Mt. 9, 12. En este momento puedes decirle que lo necesitas porque estás enfermo, porque has pecado, porque no puedes ser santo por tus propias fuerzas. Dile que necesitas de Él. Dios quiere sanar tu corazón, te quiere perdonar, te quiere llenar de su gracia.

 En esta petición incluye a todos tus seres queridos, a los más necesitados, a los enfermos, a los sacerdotes, a todas aquellas personas por las que quisieras interceder. Cuando intercedes por los demás te conviertes en padre o madre espiritual. Pide al Señor por todos tus hijos. Repite con la fuerza de tu corazón pobre: “Señor te necesito y te necesitan todos mis hijos.”

 

En último lugar puedes decir: te amo. Al corazón de Dios le consuela escuchar que le amas. A Dios le agradan estas palabras dichas con todo el corazón. A veces, no nos sentimos dignos de decirle a Dios que lo amamos porque pensamos que no somos auténticos. Sabemos que el amor se expresa con los actos y con la vida. “Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad.” 1Jn. 3, 18. Por eso, esperamos ser perfectos. Pasarás la vida esperando el momento para decirle que lo amas y se te acabará tu oportunidad, ya que nunca seremos perfectos. Dios sabe que tu corazón está herido por el pecado, sin embargo, el amor que brota de tu corazón herido le consuela (1Jn. 4, 10-17). Repite sin cansarte: “Te amo Señor”.