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Dejarse guiar por el Espíritu Santo

La guía del Espíritu Santo

La oración es una apertura al Espíritu Santo que viene a nosotros para llenarnos de sí y conducirnos al encuentro con Dios. Es por eso que es de vital importancia saber reconocer la presencia del Espíritu Santo en el alma. La vida es un caminar hacia el cielo pero hay muchos caminos y muchas decisiones que tomar. Si queremos vivir nuestra existencia terrena guiados por Dios hay que aprender a reconocer la presencia de su Espíritu en la oración. 

¿En dónde habla Dios?

Lo primero que hay que considerar es dónde habla Dios. Dios habla en la conciencia del hombre. El ser humano tiene en su interior un sagrario, un lugar en el que se encuentra solo con el Señor. A él nadie puede acceder si el hombre no lo permite. Es ahí donde en intimidad guardamos nuestros deseos más profundos, nuestros pensamientos más auténticos, nuestros anhelos. Aquello que no revelamos tan fácilmente sino que nos pertenece solo a nosotros. Es ese nuestro templo en donde viene a habitar la presencia de Dios. Ahí, en la intimidad nos habla el Señor.

Sabiendo que Dios habla en nuestra conciencia es importante constatar que aquello que venga de Dios tiene que tener un primer origen en nuestro interior. Después se puede ver confirmado o iluminado por mediaciones externas. Pero lo más importante es saber entrar ahí, dentro de nosotros mismos para escuchar a voz de Dios.

Dios también se manifiesta, en un segundo momento, por mediaciones externas. La primera es La Palabra de Dios, es decir, las escrituras. A través de ella Dios se manifiesta con claridad al alma que lo busca. También Dios hace ver su plan para nuestra vida a través de las circunstancias externas. Con la familiaridad con Dios vamos descubriendo el modo en que se manifiesta por lo que vemos en signos externos Su mano de Padre que nos esta queriendo decir algo. Estos mensajes externos de Dios se identifican y armonizan con lo que hemos concebido en nuestra conciencia como venido de Dios. Se presentan como confirmación de lo que ya se concebía como mensaje de Dios en el interior.

¿Cómo habla Dios?

Y nos podemos preguntar: ¿cómo es la voz de Dios? Sabemos bien que no es una voz audible sensiblemente con nuestros oídos. Dios habla, más bien a través de una intuición. Es un cierto movimiento interior que nos hace inclinarnos por una cosa más que por otra. Es una cierta certeza que no viene de nosotros. Hay una voz en el interior que marca, indica, guía. La voz de Dios suele ser suave, a penas perceptible, sencilla, sin mucho contenido. Más que palabras es un cierto movimiento que indica hacia donde dirigirse.

¿Qué dice Dios?

Hemos descrito el lugar en el que Dios habla y el modo en el que el Señor se manifiesta. Ahora hay que entender cuál suele ser el contenido de lo que Dios muestra en la oración. Antes hay que aclarar que lo que Dios muestra en la oración suele ser abstracto y esencial. Por lo que si estamos esperando una respuesta precisa y exacta hay que aceptar que Dios suele abrir un horizonte más que limitar a decisiones sumamente concretas y prácticas. 

Para descubrir si el contenido de lo que Dios nos ha manifestado viene de Dios o no podemos utilizar los siguientes criterios. En primer lugar el criterio del Evangelio Los valores del Evangelio no siempre coinciden con los valores del mundo. Lo que parece atractivo para la cultura y la sociedad deja de atraer a quien descubre una nueva belleza en la persona de Cristo y su mensaje. Se adquiere una lógica distinta que contrasta tanto con el mundo que es fácil descubrir si viene de Dios o no. En segundo lugar el criterio de la tradición. Es decir, el criterio que nos hace adherirnos a lo que se ha manifestado previamente en la Iglesia. El Espíritu lleva a la unidad. No puede habernos mostrado a nosotros un camino contrario a lo que ya previamente ha mostrado a su Iglesia. Por último el criterio de la situación concreta que estamos viviendo.  El Espíritu nos quiere conducir a la integración de nuestra vida, nuestra personalidad, nuestra historia. Es por eso que lo que Dios pide en oración suele estar en consonancia con el propio estado de vida. No suele romper con el orden que él mismo ha establecido. 

Las otras voces en el interior

El discernimiento espiritual es importante ya que en nuestro interior no solo se encuentra la voz de Dios. hay otras voces que hablan y que debemos tener las herramientas para distinguir cuál es la voz por la que nos estamos dejando guiar. La tradición de la Iglesia distingue entre tres voces: la voz del mundo, de la carne o de las pasiones y la voz del Espíritu del mal.

La voz del mundo

Cuando nos estamos dejando guiar por la voz del mundo nos empieza a aparecer atractivo, cierto y deseable lo que el mundo propone. Y nos empezamos a dejar guiar por estos valores. Aconsejados por la gente que nos rodea justificamos nuestro actuar al ver que todos a nuestro alrededor piensan, actúan y deciden como el mundo les aconseja. El mundo en si mismo no es malo. Más bien el espíritu mundano es el que hay que evitar ya que cambia la jerarquía de los valores. Pone valores menos esenciales en el lugar de aquellos que realmente son valioso. Por ejemplo, el dinero, el poder, la belleza externa, la fama, etc. Cuando nos alejamos de esta voz del mundo los valores del Evangelio adquieren tal atractivo que eclipsan a los valores del mundo hasta que prácticamente no nos atraen más. 

La voz de las pasiones

La voz de las pasiones tiene como causa el pecado original originante. Somos conscientes por experiencia que tenemos un cierto desorden en el interior. Elegimos bienes pero quizá no los bienes mayores o aquellos que nos llevan a la plenitud. Es por eso que es importante conocernos a nosotros mismos. Es bueno saber cuál es nuestra inconsistencia. Donde caemos una y otra vez. Hay que preguntarse a fondo sobre los motivos que nos mueven a tomar las decisiones que hacemos para descubrir si lo que hacemos por Dios, por los demás y por nosotros mismos es movido por el orgullo, la soberbia, la vanidad, el perfeccionismo, la sensualidad, etc… O si es movido por el Espíritu del bien. ¿Por qué lo hice? ¿Qué me mueve a hacerlo? ¿Por qué me aferro tanto a esto?

La voz de la tentación

Por último se encuentra el Espíritu del mal; la voz de la tentación. El Espíritu del mal se sirve tanto de los criterios del mundo como los de la carne para usarlos como contenido de su tentación. Cuando usa los valores del mundo enfatiza y hace ver bello lo que no es, amable lo que no es bueno y cierto lo que no es verdadero. Cuando utiliza la carne se sirve de la debilidad de la persona, en donde suele flaquear, para hacerla caer. El deseo del tentador es mantenernos alejados de Dios. Es por eso que en un inicio del crecimiento espiritual tienta para hacer caer al hombre en el pecado y hace hasta lo imposible para mantenerlo en él. Cuando la persona va creciendo espiritualmente y se ha alejado de manera radical del pecado la tienta con cosas buenas.

A la tentación hay que responderle del mismo modo como le respondió́ Cristo. Después de 40 días en el desierto, Cristo fue tentado (Mt 4, 1-11). De la primera tentación podemos aprender de Cristo a vencer la tentación haciendo uso de las Sagradas Escrituras. Si respondemos con la misma palabra de Dios sabemos que no vamos a errar y estaremos venciendo la tentación con la misma fuerza de Dios. De la segunda tentación aprendemos del Señor a desenmascarar a la tentación y a descubrir el engaño que pretende hacernos. Descubrir con objetividad que el seguir esta voz no me traerá́ nada bueno y hablar directamente con el tentador haciéndole ver que sabemos que nos está mintiendo. Por último, Jesús nos enseña que al tentador hay que hablarle claro. A la última tentación, Cristo responde con fuerza: “Apártate de ahí́, Satanás” (v. 10). El tentador desea que le hagamos caso. Que gastemos nuestras energías luchando contra él. Esas energías podrían estar dedicadas a amar y servir a Dios. Y al tenernos presos en la tentación nos resta fuerza para amar. Hay que ser ágiles para decirle que se vaya. Que no es a él al que adoramos (cf. v. 10). Que tenemos a Dios. Que nuestro corazón le pertenece a Alguien más y que no vamos a permitir que nos quite la paz y limite nuestra entrega a Dios.

Los frutos del Espíritu Santo en el interior

Para terminar, en este proceso de discernimiento es bueno ver el fruto que hay en el corazón después de la oración. Si el Espíritu de bien estuvo presente en el momento de la oración el fruto que debe haber en el interior debe ser positivo. Este es un criterio necesario en el discernimiento. Algunos frutos del Espíritu son los siguientes: la purificación, el consuelo, el descanso, el orden, la paz, la luz y la caridad. Los frutos del Espíritu van embelleciendo el alma. La van haciendo limpia y pura gracias al agua del Espíritu. La consuelan, curan y la hacen capaz de mantenerse abierta y vulnerable al amor por el Espíritu Consolador. La hacen descansar en el Espíritu de sosiego. La hacen vivir ordenada en Dios y en paz gracias a la presencia del Espíritu de la paz. La iluminan y guían por el sendero de la voluntad de Dios por el Espíritu de la luz. Finalmente encienden el corazón con el fuego del mismo amor de Dios por el Espíritu de la caridad.

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